viernes, 9 de marzo de 2012

MINDANAO 4


Aquilino contemplaba absorto un mapa que le había dejado Don Gonzalo de Ronquillo para que viese dónde estaba la que iba a ser su nueva residencia. El patio de columnas de mármol de la casa sevillana era un hervidero de criados que chocaban entre si empaquetando todo lo necesario para el definitivo traslado. Amancio se quejaba de que sus viejos huesos no le permitían acarrear peso como antaño. Mariano, diligente, lo obligaba a descansar y le regañaba cuando el anciano arrastraba alguno de los cargados arcones de madera y cobre.
- ¡Aquilino! - gritó Mariano. - ¿Donde estás? Hay mucho que hacer y tú, como siempre, desapareces cuando más te necesitamos.
    Aquilino tenía su dedo índice en las Islas de Los Ladrones, el nombre le recordaba las fantásticas historias que Lucio le contaba sobre los corsarios ingleses que surcaban el Mar Caribe. Las imágenes de los rudos piratas, bebiendo ron acompañados de mujeres semidesnudas que se colocaban en desorden las joyas de los valiosos botines se formaban ante los ojos del niño y creía escuchar la sonora voz de Lucio diciéndole "cuando sea libre y me vaya de esta casa, correré hasta el mar para enrolarme con los piratas. Nunca más seré pobre, ni tendré que trabajar para un blanco. Blanco que se cruce en mi camino, blanco que estas manos agarrarán su cuello y lo retorcerán hasta que muera. Tendré libreas de colores, ¿qué digo de colores? de oro y plata y todos me temerán. Seré Tonga, el capitán Tonga. Cuando los soldados vean mi barco saldrán huyendo de miedo pero yo siempre los alcanzaré y les quitaré las armas y poseeré a sus blancas y delicadas mujeres. Ellas me amarán porque seré rico y me temerán". Aquilino siempre preguntaba: ¿Me llevarás contigo? Y el gigante, golpeándole en la cabeza, le respondía "Nunca. Tú eres un esclavo tonto y estúpido, como Amancio".
    El quinto o sexto grito de Mariano lo sacó de su ensueño, sintiendo nostalgia de las historias de Lucio aunque aliviado de que se hubiera marchado. Dobló con delicadeza el mapa y salió a la carrera. "Ya voy", "Ya voy".

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    Todas las autoridades de Manila estaban frente al doctor Sande, a su derecha el maestre de campo, a su izquierda el escribano. De pie Fray Pedro de Alfaro y Fray Agustín de Alburquerque, en calidad de Prelados de las Órdenes establecidas en Filipinas. Se iba a proceder a un delicado juicio para dilucidar en cuál de las dos Órdenes debía recaer la jurisdicción eclesiástica, que se ejercía en virtud de la Bula de Adriano VI mientras no hubiera un Obispo que centralizase todo el poder y dirigiese el trabajo de los religiosos.
    Los hermanos de San Agustín habían acordado en Junta Definitorial declinar en la Orden Franciscana toda la jurisdicción. El decreto que salió de esa junta decía que "habiendo tenido hasta entonces la religión de San Agustín el cargo y cuidado del ministerio de lo espiritual tanto por los privilegios de su Orden como por no haber en las islas quien lo pudiera ejercer, habiendo llegado a ellas los religiosos franciscanos quienes siendo en número podían acudir a las necesidades de los españoles, renunciaba el Padre Provincial de San Agustín, Fray Agustín de Alburquerque, toda la autoridad que para dicho ministerio tenía en el Padre Custodio y Padres Provinciales de San Francisco para que libremente usaran de ella, como la habían usado los provinciales de San Agustín". Firmaban el decreto además del Prelado, los Definidores Fray Jerónimo Marín, Fray Diego Múgica y Fray Alonso Castro.
    Ante la sorpresa de todos, el Padre Alfaro rechazó hacerse cargo de la jurisdicción. La controversia se había agudizado y el resultado fue el juicio que en esos momentos presidía el doctor Sande. Entre bostezos sin disimulo, oyó las voces de Alfaro y Alburquerque leyendo las bulas de sus Órdenes. Despertó con el griterío que provocaron las última palabras de Alfaro. Sande, que no prestaba atención, hizo que las repitiera.
    - Decía, señor gobernador, que estoy de acuerdo en que la potestad omnímoda y la subordinación de todos los eclesiásticos debe recaer en el Prelado de la Orden de San Francisco pero que, por cuestiones personales, declino esa jurisdicción.

