martes, 31 de enero de 2012

LA REVANCHA 4

Luis de Sahajosa se sintió indispuesto por el calor y pidió permiso para ausentarse un rato.
Los oficiales – continuó Sande- deben vigilar a los trabajadores una vez al día, por la mañana o por la tarde, cuando estén más desocupados y deben hacerlo diplomáticamente. Si los trabajadores son asalariados y no cumplen, las faltas que cometan serán descontadas. Si están enfermos, deben avisar al médico de campo que los visitará para comprobar el mal que los aqueja y si no avisan, se les contará como falta. Los oficiales que trabajan como maestres pilotos y marineros, a los que les pagamos sus salarios, deben tener una nómina y harán una memoria de esos hombres cada mes, nombrándolos por su nombre y oficio. Incluirán en esa lista a los soldados pobres o enfermos, que no puedan trabajar, y el día primero de cada mes me la entregarán para que yo pueda comprobar las necesidades de abastecimiento. Cuando den algún adelanto a los oficiales, deberán hacer una certificación, la relación de ayudas se enviará a Nueva España para que se sepa y se descuente de sus salarios. Además enviarán una copia al registro de la nao a la que pertenezcan para que no haya fraude. Cuando se precisen indios, moros o personas de cualquier oficio para servir a Su Majestad, se les pagará cada quincena dos mays de oro.

Sande paró para beber un poco de agua que tenía en una jarra sobre la mesa y prosiguió.

- Veo que les he abrumado con tantas disposiciones. Se acostumbrarán pronto. Para que no se aburran de hacer siempre lo mismo, he pensado que pueden cambiar cada semana de ocupaciones. Ustedes se distribuyen el trabajo como les venga en gana y cada semana van rotando. Ah, se me olvidaba. El libro de registro principal, el del almacén real, debe estar señalado y rubricado en todas sus hojas, para que se vea bien cuántas páginas contiene y no haya errores.
Luís de Vivanco, Rodrigo de Frías y Alonso Álvarez de Toledo, los tres mudos espectadores de la escena, se acercaron a rubricar como testigos de las Ordenanzas de Sande. Terminada la reunión los dos grupos se separaron. Los oficiales reales y Lavezaris, callados y cabizbajos, se alejaron hacia su casa. Los testigos bajaron al río.
- ¿Cuándo parará de rebajarnos?- exclamó hacia el cielo Mirandola.
- Tenemos que escribir a Su Majestad dándole cuenta de los agravios que estamos padeciendo. - Cauchela con la mano abierta atrapaba finos hilos de lluvia que se deslizaban entre sus dedos.
- Y nos queda la estocada de las encomiendas. Desde que Guido nos avisó, he prestado atención a los comentarios del círculo de Sande y estoy convencido que tus presentimientos son ciertos.- Aldave pegó una patada a una embarrada piedra.
- Sí, sigo pensando igual y creo que su venganza no ha hecho más que empezar. No descansará hasta colocar a todos sus amigos. Andrés tiene razón, debemos escribir al Rey; es más, también al virrey de Nueva España.
 Lavezaris se retorcía nervioso las manos.

lunes, 30 de enero de 2012

LA REVANCHA 3

La lluvia no había parado en toda la noche, Lavezaris andaba en compañía de los tres oficiales reales hacia el despacho de Sande. Los ánimos estaban muy alterados tras el nombramiento del nuevo maestre de campo. “Una afrenta”, “un insulto”, palabras de este tipo calificaban la designación.
- Nos va a decir que nos quita las encomiendas.
Andrés de Cauchela levantaba el embozo de su capa para evitar que el agua mojara su camisa mientras hablaba.
- ¿Qué me decís del astillero? Luarca estaba muy emocionado pero Sande no ha dado orden de que se destine ninguna partida para afrontar los gastos.
Salvador de Aldave inclinaba el ala del sombrero que el viento amenazaba volar.
- No me extraña. Apuesto lo que queráis a que no le paga nada a Luarca. Sande ha recogido su salario y el de sus amigos y la Caja Real está vacía. Mucho me temo que a nosotros tampoco nos va a pagar – decía Andrés de Mirandola mientras sacudía la cabeza en el porche de las Casas Reales arrojando gotitas de agua que mojaban a todos.
 - Ten cuidado, Andrés, pareces un perro - bromeó Lavezaris y entraron riendo.
El gobernador los esperaba con el maestre de campo y tres personas más en la reducida habitación. El calor era agobiante.
 - Veo que vienen muy contentos esta mañana.- Les saludó desde la mesa donde estaba apoyado. - Han sido puntuales. Eso me gusta. Por favor, alguno de ustedes- dijo dirigiéndose a los hombres del fondo de la sala- llamen al escribano, Alonso Beltrán, que espera fuera. Bien, les he hecho venir porque voy a proceder a leer las Ordenanzas que van a regir estas islas a partir de hoy. Les afectan a ustedes tres directamente, oficiales reales. A usted, Lavezaris, le he invitado por si tiene alguna observación que hacer. En cuanto llegue el escribano, comenzaremos.
 No se oía una mosca en la habitación, sólo la lluvia que caía a chorros por los canalillos del porche reflejaba un rasgo de vida. Las ventanas estaban abiertas pero la humedad del ambiente era tan alta que no podían respirar. Luis de Sahajosa se limpiaba el sudor con un pañuelo. Alonso Beltrán entró azorado pidiendo disculpas por el retraso. Sande atajó las excusas.
- Siento mucho que no haya sitio para todos, algunos tendrán que permanecer de pie. Prometo que no extenderé más de lo necesario. Voy a tratar de ser breve así que haré un resumen. Si no confían en mí, pueden comprobar al final la veracidad de mis palabras, leyéndolo con sus propios ojos.
Se detuvo pero nadie hizo ademán de querer decir algo.
 – En fin voy a comenzar. Establezco a partir de hoy un detallado registro para todo. Ustedes- miró a los oficiales- deben cobrar los tributos y las ropas. Y todas las cosas que pasen por sus manos las consignarán por escrito. Tendrán un libro que reflejará los pueblos que están en la Corona y los que en un futuro se conquisten. En cuanto a los tributos, van a cambiar las cosas. Si delegan en un cobrador, para evitar despistes, concertarán con él un precio, en dinero. Los cobradores, a partir de ahora, no pueden quedarse con parte de lo tributado, ya no cogerán gallinas, mantas o cera. Que quede muy claro, si toman alguna mercancía la deben pagar con dinero, se lo descuentan de su salario. Por supuesto que no pueden quedarse con indios bajo ningún concepto. Cuando el cobrador entregue lo tributado, ustedes apuntarán su nombre, qué indios han pagado, en qué pueblo y lo harán por orden, para que se entienda.
Las caras de los oficiales estaban muy serias, se cuestionaba el trabajo que habían realizado durante años.
 –Vamos con la almoneda. Se hará en un lugar público, de martes a viernes a las nueve de la mañana. Asistirá un pregonero y un alguacil tomará nota de todo lo que ocurra. Antes de cobrar, se declararán las partidas de los pueblos y provincias y se subastará por lotes de pueblos. Los productos no saldrán individualmente.- Lavezaris iba a protestar pero se contuvo. - Es necesario que haya un almacén para recoger ropa, arroz, vino, carbón... En fin, lo que ya saben. Ese almacén tendrá un libro de registro de cargo y data de lo que entre o salga. Allí guardarán la Caja Real, la caja de las tres llaves, cada una de las cuales tendrán ustedes en su poder. El almacén debe estar fortificado y las provisiones serán revisadas para evitar que se pudran. Si hay algún daño y se pasa por alto, los únicos responsables ya saben quiénes son...En cuanto a lo que entreguen a los carpinteros, calafates u otros oficiales, lo harán con mesura, dándoles lo necesario para una semana, no más. Controlarán y anotarán los clavos que entreguen, la ropa, las herramientas... Todo. Es preciso evitar abusos. Lo mismo con las tablas, la brea... Apuntarán a quién y cuánto han entregado y a ellos les darán un recibo. Las cuentas deben estar al día, para ello cada semana o como mucho el último día del mes, se reunirán y asentarán los libros. Un escribano lo rubricará. Así cuando les solicite las cuentas, no habrá retraso. Para hacer todo el proceso más sencillo, he determinado que viva con ustedes, en la casa que comparten, un escribano. Todas las mañanas cuando se levanten, se sentarán varias horas para despachar los negocios que debe conocer el Rey. He destinado tres horas a este menester pero si creen conveniente más o menos, es decisión suya.

domingo, 29 de enero de 2012

LA REVANCHA 2

El 7 de mayo de 1.576, la flota china abandonó Manila. Los Padres Rada y Alburquerque se despidieron con emoción. El primer día de travesía fue tranquilo, al segundo comenzaron a notar los cuchicheos que se producían cuando salían de su camarote, al tercer día los insultaron. El capitán Sinsay los tranquilizó y les pidió perdón en nombre de toda la tripulación atribuyendo su actitud al miedo que sentían por no haber podido librarse de Li- Ma- Hong. La agresividad fue en aumento al quinto día, el Padre Alburquerque fue golpeado por dos marineros y Sinsay les recomendó que no salieran del camarote. Explicó la actitud de los marineros asegurando que estaban enfadados por la forma en que habían sido tratados en Filipinas y que no estaban conformes con llevarlos de pasajeros. Al sexto día vieron de lejos el puerto de Bolinao pero la puerta de su habitación estaba cerrada con llave por fuera. Esa puerta se abrió de una patada durante la tarde de la séptima jornada y un alud de marineros cayó sobre ellos, los arrastraron a cubierta y los golpearon sin compasión. Rada miraba buscando a Sinsay o a los otros capitanes, pero todos habían desaparecido. El barco estaba varado cerca de la playa, les robaron los crucifijos y dos cálices, los lanzaron a una lancha que llevaron hasta la playa y allí los dejaron tendidos en la arena, ensangrentados e inconscientes.

Francisco de Sande caminaba con Sancho Díaz de Ceballos comprobando los avances de la empalizada. La mañana era calurosa y el sudor le corría por la frente y el cuello. Había sustituido sus trajes negros por unas amplias camisas, siempre blancas e inmaculadas, un chaleco y unos ligeros pantalones también blancos. Era su uniforme.

- Mire, doctor Sande, no es que quiera quejarme. ¡Bien lo sabe Dios! Pero si los hombres no se toman en serio su trabajo, no terminaremos nunca. Yo comprendo que tienen mujeres e hijos y prefieren estar en sus tierras que aquí en Manila. Usted y yo, que no tenemos familia, podemos dedicarnos por completo al servicio de Su Majestad, pero yo solo no puedo...

- Tranquilo, Díaz. Reconozco su labor. En las cartas que envié con el navío Santiago he solicitado que nos manden, por lo menos, un ingeniero especialista en la fortificación de una plaza. Esto es un primer esbozo. Pronto Manila será una verdadera ciudad. Ya lo verá.

La conversación fue interrumpida por Bernardino que llegaba corriendo para avisar a su hermano, Luis de Sahajosa había vuelto con sus hombres de Cagayán. Sande se despidió de Díaz de Ceballos y fue a las Casas Reales presuroso. Sahajosa lo esperaba bebiendo una copa.

- Por fin, Francisco, ha habido momentos en que creí que no te volvería a ver. Ven a mis brazos, buen amigo.

Los dos hombres se fundieron en un apretado abrazo.

- Siéntate, Luis, estarás cansado y tienes mucho que contarme. Además tengo buenas noticias para ti, pero te las daré al final. Es una sorpresa.

