lunes, 9 de abril de 2012

EL PRIMER MONASTERIO FRANCISCANO DE CHINA 4


Alfaro contemplaba el avance de las obras de la capilla y desgranaba sus quejas al padre Lucarelli. Su insatisfacción no lo dejaba descansar ni disfrutar de las buenas cosas que ofrecía la tierra que le había acogido.
- La misión de evangelizar aquí es imposible, hermano Lucarelli. Estos infieles no tendrán excusa pues españoles y portugueses les hemos hablado de la única verdad que existe. Nuestra casa es visitada cada día por más feligreses pero son todos portugueses. Cada vez que subo al púlpito mis ojos se desgastan buscando entre los asistentes una cara extraña, distinta.
    Alfaro miraba con detenimiento el estado de las obras de la ermita de Lucarelli, éste lo escuchaba con las mangas de su hábito por encima de los codos, empapado en sudor.
    - No se desespere. Apenas llevamos medio año en Macao y es mucho lo que hemos conseguido. Es cierto que la conversión de Filipinas resultaba una tarea mucho más sencilla pero ¿no fue eso precisamente lo que le movió a cruzar el mar y venir a China? Hace mucho tiempo que no tenía usted palabras tan desesperanzadas. ¿Qué le ha ocurrido? - preguntó Lucarelli, que conocía bien a su amigo mientras se sentaba en una piedra desde la que se veía el infinito azul del mar.

    - Me preocupan mis sentimientos. Esta vez no es desesperación; es más bien rabia. No consigo traspasar con mis palabras esa sonrisa permanente que esgrimen en su rostro; no muestran rechazo, ni cólera. Nada, no demuestran nada, nunca puedo adivinar sus pensamientos. Llevo dos semanas visitando a una familia muy pobre que vive en el centro de la ciudad, cerca del mercado. El abuelo agoniza, el padre murió recientemente en un naufragio, tienen siete hijas, la mujer no puede alimentar tantas bocas. Durante este tiempo les he llevado comida, les he hablado con las pocas palabras que puedo pronunciar en su lengua; les he explicado la historia de Jesucristo. Todos me escuchan con atención, los niños me preguntan cosas. En los últimos días me he llevado a Fray Jacinto, que sabe mucho más chino que yo para que me sirviera de traductor, sus caras reflejaban, eso creía yo, comprensión de mis relatos. Los niños lloraron cuando les conté el sufrimiento de la pasión de Nuestro Señor. -Alfaro levantó hacia la cara de Lucarelli su puño cerrado. - Y mire qué me han dado, observe hasta dónde llega su falsedad. Yo creía que habían entendido el significado del Evangelio.- Abrió la mano mostrando un pequeño ídolo de jade, un hombre gordo, casi desnudo. Con fuerza lo arrojó al mar. -¿Qué pretenden con esto?

    - No se incomode, Padre Alfaro, seguro que no ha habido mala intención. Nuestro limitado vocabulario nos impide comunicar todo el significado del mensaje divino. Todo es cuestión de tiempo, no se deje abatir por este incidente.
      Alfaro sí se preocupaba, las costumbres de ese extraño reino lo confundían. No obstante sabía de la verdad de las plabras de Lucarelli. La lengua era tan compleja que la comunicación estaba muy limitada así que los padres se aplicaron en el estudio del chino y decidieron poner en práctica los métodos que utilizaban los jesuitas: Jugar con niños, haciéndoles repetir en su lengua los nombres de los objetos que iban señalando; asistir a los oficios de otras congregaciones y repetir sin cesar las palabras de los frailes que hablaban chino; hicieron recitar en alto un catecismo a Fray Jacinto Deus, que debido a su contacto permanente con los leprosos podía mantener largas conversaciones con ellos y copiaron la pronunciación de todos los vocablos. Por la noche, alrededor de la mesa, los hermanos repetían hasta la saciedad los nuevos términos aprendidos.
      Absortos en su aprendizaje de la lengua china, los frailes no se daban cuenta de cómo eran espiados todos sus movimientos en la isla. Olvidaron que eran huéspedes de sus más reconocidos enemigos en la conquista de esa zona del mundo, de los portugueses. El único que veía todo con realismo y frialdad era Villarroel que estaba cada día más preocupado por la vigilancia constante que mantenían los oficiales portugueses.
      - Por favor, Padre Alfaro, debe olvidarse por un tiempo de escribir a Manila. Tengo dos soldados que me siguen a todas partes y cada vez es más complicado deshacerme de ellos para que no les quiten las cartas a los mercaderes que ejercen de correos. Los oficiales hablan mal de nosotros a los gobernantes chinos, creando un clima hostil a nuestra causa. Hay quien se atreve a decir que nuestro modo de vida no es cristiano, que despreciamos sus limosnas y en vez de hacer imágenes religiosas con las que honrar a Dios, se las damos a esos desagradecidos de los nativos que ya tienen suficiente dinero aunque no lo aparenten, pues todos son astutos mercaderes y cobran precios abusivos a los comerciantes portugueses.
        Alfaro quitaba importancia a las sensatas palabras del soldado.
        - No escribo ninguna ofensa en ellas. Al contrario, procuro la paz. Recomiendo al gobernador que firme la paz con los portugueses y le informo de los beneficios que se pueden conseguir con ella. La conversión del Reino es harto difícil y debemos, por Nuestro Señor Jesucristo, aunar los esfuerzos para lograrlo.

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