    - Pero ¿por qué? - masculló Sande con la boca tapada por su mano.
      La respuesta evasiva de Alfaro disgustó al gobernador que tenía la sensación de haber perdido su valioso tiempo con rencillas inexplicables entre los "fastidiosos curas", como él los llamaba. Deseoso de acabar cuanto antes dictó sentencia.
      - Asuntos de gobierno ocupan mi tiempo, un tiempo que ustedes me han hurtado con un problema que no debería haberse presentado. Las dos partes del. conflicto coinciden en lo esencial: la jurisdicción debe recaer en la Orden de San Francisco. Usted, Padre Alfaro, no tiene derecho a que consideraciones particulares, que no ha querido desvelar aunque creo adivinar, interfieran en ese deber que le compete. Así que se encargará a partir de ahora de todo lo relativo a la organización de los eclesiásticos y no quiero una excusa más.
        El juicio quedó clausurado. El Padre Alfaro, cabizbajo, se alejó en solitario; no había querido desvelar sus secretas aspiraciones pero Sande había acertado cuando dijo que creía saber cuáles eran. Arrepentido de los disgustos que había causado, decidió aplicarse a la tarea que le habían encomendado y realizar el trabajo con diligencia y ecuanimidad.
        Mientras Sande y Sahajosa subieron las escaleras hacia las habitaciones privadas de gobernador. Una criada india encendía en silencio los candelabros de la salita, las velas produjeron móviles sombras en el suelo de madera barnizado. La atmósfera se hizo más confortable al levantar las persianas de bambú que cubrían las ventanas impidiendo que se colase el asfixiante sol de la tarde. La brisa del río alborotaba tímidamente las llamas que alumbraban a los dos hombres que contemplaban admirados un magnífico biombo chino recién adquirido.
        - Esto ya va pareciendo la casa de un gobernador- dijo Sande con vanidad.

        - Es una obra de arte - continuó Sahajosa tocando con levedad las filigranas de marfil que adornaban el biombo.

        - Voy a enviar al capitán Gabriel de Rivera a Mindanao.
          Sande cogió dos copas de jade de una preciosa mesita auxiliar.
          - ¿Tan pronto? - El sonido del ron al chocar con la piedra hizo que Sahajosa girara.

          - Sí. Menos mal que ahora no tenemos problemas con el ron. Fue una idea brillante quedarnos con todo el cargamento de Nueva España... Como te decía, quiero enviarlo y de paso que vaya a Joló a comprobar si el Rey no ha sentido deseos de traicionarnos. Además le voy a encargar que haga el censo de Mindanao. Lo del censo fue una de las primeras órdenes de Su Majestad y hasta el momento no he realizado ninguno. Si las quejas de esos maricones han llegado, podemos tener problemas; hay que ir pensando en congraciarnos con el monarca, que no tenga queja de nuestra labor. Hasta el momento no he recibido ninguna contestación a las cartas de los religiosos, pero mucho me temo que lleguen pronto.

          - Francisco, sólo te preocupas de los religiosos y los soldados están que muerden, eso por no hablar de los capitanes y los oficiales. Sobre todo después del asesinato de Mirandola. ¿Cuándo vas a sustituirlo?

          - Pronto, pronto. No me atosigues.

          - Oye, Francisco, ¿a qué te referías en el juicio cuando has dicho que sabías las verdaderas razones de Alfaro para no querer el cargo?

          - Eso... No estoy muy seguro pero creo que Alfaro quiere ir a China. Ha estado leyendo los manuscritos del Padre Rada sobre el viaje a Ucheo y me ha interrogado, de manera sutil, sobre las relaciones con los chinos. No pregunta abiertamente pero como hace tiempo le comenté mis planes de conquista de China, él cuando puede intenta llevar la conversación hacia ese punto. Le he dejado claro que ahora es imposible, que todo depende de la respuesta de Su Majestad.

          - ¿Has escrito al Rey apuntando la posibilidad de entrar por la fuerza en China? Pero si no tenemos hombres para pacificar estas islas. China es todo un imperio, armado hasta los dientes.

          - Siempre tan pesimista, Luis. Esta tierra te ha cambiado el humor. Hace tiempo que escribí al monarca acerca de China. Sé que no será fácil. No obstante, tranquilízate, no actuaré hasta leer la respuesta de Su Majestad, para esa conquista necesitamos muchos soldados.
            El doctor Sande presentía que las cartas de Felipe II, que contenían esa y otras respuestas, estaban muy cerca de su destino. En realidad esperaban, en una saca con sello real, a ser embarcadas en el Puerto de Acapulco en el navío que partiría a principios de año.

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