- Ha sido un infierno, un verdadero infierno. Los indios salían de todos los lados. ¡Y esas selvas! Son trampas mortales. El terreno es resbaladizo, nunca llega el sol, te hundes. Los mosquitos y los bichos no paran de picar. Muchos soldados enfermaron. Era terrible verlos andar con la mirada perdida por la fiebre. ¡Se han portado como unos valientes! Los indios son listos y traicioneros, no se dejan engañar. Hemos traído poca cosa. La llegada del capitán Chaves fue providencial, aún así, tenemos que lamentar sesenta bajas.

- Relájate, amigo. Tampoco ha sido fácil para mí -le indicó Sande. -Después del enfrentamiento de Lavezaris noto a la ciudad dividida. Pero no me preocupa. Dentro de poco, has llegado a tiempo de ser testigo, voy a demostrar a esos envidiosos quién soy yo. Como novedades, basta decir que tenemos un astillero, y es sólo el principio, con el tiempo tendremos una fundición y una ciudad completa. Dame dos años.

- ¿Y la buena noticia? No quiero decir que ésa no sea buena pero...- Interrumpió Sahajosa señalando la botella.

- Acabo de nombrarte maestre de campo.

Sonrió el gobernador ante la cara de sorpresa de su fiel amigo.

- ¿Maestre de campo? - Se le cayó el vaso de la mano haciéndose añicos en el suelo. - Oh, perdona...

- Sí, ¿no te has enterado? Salcedo murió hace unas semanas en Igolot. Esperaba tu regreso para sustituirlo.Pero como se ha muerto, no he tenido esta vez que pelearme con nadie. Te puedo nombrar a ti sin problemas. Además eres la persona más indicada, de total confianza.

viernes, 27 de enero de 2012

LA REVANCHA 1

Después de seis meses de soportar las burlas de los soldados chinos, los castellanos contemplaban alborozados los esfuerzos de sus invitados por justificar su larga estancia en la Isla de Luzón. Los mercaderes habían traído la noticia de la gran batalla que libró la armada china con el corsario Li- Ma- Hong, una vez que fue avisada por los dos barcos que envió Xiaugac de regreso desde Bolinao. El resultado seguía siendo deplorable. Aunque el pirata había perdido más de mil hombres en el combate naval frente a las costas de Tacoatican, consiguió escapar y los rumores apuntaban a que se había refugiado en el vecino reino de Camboya, lejos del acoso de sus compatriotas. Xiaugac, Sinsay y Oumoncon temían las represalias de sus superiores por el fracaso de su viaje y la larga duración del mismo. La primera idea de engañar al virrey con la muerte del temido bandido ya no era posible. Algo tenían que hacer para no regresar con las manos vacías. Los capitanes, siguiendo costumbres ancestrales, optaron por enviar a todos los soldados a recoger el mayor número de calaveras posibles para demostrar la ferocidad de su venganza. Sande se horrorizó al enterarse del motivo por el que, desde hacia varios días, veía a los soldados chinos moverse por la selva como hormigas. Los españoles se mofaban de aquellos atareados huéspedes que rebuscaban cadáveres olvidados entre la hojarasca. La situación se tornó peliaguda cuando varios soldados chinos intentaron profanar tumbas españolas y Miguel de Luarca tuvo que negociar con los capitanes, a los que conocía bien, y señalar los lugares donde habían enterrado a algunos de los corsarios muertos en el asalto. Las cabezas encontradas no les parecieron suficientes y el macabro botín se completó con cráneos de indígenas.

El Padre Rada no tuvo dificultad en conseguir la licencia del gobernador para marchar a China de nuevo. Fray Agustín de Alburquerque y él, sin más compañía, embarcaron con el capitán Xiaugac. Al comprobar que la austeridad que había presidido toda la estancia proseguía a la hora de la despedida, es decir que no había regalos, los chinos empezaron a demostrar su enojo. No estaban acostumbrados a marcharse de vacío de ningún lugar. Sande no aceptó los consejos del Padre Rada ni de Miguel de Luarca y gritó que las arcas no estaban para presentes.

Luarca, que había permanecido en la ciudad ayudando en las labores de reconstrucción, sintió, como los soldados invitados, que ya era hora de regresar a sus tierras y así lo manifestó a Sande. Éste le encargó una misión muy especial: que le ayudara a instalar el primer astillero de Filipinas. “Debemos hacer nuestros propios barcos si no, quedaremos aislados”. A Luarca le gustó la idea. “Hay buenos árboles en mis tierras, podemos negociar”. Sande no fijó un precio exacto. “Eso se verá con el tiempo y la marcha de los trabajos” y encargó a Luarca que fuera poniendo a sus indios manos a la obra y empezaran a talar. “Quiero que en un año tengamos la primera nave filipina. Ya he pensado un nombre, Trinidad. Mandaré dos carpinteros, apenas hay media docena en Manila, y una veintena de hombres”.

miércoles, 25 de enero de 2012

EL ESCLAVO QUE VENDIÓ SU LIBERTAD 6

- No soy muy bueno disimulando. Tendré que aprender. Nuestra religión nos enseña a ser honestos y no aprendemos los trucos necesarios para vivir en sociedad.
Don Gonzalo miró con simpatía al Padre.

- Hable sin tapujos.

- La Real Cédula de Felipe II nos ordena que vayamos a esas islas. A mí no me parece mal, cualquier lugar es bueno para introducir la palabra da Dios, más en esas tierras donde todos sus habitantes son infieles. Este hábito ha conseguido que me libere de muchas servidumbres a las que el cuerpo humano está sujeto pero no ha sosegado mi ánimo inquieto; al contrario, la impaciencia por comenzar mi labor es cada día más fuerte. Algunos de los hermanos, instigados por mí, han comenzado a recabar información sobre Filipinas ya que nuestros conocimientos son muy escasos. Hemos sabido que todas las relaciones se hacen a través de México y pensé que usted, que acaba de regresar de allá, podría contarme algo.

Gonzalo de Ronquillo sabía que el Padre Alfaro podría serle muy beneficioso en el futuro si él llegaba a pisar el suelo de Manila. Tener un amigo y más un franciscano que llevase un tiempo en la tierra cuando él llegara, le ayudaría a establecer un poder más sólido. Con tranquilidad comenzó a explicarle lo que sabía de Filipinas.

- Llegamos a Cebú en 1521. Magallanes fue el descubridor del Archipiélago de Filipinas que recibió esté nombre en honor a su majestad Felipe II. El gran navegante murió a manos de un nativo llamado Cebuano en un islote cercano a la isla donde habían establecido su cuartel general. Pasaron varios años hasta que nuestros soldados volvieron por esas lejanas islas. Fue un guipuzcoano, llamado Andrés de Urdaneta, que viajaba en la expedición de Magallanes quien, ya convertido en fraile agustino, convenció al virrey de Nueva España, Antonio Mendoza, para que sugiriese a Su Majestad de la conveniencia de enviar una nueva expedición a través del Pacífico. Urdaneta era un gran aficionado a la cosmografía y conocía las posibilidades de esas tierras. Por indicación suya, el virrey nombró jefe de la expedición a Miguel López de Legazpi. La expedición llegó a Cebú el 27 de abril de 1565 y seis años después fundaron Manila, trasladando allí la capitalidad del archipiélago.

Las palabras flotaban en el ambiente caldeado del salón, Alfaro prestaba mucha atención.

- Si Su Majestad considera necesario que la Orden Franciscana se radique allí, no debe tener ninguna intención de abandonar la conquista...
Los ojos oscuros de Alfaro daban forma a las imágenes que describía Ronquillo.

- Los agustinos – continuó Ronquillo- llegaron con los primeros conquistadores...

La noche se les echó encima y sólo les iluminaban las llamas de la chimenea.

martes, 24 de enero de 2012

EL ESCLAVO QUE VENDIÓ SU LIBERTAD 5

La tarde anterior a la partida de Don Gonzalo de Ronquillo la casa registraba un ritmo frenético, baúles sin terminar de empaquetar, órdenes que iban y venían; los nervios que preceden a cualquier viaje cuya duración, sin determinar, se prevé larga. Ningún sirviente escuchó el ruido de la campanilla de la puerta por el ruido que había en el interior; el Padre Alfaro, que percibía el jaleo, volvió a insistir con fuerza. Un criado con librea llamado José le abrió por fin y lo condujo a una habitación de la planta baja que daba a la calle. Varios sillones y una pequeña librería constituían todo el mobiliario. La luz que ya declinaba no se filtraba por las mamposterías de la ventana, nadie se dio cuenta, y el fraile tuvo que observar cómo la habitación se sumía en sombras. Cuando el fraile se preguntaba si se habían olvidado de él, se abrió la puerta.

- Perdone, Padre, que haya tardado tanto. Acompáñeme al salón donde, por lo menos, podremos vernos las caras.- Don Gonzalo de Ronquillo apareció en el umbral con un cómodo pantalón marrón y una camisa blanca ancha, como las que se usaban en México. - Disculpe el descuido de mi sirviente, ¡haberle dejado a oscuras! Después hablaré con él. No esperaba visita esta tarde. De haberlo sabido que iba a venir, Padre Alfaro, mi atuendo sería más formal. Aquilino me contó su aventura y pensaba haber ido al convento para darle las gracias en persona. Pero he tenido tanto trabajo... No tengo perdón. Siéntese, por favor. ¿Me aceptará una copa de vino?

El salón era grande, los hermosos ventanales daban a un jardín trasero cubierto de geranios que trepaban por las paredes y los árboles, la chimenea estaba encendida aunque la temperatura era bastante alta.

- No me acostumbro a la humedad de Sevilla. He estado poco tiempo en México pero parece que hubiera nacido allí, mis huesos se resienten con el frío; sobre todo, la rodilla derecha que no quedó bien de un accidente de caballo que tuve años atrás. Quizás hablo mucho. ¿A qué se debe su grata visita?

- A nada en especial - respondió el Padre Alfaro mientras rechazaba con un gesto de su mano la copa que le ofrecían. - No bebo, gracias. Quería saber de Aquilino y comprobar si estaba bien. Eso es todo, una visita de cortesía.

- Aquilino esta muy bien, ese chamaco es muy despierto. Es hijo de una esclava que yo tenía en Nueva España, murió de una enfermedad de los pulmones. Cuando los compré en México me encariñé del niño. Le tengo un aprecio especial.

- Sí, él también tiene muy buen concepto de usted. ¿Y el padre?

- Nunca supe quién es. La mujer no quería hablar de ello. Mi primo, Don Diego, bromea conmigo porque me gusta que Aquilino aprenda y me acompañe y dice que la gente va a sospechar. Pero no hay nada raro, el pequeño tenia seis años cuando lo traje a casa.

- No, no, disculpe, me he explicado mal, no quería insinuar...- El padre Alfaro se había puesto colorado. - El niño me contó que estaba aprendiendo a leer y a escribir pero nunca hubiera pensado nada similar.

- No se preocupe, Padre Alfaro. En mi modesta opinión, lo mejor para un hombre es rodearse de personas de confianza. Si las ves crecer y las moldeas a tu gusto, la posibilidad de que te traicionen es menor. Ahora mismo debo marcharme a la Corte, varios de mis criados quedarán guardando esta casa, es imprescindible que sepan valerse por si mismos, que administren con seso los fondos que les dejo. Una persona instruida rendirá más, se dejará engañar menos que alguien que no tiene capacidad de discernir y esta capacidad sólo se consigue con educación. Amancio, que estaba al servicio de mi padre, maneja mi hacienda durante mis frecuentes ausencias, él enseña a Aquilino y en el futuro, cuando Amancio ya no pueda ver las letras ni los números de las cuentas, que no será muy tarde pues pasa de los sesenta, Aquilino ocupará su lugar. Ésa es mi filosofía. A algunos les parecerá egoísta, a otros, excesivamente generosa. Y a usted ¿qué le parece?

