jueves, 5 de abril de 2012

EL PRIMER MONASTERIO FRANCISCANO EN CHINA 2

El camino hasta el terreno donde se iba a edificar el primer Monasterio Franciscano de China era agradable. Saliendo del obispado, a mano izquierda, se atravesaba una calle que los naturales utilizaban como mercado. Las verduras y frutas se amontonaban en el suelo sobre unas esteras, la estrecha callejuela parecía un auténtico vergel. El verde, rojo, amarillo, unido a los colores de las vestimentas de las vendedoras, todas mujeres de edad indefinida con los ojos semicerrados de tan cegados por el sol traían recuerdos a Alfaro de su infancia en Sevilla cuando iba a comprar por las mañanas con las criadas de su madre. Los pescados, de ojos neblinosos, lo observaban desde las cestas de bambú. Al terminar la callejuela giró a la derecha y volvió la cara al toparse con un puesto de pollos. Los cuerpos escuálidos y desplumados se apoyaban en una madera, colgando los cuellos y las cabezas. La vieja del tenderete sonrió mientras exhalaba humo de la pipa que tenía entre los dientes. Se metió por un callejón para evitar los puestos de carne y anduvo un rato en solitario viendo las llamativas persianas de madera pintada con que los comerciantes tapaban los porches que estaban delante de sus negocios para resguardarse del sol y la lluvia tropical. No entendía los extraños signos que los adornaban pero reconocía que animaban las fachadas sucias y enmohecidas. Escondido en una esquina vio un templo chino. Nunca había entrado en ninguno pues en Cantón estaban vigilados a todas horas; sentía una gran curiosidad desde que llegó a esa tierra y deseaba ver algún templo por dentro. Fray Martín de la Rada había descrito los que visitó. Durante su estancia en Xauquin, en el monasterio bonzo, no les permitieron moverse de la cabaña donde se alojaban. El Padre Lucarelli y el alférez Dueñas habían intentado una de las noches acercarse a la nave central donde asomaban algunas imágenes pero fueron descubiertos y acompañados gentilmente hasta donde se encontraban los demás descansando.
Contempló la pira roja, resquebrajada por los cambios de temperatura y teñida de negro en la boca y en la parte superior por donde se escapaba el humo. Avanzando unos pasos palpó el león de piedra verde que había delante, sus fauces abiertas permitían ver los colmillos, el cuerpo gordo y la cabeza estaban decorados con profusión de espirales que simulaban serpientes. Se santiguó antes de acceder al tenebroso santuario. Sus pupilas tardaron unos segundos en habituarse a la oscuridad; sólo entonces divisó a un anciano inclinado en un mostrador pintando caracteres chinos en finas láminas de madera bajo la tímida luz que penetraba por una abertura del techo. Olía a incienso. El humo se elevaba, acariciando la atmósfera, delante de una figura barbuda y tétrica. Las varillas sobresalían entre las ofrendas de los devotos, pequeños platos con arroz y vasos diminutos de bebida, El hombre no se perturbó por la entrada del extraño, estaba enfrascado en su trabajo de decorar las tablillas. La luz se colaba también por otro lateral abierto al exterior. Debajo, protegidas por un tejadillo, multitud de figuritas de soldados y hombres como si fuera un teatro de títeres perfectamente colocadas en el estante; más abajo, un tigre en relieve sacaba la cabeza de la pared, la luz ponía sombras en su cuerpo amarillo y negro. La quietud era total. Alfaro sintió la tentación de postrarse a orar. Una mujer entró arrastrando los pies, sus pasos producían un imperceptible ruido. Se acercó al hombre y le tendió una moneda, el anciano le entregó varias barritas de incienso. Sus diminutos pies se acercaron al dios barbudo, inclinó su cuerpo en dos reverencias, encendió el incienso y se arrodilló en silencio. El mundo se detuvo para Alfaro y nunca supo con certeza cuánto tiempo permaneció en aquel templo. Una sensación de paz y recogimiento se apoderó de él, como un trance.

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