Estaban sentados frente a frente, se miraban y comprendían que tenían mucho en común, no sólo la edad y la complexión física, sino también el arrojo para manejar su vida con unos fines precisos, no exentos de tolerancia.

- Me parece justo e inteligente.- Sonrió el franciscano.

- Aquilino me relató una curiosa escena que pudo contemplar aquella noche en el convento. El muchacho no consiguió explicarme bien el problema que tenían ustedes y qué era lo que tanto molestaba a sus compañeros. Yo voy a la Corte dentro de unos días, tal vez pudiera ayudarles.

- No es necesario, Don Gonzalo. Uno de nuestros hermanos ha salido camino de Madrid para dar cuenta del cambio de planes al que Su Majestad nos obliga.

- Sí, Aquilino nombró algo de unas islas muy lejanas, pero no supo decirme con exactitud el nombre.

Alentó Ronquillo a hablar al fraile, sabía muy bien cuáles eran las islas y tenía verdadera curiosidad por saber el motivo de que los religiosos tuvieran que ir a ellas. Sabía que Alfaro no hacía esa visita para preguntar por un criado, quería algo más.

- Las Filipinas, señor. Usted, que ha sido alguacil mayor de México, ha debido oír sobre ellas más cosas que nosotros.

- Poco sé, Padre Alfaro. Tal vez me tache de impertinente pero adivino un interés especial en recabar informes sobre esas islas.

Alfaro sonrió abiertamente y los dos hombres se miraron a los ojos por primera vez.

domingo, 22 de enero de 2012

EL ESCLAVO QUE VENDIÓ SU LIBERTAD 5

Idéntico fervor había suscitado la salida de la Hermandad de los Negritos, como se conocía popularmente a la Hermandad del Santísimo Cristo de la Piedad y Nuestra Señora de los Ángeles. El gesto de Mariano había corrido de boca en boca por toda Sevilla, siendo puesto como ejemplo de sacrificio cristiano en los sermones. Sus hermanos de la cofradía, considerando que ya había hecho demasiado por la Virgen, le prohibieron que saliera como disciplinante y lo obligaron a quedarse en el lavatorio. Mariano calló su decepción pero no se enfrentó a las órdenes bien intencionadas de sus amigos. Aquilino se había empeñado en ir con él y correteaba entre los hombres ayudando a colocar cruces y a liar los cinturones de esparto. Mariano, para evitar que perturbase el recogimiento de la salida, cuando todos se arrepentían de sus pecados y el párroco les imponía como penitencia el martirio que voluntariamente habían escogido al salir en la procesión, lo mandó a la sacristía para que se entretuviera con las hierbas que perfumarían el baño de los hermanos cuando regresaran de madrugada con el cuerpo exhausto, ensangrentado, y el alma reconciliada con Dios. Aquilino olió todos los saquitos que había sobre la mesa; contenían arrayán, rosas, laurel, romero y violetas; cuando se cansó de tocarlos, que fue pronto, se metió dentro de una de las tinajas donde se procedería a lavar las heridas producidas por las rigurosas flagelaciones a las que se sometían los disciplinantes.

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Las malas noticias no daban descanso a los pobladores de Manila. La ciudad no se había repuesto del duro golpe que supuso el hundimiento del navío Espíritu Santo cuando llegó la triste nueva de la muerte del capitán Juan de Salcedo.

- ¡Qué desgracia! - Lavezaris lloraba, sus hombros se agitaban sin disimulo. - Lo quería como al hijo que nunca tuve. ¡Qué desgracia! repetía ahogándose entre sollozos.

Cauchela, Mirandola y Aldave lo miraban igual de afligidos.

- Dicen que murió de repente. Los soldados que han vuelto de Igolot cuentan que fue repentino, como cuando murió Legazpi. Sin sentirlo, sin esperarlo. Lo enterraron en un monte cercano a la mina.

Mirandola se limpiaba los ojos enrojecidos que le picaban.

- ¡Qué vida tan dura! Moriremos todos aquí como perros.

Así se lamentaba Aldave.

- No nos merecemos tantas desgracias. Hace días lo del Espíritu Santo, el huracán, el barco destrozado y luego esos demonios... ¿Cómo pudieron apalear hasta la muerte a los que conseguían llegar a tierra? Son crueles...
Cauchela no lloraba, su tensión se traslucía en el puñal que clavaba con odio en la mesa.

- Esta tierra nos tragará, nos dejamos la piel hasta que ella nos cubra una vez muertos. Es una tierra enferma, cada año se pierden cien hombres o más. Gastamos dinero, vidas y no vuelven de retorno sino pleitos y sufrimientos. –Lavazaris seguía hipando. - Ya soy viejo, estoy cansado de luchar y ahora que creía que podía descansar, ese desgraciado de Sande me quita todo por lo que he peleado. Toda mi merecida recompensa.

- ¿Qué dices, Guido? ¿Qué te va a quitar? - preguntó impaciente Cauchela.

- No es el mejor momento para hablar de estos temas, pero tantos disgustos me están haciendo flaquear. El gobernador no tiene en mente más que una idea desde que llegó. He ido retrasando el momento de confiaros mis temores hasta ver si recapacitaba; sé de vuestras diferencias con él y no quería preocuparos. Nada más llegar me pidió una relación por escrito de las encomiendas que han sido distribuidas por las islas. Estoy convencido de que no las va a quitar.

Un coro de reprobación invadió la habitación.

- No puede hacer eso. Todos los conquistadores tienen derecho a disfrutar en pago a sus servicios del reparto de tierras. ¿De qué vamos a vivir cuando seamos demasiado viejos para continuar con nuestro trabajo? - Cauchela clavó el cuchillo tan hondo que no podía sacarlo de la mesa.

- Lo sé. Ésa es la costumbre y Su Majestad siempre ha defendido que se premie a los conquistadores; pero Sande se va a sacar de la manga un párrafo de una carta del monarca y nos las va a quitar. No a todos los encomenderos de Filipinas, sólo a los que tenemos cargos del Reino. Me lo ha dicho Rufino, que ya está cansado de las vejaciones del gobernador y del bisoño de su hermano.

- ¿Rufino, el criado? ¿Cómo ha podido enterarse? ¿No te habrá mentido? - preguntó Aldave.

- No, no me ha mentido. El tiene permiso para andar por la casa y ha atado cabos de distintos comentarios que ha oído. Los criados son los más fiables para saber qué se cuece en la cabeza de su señor. Todos los que sirven en las Casas Reales están hartos de los abusos de esos señoritos. Hay que tener cuidado con Sande y con los que se arriman a él. Ya lo voy conociendo, los años sirven para algo, he visto tanto. Estos ojos han visto casi todo.

Lavezaris se levantó a buscar una botella de licor de arroz y sirvió a sus amigos.

- Ahora que hablamos de esto, os voy a contar algo que me dijo el otro día el capitán Chacón. Por lo visto, Esteban Rodríguez de Figueroa anda haciendo muchas preguntas sobre las encomiendas. Hasta ahora no había prestado atención al comentario – continuó Mirandola.

- ¿Figueroa? ¿El que es conocido como el portugués? Corretea a la sombra de Sande. - Cauchela sorbió el licor. -Prefiero una copa de buen vino a este licor que te agujerea el estómago. O un buen vaso de ron.

sábado, 21 de enero de 2012

EL ESCLAVO QUE VENDIÓ SU LIBERTAD 4

Llegaron a casa, Aquilino y Mariano, una vez roto el hielo, se habían hecho buenos amigos y charlaban animadamente.

- Bien, Mariano. Esta será a partir de ahora tu nueva casa. No entraba en mis planes aumentar el número de mis sirvientes pero quizás dentro de poco necesite mucho personal a mi servicio. Don Diego, tu amo, te deja en mis manos, doy fe que tienes suerte, pero él te entregará el dinero por el que has perdido tu libertad. Aquilino te llevará a la cocina y te presentará al resto de tus compañeros. Te ruego disculpes algunas deficiencias que verás en la casa pero hemos venido de México hace muy poco y aún faltan por llegar muchas de las cosas que embarcamos. Amancio, que es el encargado de todo, te dirá cuáles son tus labores a partir de ahora. Sed bienvenido.

Gonzalo de Ronquillo subió a su habitación a refrescarse antes del almuerzo. Abrió despacio la portezuela del escritorio y sacó varios informes que había recabado en México sobre las Islas Filipinas. Eran datos sobre mercancías y posibles yacimientos de oro y plata. Desplegó un mapa que tenía dibujadas las corrientes marinas y el recorrido que los galeones hacían desde Acapulco hasta aquellas lejanas islas. Manila era su sueño, un territorio extenso lleno de riquezas, todas por conquistar. Pero todavía no sabía cómo podría llegar a ser el dueño de aquellas tierras. Conocía a Sande de México y sabía que era el nuevo gobernador. Tenía que estudiar al detalle la mejor forma de interesar al Rey en su idea, quizás explotaciones mineras, comercio... No lo sabía aún, debía ser un proyecto lo bastante original y rentable para que el Monarca le quitara a Sande el cargo de gobernador y se lo diera a él.


Eran las diez de la noche del jueves santo. De la Casa Grande de los Franciscanos salía en procesión la Cofradía del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz, llamada así en recuerdo y reverencia del descubrimiento hecho en Jerusalén por Santa Elena, madre del Emperador Constantino, de la verdadera cruz donde fue clavado Jesucristo. Era la cofradía más numerosa de la ciudad de Sevilla, los frailes del convento asistían a ella. A esa hora, a las diez, el Padre Juan de la Cruz subió al oratorio para dar la absolución a los hermanos allí presentes, más de trescientos aquella noche. "Ego te absolvo, in nomine Patre et Fili et Spiritu Sancti, Amen”. A pesar de lo concurrida que estaba la iglesia, las palabras sonaron altas y claras cortando el silencio que rodeaba a la Cruz y a la imagen de la Virgen que, pocos minutos después, iniciarían su recorrido por las estrechas calles que les llevarían a la Catedral y a otras parroquias para visitar los santos sagrarios. En ordenada fila, todos los hermanos se acercaron a orar ante el sagrario de San Francisco, fundador de la Orden.

A las diez y media salía el estandarte de la cofradía. La multitud aguardaba fuera para ver las imágenes iluminadas con la luz de las velas. Los hermanos disciplinantes descalzos, algunos con las cruces al hombro, otros golpeándose con látigos terminados en pequeñas bolas con aristas, todos seguían en silencio a la insignia. Cada cuatro o cinco disciplinantes se situaba un hermano con una vela para iluminar el recorrido, conocidos como hermanos de luz. Cuando la imagen de la Vera-Cruz salió balanceándose por el pórtico de la capilla, la gente se santiguó y un murmullo de rezos y cantos se pudo oír sobre la oscuridad, rota tan solo por las trémulas llamas de las velas. La hilera de hombres vestidos de blanco, con la cintura apretada por sogas de esparto, el capirote cayendo en la espalda, tapando el rostro, simulaba una procesión de espectros, figuras del más allá sin cuerpo que se alejaban llorando por sus pecados, buscando un paraíso que las sombras de las calles ocultaban dónde podía encontrarse y mientras buscaban y buscaban, las espaldas, único rasgo humano, se teñían de rojo, se abrían descarnadas ante la flagelación de las piedras afiladas, los pies se quemaban con la cera caliente donde se disolvía la sangre de los compañeros que iniciaron la estación de penitencia antes. El público manchaba los bajos de sus vestidos y sus botas relucientes con esa misma masa encarnada, pegajosa, pero nadie se preocupaba del suelo. Las miradas se elevaban por encima de cabezas y sombreros, hacia lo alto, hacia las figuras que oscilaban sobre hombros anónimos, sin rostro, escondidos debajo.

jueves, 19 de enero de 2012

EL ESCLAVO QUE VENDIÓ SU LIBERTAD 3

Aquilino no le quitaba la vista de encima a su nuevo compañero en el camino de regreso a casa. Mariano rezaba en silencio sin prestar atención ni al niño ni a lo que había a su alrededor, sus pies descalzos apenas rozaban el suelo. El niño estaba intrigado por la escena, no podía comprender qué era eso de vender la libertad. Esa palabra le sonaba a blanco, los negros que él conocía no tenían libertad. Al único que le había oído decir que era un derecho que todos tenían era a Lucio pero cuando hablaba de esos temas lo hacía a escondidas. Sabía que en México había negros que huían a las montañas para escapar de sus amos, los llamaban cimarrones. Había visto a algunos volver encadenados de la sierra y después acababan colgados en la plaza. Lucio estuvo a punto de escapar una vez, Aquilino lo había seguido pasada la medianoche al bosque. Escondido entre la maleza vio cómo el viejo Amancio también lo seguía y tenían airadas palabras, de las que entendió sólo frases sueltas. "No lo hagas, te cogerán y te matarán", "no aguanto más", "es duro pero es nuestro destino", "los mataré" eran algunas de las que se acordaba. Recordaba aquel día porque fue el único que vio o imaginó dos lágrimas que se deslizaban por las rasuradas mejillas del gigante.

- ¿Tú no tenías amo? - preguntó al silencioso acompañante.

- Sí, lo tuve pero murió. Era un buen hombre, muy cristiano y devoto.

- Después de que se murió ¿quién te daba de comer?

- Mi amo me dejó algún dinero y me dio la libertad. Algunos buenos hombres cuando mueren permiten a sus esclavos disfrutar de lo que ellos tuvieron tanto en vida. Pero fui un tonto, un estúpido. Cuando se me acabó el dinero que gasté en miles de caprichos desdichados, me encontré solo, sin casa y tuve que ponerme a trabajar en lo que pude. La humedad y los vicios hicieron que mi pecho enfermara y acabé tirado en la calle, sin poder levantarme, hasta que un fraile me llevó al Hospital de Nuestra Señora de los Ángeles. Es un hospital que el Arzobispo Don Gonzalo de Mena fundó hace tiempo para que los negros sanaran de las heridas del cuerpo y del alma.

- Y ¿dónde está ese hospital? - inquirió Aquilino muy interesado en la historia.

- Aquí en Sevilla, muy cerca de las murallas. Todos creían que no iba a resistir tanto dolor, pero en mis delirios vi a una mujer muy bella que me hablaba con dulzura, me reprochaba con delicadeza el mal gasto que había hecho del regalo que me diera mi amo. Yo le prometí que si volvía a la vida dedicaría los años que me quedaban a ella, sólo a ella. Cuando ya me habían puesto un lienzo por encima y los curas rezaban a los pies de la cama, desperté. Nadie daba crédito a una recuperación tan repentina pero cuando hablé de mi sueño, estuvieron de acuerdo en que era un milagro de Nuestra Señora de los Ángeles, el nombre que lleva el hospital.

- Antes decías algo de una procesión. ¿La podré ver yo?

- Sí, dentro de dos días. Este año no teníamos dinero, los hermanos somos pobres y a veces no hay suficientes ducados para comprar las túnicas, ni las cruces o las velas. Yo fui a visitar a la Señora y le dije que si no sabía usar mi libertad para el bien, mejor era que la vendiese y, con el dinero que recibiera, dar ocasión a otros incrédulos y pecadores de verla en la calle y así contemplando su dulce belleza y su amor, la puedan querer y le entreguen su vida como yo he hecho.

Los dos primos, que andaban unos pasos adelantados, no perdían detalle del relato, se volvieron y Don Diego preguntó: ¿Tú puedes salir en una procesión?

- Sí, señor. La Hermandad a la que pertenezco está formada por hermanos negros de las mejores casas de Sevilla y también por otros que deambulan por la ciudad. Perdonen los señores si lo que vaya decirles resulta ofensivo... Es una Hermandad donde no se permite la participación de hermanos blancos.

- Pero qué dice este tarugo- interrumpió molesto Don Diego -. Una hermandad sólo de negros. A esto se llega con tanta confianza como algunos, como tú, Gonzalo, les dan a sus servidores. ¿Ves? Se les trata bien y ellos se juntan para conspirar contra nosotros.

- Perdone, señor, allí no se conspira. Hay fiestas a las que los blancos pueden venir. Tenemos carreras de gansos y carreras con los hermanos de la Real Maestranza de Sevilla. No hay engaños en nuestra unión, lo único que nos anima es la devoción por la Santa Cruz y por la Madre de Dios.

- Déjalo ya, Diego. Es un buen hombre.- Gonzalo de Ronquillo agarró el brazo a su primo. -Y ahora dime ¿qué vas a hacer con él?

- No sé. Tú tienes varios esclavos; uno más, uno menos, no te va a resultar mucho problema. ¿Viste cómo me miraba aquella joven? Va a misa de nueve, se lo he oído cuando hablaba con la vieja. Lo ha dicho alto para que yo lo escuchara. ¡Qué bella ciudad! Sus ojos eran negros, como toca de monja.

- Por favor, Diego, no seas irreverente. Paso porque compres a un hombre para contemplar a una dama, pero no te metas con esas santas mujeres que son las religiosas. Tú mismo tienes una hermana en un convento de clausura. Deberías ser más respetuoso.

martes, 17 de enero de 2012

EL ESCLAVO QUE VENDIÓ SU LIBERTAD 2

Aquilino sintió náuseas al ver a Don Diego atusarse su fino bigote. No le gustaba la idea de abandonar tan pronto esa ciudad luminosa y preguntó, sin importarle los comentarios que saldrían de la lengua viperina de Don Diego: ¿Yo también voy a ir a la Corte?

Las risotadas de Diego se oyeron en toda la plaza.

- ¿Tú? ¡Infeliz! ¿Qué vas a hacer tú en la Corte? - Dirigiéndose a su primo continuó.- ¿No se te habrá ocurrido llevar con nosotros a este mocoso, verdad? En Madrid las apariencias son más importantes que las verdades. Debemos llevar un séquito de acuerdo a nuestras pretensiones y si, como adivino por tus palabras, queremos tocar el cielo, no debemos dejarnos ver con gusanos.

Al decir la última palabra movió la cabeza hacia el niño.

- No, Aquilino, esta vez no puedes acompañarme, eres demasiado pequeño. Tú te quedarás aquí con Lucio y Amancio cuidando la casa. Yo iré con Paulino, Lucas y José.

Aquilino respiró tranquilo y prosiguieron el paseo hasta la catedral. En la puerta les llamó la atención un hombre de unos cuarenta años que gritaba, sentado en el suelo, haciendo volver la cabeza a los feligreses. "Vendo mi libertad para sacar en procesión a Nuestra Señora de los Ángeles". "Vendo mi libertad para sacar en procesión a Nuestra Señora de los Ángeles". Los curiosos iban formando un corro cada vez más apretado. El hombre parecía estar sano, no le faltaba ninguna parte del cuerpo, tenía brazos, piernas y sus ojos no estaban ciegos. Con curiosidad, Don Diego se abrió paso entre la gente.

- Puedes explicarme, negro, ¿qué es lo que dices?- preguntó poniéndose cerca de una joven, muy bien vestida, que estaba acompañada por una vieja aya.

El hombre lo miró y contestó: Ya ha oído lo que digo, vendo mi libertad para sacar en procesión a la Madre de nuestro Señor.

- ¿Y cuánto pides por tu libertad?
- Cincuenta ducados, caballero.

La muchacha miraba de reojo a Don Diego. Éste, atrevido, se decidió a abordarla.

- No entiendo cómo puede vender su libertad por tan poco dinero. Estos negros han nacido para ser esclavos. ¡En qué poco valoran su vida!
La dama ocultó una sonrisa insinuante con la mano y esquivó el verde intenso de los ojos de Don Diego. Sin embargo, no se movió. Alentado por la quietud de la joven, prosiguió en voz más alta y dándole un ligero acento mexicano a sus palabras para resultar más interesante.

- Y por cincuenta ducados, ¿te vendrías conmigo? ¿Me venderías tu alma y tu vida?

- Sí, señor. Si la Divina Madre quiere que usted sea quien me compre y así poder llevarla en Santa Procesión, yo me arrodillaré ante sus deseos y me convertiré en su esclavo.

Gonzalo de Ronquillo y Aquilino, intrigados por la tardanza de Don Diego, se acercaron al centro del corrillo.

- Entonces, si entiendo bien, tú emplearías los cincuenta ducados en sacar en procesión a la Virgen. No es mucho dinero para comprar una parcela segura en el Reino de los Cielos. Ah, Gonzalo, estás aquí. He decidido hacer una buena obra, voy a comprar a este hombre.- Mientras hablaba espiaba la reacción de la joven quien ahora lo miraba cara a cara. Las negras pestañas sombreaban sus pupilas. Diego pensó que era preciosa. - Levántate que ya tienes dueño. ¿Cómo te llamas?

- Mariano, señor. La Hermandad del Santo Crucifijo de la Piedad y muy especialmente Nuestra Señora de los Ángeles le agradecerán siempre su generosidad.

El hombre se levantó entre los murmullos de los curiosos. No era muy alto pero su cuerpo tenía fuerza, su cara por el contrario reflejaba sólo bondad. Entre los comentarios de los curiosos, Diego entendió las palabras que la joven dirigió, en un tono mas elevado del preciso, a su aya:”Ha sido un gesto muy caritativo. En la misa de las nueve, rezaré todos los días por ese esclavo. ¡Qué devoción tan pura hacia la Virgen!”

lunes, 16 de enero de 2012

EL ESCLAVO QUE VENDIÓ SU LIBERTAD 1

Don Gonzalo de Ronquillo y Peñalosa se ciñó la espada y llamó a Aquilino para que lo acompañara en su paseo matinal por Sevilla. Habían pasado dos semanas desde la aventura del muchacho y unos pocos días desde que Ronquillo arribara en las costas de Sanlúcar. El cielo azul profundo se reflejaba límpido en la fuente del patio central rodeado por columnas de mármol en el que le esperaba su compañero, además de primo, Don Diego. Diego era más joven y su carrera, siempre a la sombra de Gonzalo, tenía visos de ser menos prometedora. Gonzalo de Ronquillo, a sus treinta y cinco años, había cumplido con un importante destino en México, ahora descansaba aunque pensaba sin cesar en realizar un sueño que lo llevaría a viajar al otro extremo del mundo. En 1.576, ese sueño era apenas un punto oculto en su mente; algo en lo que por las noches, divagando en la espera que precede a la inconsciencia, cuando las cosas más inconfesadas de los hombres van tomando forma tras los párpados cerrados, le producía una sensación de ahogo, una parálisis momentánea de los latidos del corazón.

- ¿Otra vez va a venir este enano con nosotros? La verdad, primo, me preocupa un poco la obsesión que tienes con hacerte acompañar por ese pequeño esclavo.- Aquilino le lanzó una mirada de odio, siempre le había parecido Don Diego una persona engreída. El sentimiento de antipatía era mutuo. - ¿No te preocupa que la gente murmure?

- No entiendo, Diego, ¿de qué van a murmurar? Olvídate de él, me gusta su compañía, es divertido. ¿Has visto cómo está de engalanada la ciudad? Dentro de dos días será jueves santo. Tengo ganas de vivir una Semana Santa en Sevilla, me han hablado maravillas de ella. El fervor del pueblo sevillano es tal que, según cuentan, las calles quedan regadas por la sangre de los disciplinantes y deben pasar muchas noches hasta que el rastro de la penitencia se borra. Dicen que es la ciudad que más cofradías tiene.

Don Diego no le escuchaba, su mirada se había perdido detrás de una espléndida muchacha de pocos años, morena y con una gran trenza que había entrado en una tienda de comida que había a su izquierda.

- Por favor, Diego, deja de mirar a todas las jóvenes que se cruzan en tu camino. Dentro de poco, si me das tiempo, conocerás a las mujeres más bonitas del Reino, a las más elegantes y de mejor cuna.

Diego miró a su primo con ironía y le replicó: Sí, lo mismo me dijiste en México y mira cómo estoy, perdiendo el resuello detrás de cualquier criada.

- Esta vez va a ser mejor. Ten confianza en mí. Tengo grandes planes aunque todavía no puedo decirte nada. Voy a marcharme a la Corte a entrevistarme con los hombres cercanos al Rey. Quiero saber de primera mano cuáles son sus inquietudes y deseos. Tengo una idea pero debo estudiar antes todas las posibilidades. Vendrás conmigo y, mientras yo busco apoyos para mi proyecto, podrás dedicar tu tiempo a sacar información a las mujeres más bellas de la Corte.

domingo, 15 de enero de 2012

EL NUEVO DESTINO DE LOS FRANCISCANOS 5

La voz de Aquilino sonó chillona mientras se abalanzaba hacia el gigante de ébano. Su cabeza rapada le confería un aire amenazador, hacía que las personas que andaban por la calle se desviasen imperceptiblemente de su lado.

- Te he dicho mil veces, estúpido, que no me llames Lucio. Soy Tonga, ése es mi nombre. - Y movió sus negros ojos hacia los frailes esperando alguna réplica. Viendo que nadie osaba contradecirle, le pegó un tortazo a Aquilino y se lo llevó calle abajo.- Eres el negro más imbécil que he conocido. Me he pasado la noche buscándote y tú durmiendo ahí, con esas mujeres barbudas.

Conforme hablaba iba pegándole golpes en la cabeza.

- Lo siento, de verdad, me perdí. En esta ciudad todas las calles son iguales. He pasado mucho miedo. Creía que no podría salir nunca. Gracias por venir a buscarme.
Aquilino intentaba parar los golpes con sus manos, pero el titán era más rápido.

- Por mí te hubieras ahogado en cualquier alcantarilla, pero ese viejo mierdoso de Amancio me ha obligado a estar toda la noche fuera, preguntando por ti. He recorrido todas las tabernas hasta que en una me han dicho que habías aparecido por allí con un fraile. ¡Un fraile! - repitió alcanzando con su manaza la mejilla del niño, la marca brillante de los dedos se salía de la cara.-¿Cuántas veces te he dicho que te alejes de ellos?

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- ¡Quemad las chozas! ¡Quemad todo! - gritaba Luis de Sahajosa a los asustados soldados que miraban sobrecogidos al grupo de furiosos indígenas pertrechados tras los escudos con lanzas y machetes-. ¿A qué esperáis cobardes?

Un soldado prendió una tea y la arrojó al techo de palma de la cabaña más próxima, el fuego prendió y los indios, gritando, arremetieron contra los españoles. Alcanzaron con las lanzas a dos jóvenes que quedaron clavados al suelo aullando de dolor. Los temerosos soldados disparaban los arcabuces sin precisar la puntería, las balas se perdían inútilmente. El poblado ardía y varios naturales se enfrentaron cuerpo a cuerpo con los castilla. Las espadas se clavaban en brazos y pechos. Sahajosa incitaba con insultos a la soldadesca que, doble en número a los asaltados, consiguió arrinconarlos y rematar a veinte. Los restantes huyeron a la selva.

- ¡Idiotas! - chilló Sahajosa a los que huía. - ¡Arrasadlo todo! Que se enteren quién manda.

La Jornada de Cagayán no estaba resultando como Luis de Sahajosa había soñado antes de salir. Los jefes de las tribus no se tragaron el engaño de cambiar plata labrada por oro y oponían una fuerte resistencia a los intentos de los españoles para conseguir tributo. Los males de la jungla habían afectado a muchos de los imberbes soldados que habían llegado con Sande procedentes de España; la fiebre y las diarreas los consumían. Además no tenían un momento de descanso, por las noches los centinelas permanecían atentos a cualquier ruido sospechoso pues ya habían sido víctimas de dos emboscadas. Sahajosa envió a un capitán y diez hombres a Manila para pedir refuerzos. El navío San Juan había sorteado dos tifones y estaba muy dañado. La petición de auxilio fue muy comentada en Manila, todos recordaban la prudente idea de Salcedo de intentar conseguir someter a los naturales a base de diálogo pero nadie osaba dejar traslucir sus pensamientos ante el gobernador que en los últimos meses estaba obsesionado con el viaje de regreso a Nueva España del navío Santiago. "Necesitamos 645 arrobas y catorce litros de escarcia menuda, brea, alquitrán, salitre, cincuenta lombarderos, dos maestros fundidores de artillería, dos maestros ingenieros para fortificar una plaza, picas..." Sande iba haciendo mentalmente la lista de cosas que iba a pedir al virrey de Nueva España. "En cuanto vuelva Luis con el San Juan, la nao Santiago emprenderá el viaje. La llenaré de pólvora para refinarla”. Sande no era de la misma opinión que Gaspar Manzanos, piloto de la capitana, quien consideraba una locura obligar a la nao a realizar un viaje tan largo en las condiciones que se encontraba. "Necesita un árbol mayor, porque el que tiene se rompió; un timón nuevo sería conveniente, un bauprés, una verga mayor, lonas, dos andas y caños para bolinas..." La lista continuaba sin fin.

- Tranquilo, Gaspar, ya me lo has repetido cien veces.- Andrés de Mirandola comprobaba el estado de la nao por orden del gobernador. - Ya sé que está mal para navegar pero, aunque me duela reconocerlo, el doctor Sande tiene algo de razón. La nave tiene que hacer el viaje hasta Acapulco para recoger lo que necesitamos. Hace meses que no llega ningún navío de América y nuestra situación es insostenible. ¿Te has enterado ya de las malas noticias que corren sobre Cagayán?- Gaspar le señaló que no sabía nada. - Al parecer han muerto cuarenta soldados. Nos quedamos solos, Gaspar. Hay que hacer un esfuerzo y mandar este barco y otros, como el San Felipe. Necesitamos hombres

viernes, 13 de enero de 2012

EL NUEVO DESTINO DE LOS FRANCISCANOS 4

Alfaro se levantó y sonrió a Aquilino que seguía con cara de susto. Cogió al pequeño y lo llevó a la cocina. Él mismo tomó pan y queso. Mientras comían los dos le hablaba con voz tranquila, le sorprendía el miedo que parecía tener el niño y observaba sus reacciones intentando descubrir la causa de tanto terror.

- Debes tener hambre si llevas todo el día vagando por la ciudad. Esta noche dormirás en una celda y mañana, como te he dicho, buscaremos tu casa si no viene nadie preguntando por ti, aunque estoy seguro que tus compañeros llegarán al amanecer. No debes tener miedo, nada te va a pasar en la casa de Dios. En ningún sitio estarás más protegido que aquí.

El fraile espaciaba las palabras esperando ser interrumpido en cualquier momento por aquella boca que se abría y cerraba devorando las viandas. Viendo cómo Aquilino casi se atraganta con el pan, un poco duro, le tendió una jarra con agua. El niño se había sosegado un poco con la promesa de marcharse a la mañana siguiente y sus ojos comenzaron a cerrarse. Alfaro, compadecido, lo elevó en sus brazos y lo acostó en una celda contigua a la suya. El muchacho no sintió la dureza del lecho de madera ni el tronco que había por almohada. Recogido en su celda, el Padre comenzó a orar y a pensar en la nueva ruta que les ordenaba tomar el Rey. El espíritu aventurero que le había impulsado toda la vida se sentía atraído por esa nueva oportunidad que le daba el destino de ir más lejos, de desafiar todas las convenciones para adentrarse en lo desconocido. No era como Fray Antonio de Zamora, cuyo cuerpo cansado y su especial sentido del orden le hacían temblar ante cualquier cambio que no hubiera podido analizar y sopesar durante largo tiempo. Él se parecía más a Fray Juan Bautista Lucarelli de Péssaro, ese italiano grande y decidido como un verdadero soldado. Sus miradas se habían cruzado con un brillo especial durante la deliberación de esa noche y ambos se habían entendido a la perfección; ese brillo dejaba entrever un "¿por qué no?". Nada sabía de Filipinas, pero si tenían que esperar varios meses, quizás un año, a la flota que iría a Nueva España, tendría tiempo de enterarse por los soldados y mercaderes del puerto de cómo eran aquellas recién conquistadas islas. Cualquier tierra tan joven era un regalo para un misionero; las almas infieles, que permanecían en la oscuridad esperando que Dios las viniera a iluminar a través de sus mensajeros, serían muchas. El trabajo, arduo y la recompensa, celestial. Él no tenía dudas, no iba a desertar de la misión elegida hace años; si el Señor y la Virgen le señalaban esa dirección, no se opondría. Arrodillado en la oscuridad, elevó su plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles, por la que sentía una especial devoción. Sonrieron sus labios en silenciosa oración.

La sonrisa no había desaparecido cuando los rayos del amanecer comenzaron a dar color a los naranjos del claustro. La actividad de la Casa Grande de los Franciscanos había comenzado varias horas antes con los maitines y ahora los hermanos se afanaban en sus ocupaciones. Acabada la reunión de los misioneros con Fray Juan de la Cruz, la mayoría decidieron seguir el consejo del Padre Guardián, sólo unos pocos optaron por volver a sus provincias. Fray Francisco Mariano fue el elegido para marchar a Madrid. Era de mediana edad, sus mejillas se tiñeron de carmesí cuando escuchó su nombre y, besando la Cruz del Padre Guardián, se dispuso a arreglar lo necesario para emprender el camino que le llevaría a los pies de Su Majestad Felipe II.

Alfaro y Lucarelli se miraron a los ojos y salieron juntos hacia la biblioteca. Fray Luis de Rioja, el portero del convento, los detuvo para decirles que un esclavo negro estaba en la puerta preguntando por el chiquillo. Alfaro pidió a Lucarelli que fuera a despertarlo y él se dirigió hacia el portón. No le gustó el hombre, que se negó obstinadamente a entrar, su ceño se apretaba más a cada pregunta o explicación que le iban dando.

- Lucio, menos mal que has venido a buscarme. No sabes el miedo que he pasado.

jueves, 12 de enero de 2012

EL NUEVO DESTINO DE LOS FRANCISCANOS 3

Fray Luis de Rioja, portero del monasterio, estaba muy alterado cuando abrió la puerta. Comentó al Padre Alfaro que el Padre Guardián llevaba horas esperándolo y que quería verlo sin demora. Arrastrando a Aquilino, se dirigió a través del claustro hacia el refectorio. La hora de la cena había pasado hacía mucho rato, por tanto si todos estaban allí reunidos, algo muy grave debía de haber ocurrido. Murmullos y caras preocupadas recibieron a Alfaro. El Padre Guardián, Fray Juan de la Cruz, tenía entre los dedos un pliego que miraba con mucha atención, levantó la vista y se sorprendió al ver al chiquillo.

- Padre Alfaro, estoy seguro de que tendrá una razón muy justificada para llegar a estas horas y traer una visita tan inesperada. Después me lo explicará en privado, ahora tenemos una noticia que darle y sus hermanos esperan que usted se una a las deliberaciones que estamos realizando.- Suspiró y su cara mostró la angustia que le estaban provocando las palabras allí escritas. Miró a todos como esperando su aprobación y prosiguió. - Esta tarde, a primera hora, llegó un correo urgente de parte de Su Majestad Felipe II para que detenga la expedición que va a las Islas Salomón y cambie el rumbo de los misioneros hacia las Islas Filipinas donde, según me hace constar Su Majestad, es más necesario para el servicio de Dios. La noticia nos ha extrañado a todos por lo inesperada. No sé mucho de esa parte de las Indias, lo único que puedo decirles es que el viaje es largo y trabajoso.

La noticia no había gustado. Todos parecían igual de disgustados. Los hermanos allí presentes protestaban por el cambio de planes, estaban listos para embarcar en pocos días en el puerto de Sanlúcar. Algunos de ellos expresaron su deseo de volver a las provincias a las que pertenecían, otros no se atrevían a desafiar las órdenes del Rey. Alfaro tardó unos minutos en asimilar la noticia, en silencio pensó en la extraña orden que les daban, pero como era hombre de buen talante y muy aventurero no vio grandes problemas en el cambio de planes. Como los ánimos estaban muy exaltados, comenzó a hablar sosegadamente.

- Calma, hermanos, este cambio de planes me parece igual de extraño que a vosotros, pero no estoy de acuerdo en que debamos volver a nuestras provincias. Nada sabemos de esas islas que llaman Filipinas pero todos conocemos la devoción especial que Su Majestad siente por la orden a la que pertenecemos y no debemos dudar de que sus intenciones sean correctas y beneficiosas. Nos debemos al servicio de Dios y nuestra principal misión es extender su Evangelio por el mundo. No debería importarnos el lugar en que lo hagamos. Si Su Majestad considera que lo mejor para el Reino y para Dios es ir a las Indias Orientales, creo que deberíamos cumplir con la misión que se nos encomienda.

Algunos hermanos apagaron con sus voces al Padre Alfaro. Aquilino, olvidado en un rincón, observaba asustado la escena. Sentado en el suelo se preguntaba cuándo lo iban a convertir en niña, buscaba desesperadamente la forma de escapar de tal martirio pero no veía cómo. En medio de la confusión el Padre Guardián tomó la palabra aunque sólo consiguió hacerse oír tras pegar varios fuertes golpes en la mesa. Una vez restituido el silencio, su voz se alzó para recomendar que uno de los religiosos fuera a la Corte a dar cuenta del cambio de planes a los Prelados de la Orden e una vez allí intentar conseguir una Audiencia con el Rey.

- La Real Cédula ordena que los integrantes de la misión esperen aquí a que parta la flota que irá el año que viene a las Indias. Hay tiempo, por tanto, para que uno de ustedes, el que elijan, vaya a Madrid y recabe los permisos necesarios de los Prelados y se envíe relación de todo a Su santidad en Roma. Les aconsejo que reflexionen esta noche y mañana me hagan saber su decisión.

miércoles, 11 de enero de 2012

EL NUEVO DESTINO DE LOS FRANCISCANOS 2

Tanteó buscando al niño y lo cogió de la mano. Salieron a la calle y empezaron a caminar juntos. La Taberna del Hechicero no estaba muy lejos, allí se juntaban para beber y jugar muchos de los negros que vivían en Sevilla. Era propiedad de Juan, el Hechicero, un esclavo liberado que con la herencia de su amo había montado el negocio. Gran conocedor de las hierbas y remedios mágicos que había aprendido de su padre en África tenía una parroquia muy surtida de enfermos de todas clases, algunos físicos, otros de amores u odios a los que discretamente atendía en la trastienda del local. Por el camino Aquilino espiaba de reojo al franciscano, con la mano libre se limpiaba los mocos de la cara.

- ¿Cómo es que te has perdido?- Volvió a entablar conversación el fraile sonriendo. - ¿Has venido hace poco de México?
- Dos días, ¿cómo lo sabe?- Le gustaron los ojos dulces y oscuros del fraile.
- Por tu acento. Ya vamos a llegar, puedes dejar de llorar. Esta noche dormirás en tu cama. No te preocupes, tu amo debe haberse dado cuenta de tu desaparición y te estarán buscando. Las noticias corren rápidas en esta ciudad.
- Don Gonzalo no está aquí, todavía no ha llegado. Vendrá pronto. Yo vine con varios criados para preparar la casa, nos trasladamos a vivir a Sevilla. Vinimos en un barco muy grande desde Veracruz a Sanlúcar y luego en una carreta. ¿Se ha montado usted alguna vez en un barco grande? Al principio la tripa hace cosas raras y la comida no se está quieta pero después te acostumbras. ¿Usted dónde ha nacido?
- Aquí, en Sevilla - le contestó Fray Pedro de Alfaro. - Hablas muy bien, no es normal que los niños sean tan listos.
- En México estaba aprendiendo a leer y a escribir. Don Gonzalo quiere que yo sepa leer y escribir para que le ayude cuando sea mayor.

La puerta de la taberna estaba abierta, en su interior varias mesas de madera con sillas y bancos en ellas seis o siete negros bebían y hablaban a gritos. La estancia, iluminada con cuatro candiles, tenía una tonalidad ocre que se oscurecía en las esquinas donde se apilaban grandes toneles de vino. La llegada de los visitantes produjo un insólito silencio y las miradas interrogantes los siguieron hasta la barra. Habló primero el Padre Alfaro con el dueño y después se dirigió a los clientes. Ninguno sabía nada de Don Gonzalo de Ronquillo.

- Creo que esta noche tendrás que venir conmigo al convento. Mañana preguntaremos a la autoridad si alguien te anda buscando.

Dirigiéndose a los que estaban en la taberna, el Padre Alfaro dijo despidiéndose: “Si alguien pregunta por el niño, estará en la Casa Grande de los Franciscanos. Queden con Dios”. Aquilino enmudeció, ni las bromas ni las preguntas del fraile consiguieron restablecer su habitual charlatanería. Cuando franquearon la puerta del convento, un temblor inexplicable le invadió el cuerpo. El Padre Alfaro no podía comprender qué le pasaba a su invitado; si hubiera podido leer sus pensamientos, habría vuelto a reír. El temor del niño se debía a otro de los cuentos de Lucio, quien le había dicho en infinidad de ocasiones que si no se quedaba en casa sin seguirlo, terminaría llevándolo a un convento de donde nunca salen los hombres pues les cortan su hombría y por eso los sacerdotes no se casaban y vestían sayos largos como las mujeres.

martes, 10 de enero de 2012

EL NUEVO DESTINO DE LOS FRANCISCANOS 1

Comenzaba a oler a azahar en Sevilla, las casas blancas y albero refulgían por el sol primaveral que calentaba como en pleno verano. Aquilino buscó la sombra de un naranjo cercano a la inmensa iglesia que tenía frente a si, tan grande como jamás había visto otra y se dedicó a observar la torre rectangular que se elevaba a la izquierda de la puerta principal por donde entraban y salían elegantes damas con parasoles de encaje. Las iglesias de México no eran tan grandes y su boca se abría conforme daba la vuelta a los muros y contemplaba los arcos sin fin que se elevaban unos sobre otros, temiendo que las curvas se desintegraran cayendo sobre su cabeza. Tropezando con la gente que llenaba la parte de atrás de la catedral llegó a los pies de la Giralda que tanto le gustó. Las pequeñas ventanas que se abrían en el centro de cada cara le atrajeron y pensó que serían las habitaciones de los curas. Concluida la vuelta se adentró por una calle al fondo de la cual había otra torre, más pequeña y redonda, que se asomaba al río, verde y profundo. Se sentó en un pequeño muelle sonriendo a los que se cruzaban con él, le gustaba Sevilla, era una bonita ciudad para vivir. Llevaba dos días en ella pero lo que había visto hasta el momento le agradaba. Lucio le había mentido, no era verdad que los castellanos golpeaban a los niños negros cuando andaban por sus calles, además había visto a varios hombres del mismo color que él por el camino desde la casa de Don Gonzalo de Ronquillo, ahora mismo estaba mirando a dos cargar sacos en una lancha, y nadie les pegaba. Lucio siempre le mentía y le metía miedo para que no lo siguiera cuando iba a la cantina; si por él fuera, Aquilino se pasaría el día encerrado en la cocina o, mejor aún, en el sótano con las ratas. Pero a él le daba igual lo mal que lo tratara Lucio, sentía pasión por aquel gigante de músculos de acero y cuando fuera mayor, quería ser como él. Sin prisa se levantó y enfiló hacia su casa intentando volver por las mismas calles que había venido; era un camino difícil de memorizar, callejuelas estrechas se enredaban sin orden. Las casas tenían grandes portones con patios floridos, las flores también cubrían algunos balcones poniendo pinceladas rosas y verdes en las fachadas. Aquilino comenzó a preocuparse cuando los callejones se fueron haciendo más pobres, cuando las paredes encaladas empezaron a mostrar desconchones y grietas y cuando vio una muralla y tras ella los arrabales de la ciudad sintió miedo. Estaba perdido. Lo intentó varias veces metiéndose por aquel laberinto albino pero no consiguió orientarse. Preguntó a los caminantes pero nadie pudo darle razón de la casa de Don Gonzalo de Ronquillo; en Nueva España todos le conocían, mas en Sevilla nadie sabía quién era o dónde vivía el anterior alguacil mayor de México. Aquilino, con la inocencia propia de sus nueve años, se sentó en una puerta y comenzó a llorar. Nadie se apiadó de un pobre esclavo negro y la tarde fue dando paso al anochecer, la humedad envolvió al niño que tiritaba de frío. Acertó a pasar un fraile franciscano que se sorprendió con los sollozos que salían del zaguán de la casa donde se había refugiado el pequeño y, curioso por ver quién sufría de manera tan ruidosa, se acercó.
- ¿Quién llora ahí oculto en la oscuridad? - preguntó, sonando su voz grave y armoniosa.
- Soy Aquilino, esclavo de Don Gonzalo de Ronquillo y Peñalosa, alguacil mayor de México - contestó el niño sin atreverse a levantarse del suelo donde estaba acurrucado.
- ¿Y por qué lloras con tanto sentimiento? - siguió interrogando el fraile, divertido por la respuesta tan formal dada por el muchacho.
- Me he perdido, no encuentro mi casa. He dado vueltas y vueltas desde esta mañana y no sé dónde estoy. He preguntado y nadie conoce a mi amo.- Iluminaron una ventana en la casa de enfrente y el débil rayo de luz descubrió los pies desnudos del franciscano-. Tú tampoco sabrás dónde vive mi señor, no eres un caballero.
- ¿Por qué dices que no soy un caballero? Yo no puedo verte, no sé cómo eres, tú tampoco puedes verme ¿o eres un gato?
El tono suave de las palabras acariciaba la negrura del zaguán y transmitía confianza.
- Vas descalzo, como yo, también eres un esclavo.
- Puede que tengas razón, también soy un esclavo aunque no como te imaginas. Soy el Padre Alfaro, de la Orden Franciscana de los Descalzos. ¿Entiendes? Mi Orden prohíbe llevar cualquier tipo de calzado pero ¿no te parece que podríamos continuar esta conversación fuera de aquí, viéndonos las caras, ahora que ya nos hemos presentado? No sé dónde está la casa de tu amo pero conozco un sitio donde se reúnen algunos esclavos de esta ciudad y seguro que ellos saben dónde vives.

domingo, 8 de enero de 2012

LEVANTANDO MANILA 5

Cuando la noticia de los preparativos de la Jornada de Cagayán transcendió, los capitanes de Manila montaron en cólera e intentaron pedir explicaciones a Sande. Éste fue el primer enfrentamiento directo con los soldados que vivían en Filipinas. El segundo conflicto importante lo tuvo con la Iglesia. La celebración de Navidad era una ocasión especial, el Monasterio de San Agustín estaba terminado y la población esperaba con fervor la inauguración oficial y sentimental que tendría lugar en Nochebuena. Ni Sande ni Sahajosa habían pisado un templo desde el día en que llegaron a Manila cuando a disgusto y con prisas habían asistido a una misa en su honor; los agustinos se sentían abandonados, pero perdonaron al gobernador que “está muy ocupado teniendo que levantar una ciudad entera". El 24 de diciembre de 1.575, a medianoche, el pueblo abarrotaba la nave de la capilla central de San Agustín, la silla reservada al gobernador permanecía vacía. Se retrasó el oficio quince minutos.  Entre murmullos de los asistentes, el mudo espacio del sillón seguía sin ocuparse. Los fieles se impacientaban y el prelado de San Agustín salió de la sacristía hacia el altar mayor. Cuando se encontraba a mitad de la homilía, que recordaba los tristes sucesos que les acompañaron un año antes en ese mismo día y daba gracias a Dios por la visible recuperación de todos, llegó Sande con Sahajosa. Sin ningún respeto, atravesaron a grandes zancadas el crucero central hasta la silla colocada en el sitio de honor, a la derecha del altar, Sande tomó asiento. Sahajosa, al comprobar que no había un hueco libre, levantó a un niño que estaba sentado en el primer banco y se dejó caer pesadamente.
Lavezaris sintió en su pecho una punzada de humillación aquella noche y el 25 de diciembre, nada más levantarse, se encaminó hacia las Casas Reales para tener una conversación con Sande. El antiguo gobernador se plantó en la antesala con determinación y manifestó su intención de no moverse mientras no tuviera oportunidad de hablar con su sucesor. Pasó más de una hora que Lavezaris gastó paseando furioso de un lado a otro de la habitación hasta que Sande, malhumorado y en batín, se dignó a hacer acto de presencia.
-         Algo muy importante debe ser lo que se le ofrece, señor Lavezaris, para presentarse de esa forma tan airada en mi casa y molestarme en el día de Navidad.
La bienvenida sonó como una bofetada pero Lavezaris no estaba dispuesto a que le comieran el terreno, había tenido que enfrentarse a enemigos más peligrosos durante su larga carrera de conquistador.
-         Sí, es muy importante, doctor Sande.- El apelativo cortó como un puñal directo al corazón- - He tenido mucha paciencia durante estos meses. Sé lo difícil que es el cargo que ostenta y la situación en que usted encontró Manila cuando llegó. Durante toda mi vida he intentado ser un hombre de buen juicio y no me dejo arrastrar por impresiones precipitadas, pero mi paciencia también tiene un límite.
-         Vaya, veo que viene a darme lecciones...
-         No quiero darle lecciones de nada, sino constatar la situación que está viviendo Manila.- Sande intentó interrumpir a Lavezaris. -Durante meses he callado mientras veía cómo insultaba a los capitanes y soldados que tan fielmente han servido a Su Majestad durante años. Los ha llamado bellacos, borrachos e incluso judíos. Ellos han demostrado más respeto que usted y hasta ahora permanecen en silencio. Son hombres que luchan por nuestro reino y por llevar la palabra de Cristo a lugares inhóspitos, peligrosos, y su valor no merece una recompensa llena de afrentas. El ambiente es malo en la guarnición y le recuerdo que unos soldados insatisfechos no pueden sino ocasionar disgustos. Sin embargo, no he venido por ellos, los capitanes y soldados son gente acostumbrada a la pelea y a las condiciones difíciles. Hasta ahora he callado, pero la humillación de anoche no tiene perdón. - Sande dejó hablar a Lavezaris mientras una sonrisa sarcástica se iba formando en su boca. - El respeto a la Iglesia es lo mínimo que podemos exigir al gobernador, al representante de Su Majestad. Semana tras semana he comprobado los desprecios que usted y sus amigos han infringido a los frailes de esta ciudad no asistiendo a la santa misa o evitando recibirlos.
-         Ya he pedido a España más religiosos, ¿satisfecho?- dijo Sande con la sonrisa abierta en sus labios.
-         No sólo hay que solicitar más religiosos. Hay que dar ejemplo. ¿Qué dirán los indios a los que intentamos atraer a la verdadera fe cuando comprueben que la máxima autoridad desprecia la religión que les imponemos y no cumple sus preceptos?
La pregunta quedó en el aire. A pesar de que intentaba aparentar serenidad, Sande sentía un nudo en el estómago. Siguiendo la norma " la mejor defensa es un buen ataque", el gobernador tomó las riendas de la discusión.
-         No tengo que darle explicaciones ni a usted, ni a nadie sobre mi forma de actuar. Yo soy el que manda y usted ya no. Eso nos lleva...- se fue calmando y su voz se tornó sibilina como una serpiente- a que usted sí tiene que darme explicaciones de por qué hasta el momento no me ha entregado el informe que le solicité de buenas maneras sobre las reparticiones que se han entregado. ¿Dónde está la lista de las encomiendas? ¿O teme usted, antiguo gobernador, algo?
Lavezaris estaba preparado para un contraataque como ése, mirando a la cara a Sande, se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta y sacó un pliego. Lo tiró con rabia sobre la mesa que había a sus espaldas y salió de la antesala sin despedirse. Sande lo tomó y marchó con parsimonia al despacho donde lo leyó atentamente. Comprobó que Lavezaris había tomado para si los territorios de Bitis y Lubao, los más rentables y cercanos a Manila, además de algunos pueblos en Cebú. Andrés de Cauchela era encomendero de Balayán, Río Aguan, los pueblos de Bulabuta, Matamblaca, Mabulau y Río Mabotán, las minas de Gumur y Río Bacoun, Longos, Río Isin y los pueblos de Minangona y mina. Andrés de Mirandola poseía la costa de Tule y Quedis. Salvador de Aldave encomendaba mil indios del valle de Sunguian en Ilocos. Dejó de leer, el resto lo haría más tarde, sabía lo suficiente.

viernes, 6 de enero de 2012

LEVANTANDO MANILA 4

Fernando Riquel seguía escribiendo las declaraciones sobre la carencia de plomo, nunca había tenido tanto trabajo. Dos días antes, el 5 de diciembre, lo había pasado ratificando las testificaciones de capitanes y los pocos carpinteros de Manila, sobre la imposibilidad de aprovechar la madera del navío San Lucas, varado en el puerto. El barco, con más de diecisiete años de navegación, era inservible, la madera carcomida se desmoronaba cuando la arrancaban. Sande decidió quemarlo y aprovechar los clavos para la estacada que estaban levantando. Una veintena de indios se afanaban esos días extrayendo, uno por uno, los clavos del San Lucas, alentados por las carcajadas y las cuentas chinas: uno, dos, tres...

Sande no quería esperar para poner en práctica sus aspiraciones y cumplir, a la vez, con los mandatos de Felipe II. Había que descubrir minas de donde sacar oro y concluir con la pacificación de las islas.

- Luis, pronto vas a tener la primera oportunidad de demostrar tu eficacia.- Sande y Luis de Sahajosa estaban bebiendo en el despacho de las Casas Reales. La ronda de declaraciones sobre el plomo acababa de terminar.
- ¿Qué estás pensando, Francisco? - Luis de Sahajosa miraba a través de la ventana a los testigos que se alejaban.
- Hay que buscar minas y empezar a dejar nuestra impronta en esta tierra. Ya hemos perdido demasiado tiempo. El otro día tuve una conversación con ese polluelo que se cree tan importante porque le han dado el cargo de maestre de campo, me dio una idea.
    - Estuve dos días esperando para hablar con él. ¡Ni que fuera el Rey! Ahora no puede ser, venga mañana... Excusas.- El capitán Juan de Salcedo conversaba en su casa con Andrés de Cauchela y Guido de Lavezaris.
    - Esecerdo se ofreció a ir a Cagayán a pacificar la zona, a terminar de conquistarla.- Sande ofreció una copa de licor de arroz a Sahajosa, que la tomó mientras se sentaba a escuchar lo que tenía que decirle su amigo.
    - Le conté los planes que teníamos antes del desafortunado incidente de Pangansinan y traté de convencerlo de la necesidad de concluir la pacificación de Cagayán. Me ofrecí a ir con cuarenta hombres. Pero no me escuchó.- Lavezaris hizo un gesto de comprensión con la cabeza.
    - Me expuso muy bien su plan: Ir con unos pocos hombres y entrar en contacto con las tribus de la zona. ¡Mariconadas! Platicar y platicar, llevan años platicando y así estamos. Mano dura, eso es lo que necesitan estos indígenas.- Sahajosa se reía a carcajadas ante el comentario de Sande.
    - Le expliqué cómo hemos trabajado hasta hora, tratando de evitar la fuerza y poniendo orden en los conflictos que surgen entre los naturales, como vi hacer a mi abuelo. No me escuchó, garabateaba con la pluma cifras y letras y tuve la sensación de estar hablando con una pared.- Andrés de Cauchela pegó un puñetazo en la mesa y masculló "desagradecido".
    - Hice como que no me enteraba de lo que decía, se puso furioso. Lo noté por la vena del cuello que se le iba hinchando.- Sande coreaba las risotadas de su amigo.
    - Tuvo la desfachatez de decirme que no era yo la persona más indicada para darle lecciones de cómo llevar a cabo una jornada militar.- Lavezaris y Cauchela cerraron los puños indignados.
    - He pensado que lo mejor es que vayas tú, Luis, a esa jornada. A Cagayán.- Sahajosa cesó sorprendido su festival de risas.
    - Nada, no está dispuesto a escuchar nuestros consejos. Tendremos que seguir sacando clavos y robándonos nuestro propio plomo.- Salcedo estaba abatido.
      - Sí, tú. Pero nada de cuarenta hombres, llevarás un buen ejército y demostrarás que con nosotros no se juega. Quiero que te lleves la nave que vino como almiranta, la San Juan, y cogerás parte de los soldados que vinieron de Acapulco que todavía no están mal influenciados por las actitudes de los de aquí. Busca ciento veinte soldados jóvenes con ganas de luchar y, en cuanto lo tengas todo preparado, te vas a Cagayán. Se van a enterar de cómo se maneja a los indios.

      jueves, 5 de enero de 2012

      LEVANTANDO MANILA 3

      "Juro por Dios, por Santa María y por la señal de la Cruz que antes de venir el gobernador doctor Sande había una gran falta de plomo en la ciudad y que sólo tenía un poco el capitán Juan Maldonado; pero ya no hay nada, salvo lo de los navíos". Andrés de Cauchela estaba declarando ante las autoridades de Manila la gran necesidad que había en las islas de un material tan imprescindible como el plomo. Sande había decidido quitar los cuarenta quintales que la nao capitana Santiago traía en sus costados para defenderse de posibles ataques y fundirlos en forma de munición. La defensa de Manila era, en aquellos momentos, imposible; los castilla se encontraban indefensos. Siguiendo el procedimiento habitual, los oficiales reales, capitanes y algunos importantes ciudadanos juraban su parecer sobre la propuesta del gobernador y el escribano, Fernando Riquel, registraba las palabras que enviaría al Consejo de Indias para justificar tan imprudente y necesaria acción.

      "Juro por Dios, por Santa María y por la señal de la Cruz que en la Casa de Munición de Su Majestad hace tiempo que se tiene necesidad de plomo, pólvora y otras muchas cosas pero era tanta la necesidad cuando llegó el doctor Sande que sólo había dos quintales en la casa que tengo a mi cargo". Prestaba juramento el capitán de artillería Juan Maldonado de Berrocal, encargado de la Casa de Munición de Manila. "Ya lo había avisado al anterior Gobernador, Guido de Lavezaris. Éste preguntó a los indios la forma de conseguir plomo pero no pudimos conseguir que nos ayudaran. Me parece forzoso quitar el plomo de los costados de la nao capitana".

      Durante toda la mañana del 7 de diciembre de 1.575, los testigos fueron declarando en una sala, habilitada en unos antiguos almacenes de las Casas Reales. Los trabajos de reconstrucción iban cambiando la fisonomía de la ciudad aunque más despacio y con peor fortuna de la que hubiera querido Sande. La fortificación estaba resultando humillante. Sin buenos carpinteros ni ingenieros, los troncos no conseguían enlazarse con precisión y se caían cuando el aire los agitaba ante el jolgorio de los soldados chinos, que habían tomado simbólicamente la población durante aquel invierno. La expedición china, que había sido recibida con los brazos abiertos, empezó a causar problemas. Los soldados pretendían que se les tratara como ellos acostumbraban con sus invitados; sin embargo, Manila no estaba para derrochar en convites. Acomodaron a los huéspedes lo mejor que pudieron en casas de soldados españoles y les ofrecieron lo poco que había. Los Padres Rada y Marín, así como Miguel de Luarca, Juan de Triana y Nicolás Cuenca se deshacían en atenciones con sus huéspedes intentando paliar la carestía que tenían que sufrir. Los españoles no podían ofrecer sedas, caballos o interminables ágapes a sus convidados.
      - Si no tenemos plomo ni aceite - decía Sande al Padre Rada, - ¿cómo vamos a darles regalos? Bastante hacemos que les alimentamos, son seiscientos y la Caja Real está vacía.
      - Lo sé, doctor Sande, pero quizás si usted los tratara con más delicadeza. Ellos respetan mucho las formas, según pude comprobar en mi viaje. A lo mejor una cena oficial...
      - Pamplinas, Padre Rada, pamplinas. Tengo demasiado trabajo para perder el tiempo con esos mentirosos. ¿Sabe lo que me han insinuado algunos de esos capitanes? Que escriba una carta diciendo que hemos matado a Li- Ma- Hong. Se comportan como niños, parece que tienen miedo de regresar con las manos vacías y por eso no se mueven de aquí. Además estorban, se burlan de nuestros esfuerzos.
      - Están nerviosos.- Los justificó el fraile agustino. - Pero tal vez con un poco de adulación... He pensado que aprovechando su viaje de vuelta... si usted me concede la licencia... podría regresar a China con Fray Agustín de Alburquerque e intentarlo de nuevo - comentó tímidamente el Padre Rada.
      - Bueno, bueno... Ya veremos de aquí a que se marchen cómo están las cosas - zanjó Sande, poniendo punto final a la conversación.

        miércoles, 4 de enero de 2012

        LEVANTANDO MANILA 2

        La flota fue recibida con alborozo, los habitantes de Manila abandonaron sus labores cotidianas para ir al puerto a dar la bienvenida a sus compañeros y a los soldados chinos. Sande mandó a su hermano a buscar al Padre Rada y a Miguel de Luarca para recibirlos inmediatamente. Una comitiva vocinglera los acompañó todo el trayecto hasta las Casas Reales. El gobernador los recibió en el despacho, pulcramente ordenado, lo que agradó a Rada e intimidó a Luarca. Le entregaron, tras las presentaciones, las cartas lacradas de contestación de los cargos chinos con los que se habían entrevistado y que iban encabezadas para Lavezaris.

        Conforme las iba descifrando el nuevo gobernador, observaban cómo su gesto se torcía. Sande estaba leyendo lo siguiente: "Os rogamos que habiendo tomado a Li- Ma- Hong lo enviéis acá y si no concertaos con nuestros capitanes Xiaugac, Oumoncon y Sinsay para que se prenda y si no pudierais, enviaréis a Xiaugac con un par de navíos pequeños para que sabiendo lo que allí pasa enviemos muchos navíos y mucha gente y lo tomen. Si lo enviáis, yo mismo iré a nuestro virrey a decirle cuan bien lo habéis hecho y el virrey escribirá al Rey mucho bien y alcanzará recados para que los Castilla traten y comuniquen con nosotros..."

        A pesar de las deficiencias en el lenguaje, las intenciones de los chinos eran bien claras, lo primero detener a Li-Ma-Hong. Si no había pirata no había conquista ni evangelización. Con la huida del pirata las esperanzas de entrar en China de una forma pacífica quedaron truncadas definitivamente. Sande montó en cólera cuando supo que los miembros de la embajada de paz habían declinado todas las ofertas de ayuda de China, pues en ese caso la derrota habría sido compartida y hubiera quedado algún resquicio para la colaboración futura. Pero tras la cabezonería y la presuntuosa superioridad demostrada, el mal ya estaba hecho.

        martes, 3 de enero de 2012

        LEVANTANDO MANILA 2

        Corrillos de soldados se formaban por toda la población, había mucho que contar: unos daban su versión de la huída, los otros se lamentaban de lo que les esperaba con el nuevo gobernador. A Sande sólo le quedaba una esperanza: "Esperemos que la embajada de paz que está en China sea un éxito". Por si acaso sus deseos no se cumplían y había represalias cuando los chinos se enteraran de la marcha del corsario, optó por levantar una verdadera empalizada siguiendo el primer diseño que Miguel López de Legazpi hiciera años atrás. Mandó a los indios y a los soldados a cortar madera, " la sacáis de donde podáis". Los matorrales de la selva no servían para esa labor, "si se pudre pronto, como repetís sin cesar, la repondremos". Otro grupo fue encargado de recoger tierra para sujetar los troncos y un tercero se encargó de recolectar arroz, "los almacenes reales no pueden estar desabastecidos". La ciudad se aceleró con un ritmo desconocido hasta esas fechas, todos tenían trabajos muy específicos que realizar y Sande no era hombre que perdonase a quien no cumpliera sus órdenes. Guido de Lavezaris fue el encargado de escribir varios informes sobre las tierras de Filipinas y, concretamente, hacer una lista con las encomiendas que se habían distribuido.
         
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        La embajada de paz en China ignoraba todo lo que había pasado en Luzón desde que se marcharon a mitad de junio. Seguían despreciando los ofrecimientos chinos para llevar refuerzo y controlar entre todos al pirata. Confiados aseguraban que todo estaba bien atado, que el capitán Salcedo era un experto hombre de guerra y las tropas españolas, feroces e implacables. Ante la negativa de los castilla a aceptar ayuda de barcos militares, el gobernador de Chincheo, que fue a despedirlos a Tonsuco, rebajó su oferta de doscientos navíos a sólo diez, en los cuales viajaban setecientos hombres, los encargados de devolver a Li- Ma- Hong, vivo o muerto, a su patria. El 3 de septiembre, bajo la luna llena, se realizaron en honor de los invitados sacrificios rituales y tras una copiosa cena amenizada por fuegos que se elevaban al cielo tiñéndolo de colores, el inzantón entregó catorce piezas de seda para Lavezaris, diez para el capitán Salcedo, cuatro para los frailes y dos a cada uno de los restantes embajadores. Los criados fueron obsequiados con numerosas mantas azules.

        La flota de diez navíos abandonó a vela el puerto de Tonsuco el 14 de septiembre de 1.575. En un mismo barco, bajo las órdenes del capitán Xiaugac, embarcaron los castellanos junto a Sinsay y Oumoncon. Al día siguiente recalaron en la Isla Toata; el viernes, en Laulo; el domingo salieron hacia Ochú y los fuertes vientos les hicieron refugiarse en la Isla de Plon. La tempestad arreció y, durante tres semanas, permanecieron amarrados a puerto. Fue en esta isla donde se enteraron, a través de los pescadores, que Li- Ma- Hong había roto el cerco y se encontraba en la Isla de Tacoatican, su refugio preferido, a tan sólo doce leguas de donde se hallaban fondeados. Sinsay tiraba de sus cabellos, Oumoncon se comía las uñas con ensañamiento hasta hacerse sangre. Los dos capitanes enloquecidos propusieron a Xiaugac ir a enfrentarse con el bandido pero éste, que era cauto y viejo, observando a la gente que lo acompañaba y la flota que dirigía sin armamento pesado ni municiones suficientes, hizo oídos sordos a tales pretensiones.

        Cuando los vientos amainaron, el 11 de octubre, izó las velas y se engolfó en el mar por el camino contrario al que se hallaba el enemigo. Seis días más tarde anclaron en Bolinao. Oumoncon envió a un intérprete de tagalo a Pangansinan para que comprobase la veracidad de la noticia . Cuando regresó con la confirmación, los soldados irrumpieron en llantos y lamentos. Xiaugac, prudente, mandó de regreso dos barcos para que avisaran a la Armada Real de China y pudieran sorprender al corsario. Sorteando tormentas se encaminó con los otros ocho navíos hasta Manila.

        lunes, 2 de enero de 2012

        LEVANTANDO MANILA 1

        Las cosas en Manila cambiaron rápidamente. El doctor Sande estableció un horario riguroso para las audiencias que nadie podía saltarse bajo ningún concepto. Los días posteriores a su llegada los ocupó en inspeccionar los almacenes vacíos, los libros y las cartas de Lavezaris. A cada requerimiento escuchaba la misma contestación: "no hay", "no puede ser". No había libros de contabilidad, "se quemaron en el asalto de Li- Ma- Hong". No había suficientes carpinteros, no había ni un ingeniero para fortificar la ciudad, no había madera para las casas, no había clavos, no había municiones, no había artillería. Por no haber, no había ni aceite, ni salitre, ni cera. No había nada.
        - Es inconcebible. Una ciudad sin carpinteros, es una ciudad muerta. ¿Quién construirá barcos y casas? Claro que llamar a esto ciudad, es soñar despiertos.
          Lavezaris estaba sentado en la silla opuesta al lugar que había ocupado durante los últimos tres años. Comprendía la desesperación de su sustituto.
          - Y las minas ¿qué? - preguntó Sande con dureza. -¿O también en eso han estado perdiendo el tiempo? Porque no me irá a decir que las minas también las ha quemado ese corsario.
          - No, doctor Sande. Tenemos algunos yacimientos controlados, sabemos que hay oro en Ilocos, pero la tierra es áspera y da pocos frutos. Además somos tan pocos que no conseguimos abarcar todo el territorio.

          Lavezaris pasó por alto la alusión a su incapacidad, era hombre justo y decidió dar un margen razonable al nuevo gobernador, no quería juzgarlo con precipitación. No pensaban lo mismo los oficiales reales. Andrés de Cauchela había tenido que sufrir los insultos del nuevo jefe al comprobar que no había nada en los almacenes reales y ninguna excusa, sobre el estado en que quedó Manila tras el encuentro con los piratas chinos, fue aceptada. Salvador de Aldave fue tachado de judío al comprobar Sande que no había quedado constancia escrita de las cuentas reales. "Me ha dicho a la cara que he robado a la hacienda real. Taimado como un judío me ha llamado. Si Lavezaris no me para con su brazo, me hubiera lanzado a su cuello para retorcérselo". Los dos compañeros estaban en casa del soldado Gómez, que también había sufrido las humillaciones del nuevo gobernador. "Borracho. Borracho, yo, que nunca he probado una copa de vino y vosotros sois testigos". El joven apretaba los puños con rabia.

          En medio de los comentarios agrios que el carácter de Sande suscitaba, aparecieron los hombres que volvían del cerco de Pangansinan. La derrota sumió a los castilla que estaban en Manila y todavía no se habían enterado de la taimada huida de Li – Ma- Hong en la desesperación. Los improperios de Sande no tardaron en escucharse.

          - ¡Muy buenos soldados! Están seis meses vigilando a un asqueroso chino y se les escapa ¿Qué excusa me pondrán ahora? Manila es una pocilga porque todos estaban contemplando cómo el corsario de las narices hacía sus barquitos dentro del fuerte. Cuatrocientos hombres mirando un pequeño cercado y nadie se da cuenta que están fabricando lanchas. Parece que ellos sí tienen buenos carpinteros...