sábado, 3 de marzo de 2012

JOLÓ 3

Aquilino no había sido víctima de un mal espejismo. Lucio llevaba dos días en Sevilla espiando al muchacho y esperando encontrar un momento en que estuviera a solas para abordarlo. Los nuevos criados que Don Gonzalo había comprado estaban aprendiendo sus tareas y acompañaban a los antiguos cuando realizaban los encargos que Don Gonzalo y Don Diego hacían. Aquilino siempre iba con alguno para explicarle cuál comida era la favorita del amo o qué clase de vino le gustaba. El pequeño aceptaba con orgullo la compañía. Él, un niño de once años, enseñando a verdaderos hombres. Amancio y Mariano sonreían al ver la gravedad del rostro del mozalbete cada vez que abría la puerta de la casa llevando al lado a uno de los nuevos.

Dos semanas antes de que Aquilino descubriera al gigante protagonista de sus pesadillas, dos hombres, mezquinos y malcarados, irrumpieron en una sórdida habitación del prostíbulo más ruin de Sanlúcar de Barrameda. En un colchón tirado en el suelo vieron un revoltijo de carne blanca y negra que emitía agudos jadeos de placer. Olía a ron y sudor, las cucarachas pululaban por la madera erosionada por miles de pisadas. La patada en la puerta no molestó a los amantes que siguieron en sus quehaceres. Los hombres gritaron el nombre de Lucio, antiguo esclavo de Don Gonzalo de Ronquillo, perseguido por la justicia. El negrazo se desembarazó del cuerpo escuálido y enfermo de la joven que tenía entre los brazos para coger el puñal que había escondido bajo el apestoso colchón. Se levantó de un salto, desnudo, y pudo ver dos armas de fuego apuntándole al pecho.
-         No hagas un solo movimiento, negro de mierda. Tira el puñal.
La joven comenzó a gritar. El más bajo de los dos hombres le dio un golpe en la cabeza que le hizo perder el sentido.
-         Vístete y ven con nosotros. No intentes escapar o de un tiro hago que tus negros sesos se estampen contra la pared.
Lucio comprendió que era mejor obedecer, pensó que eran cazadores de furtivos que luego entregaban sus presas a la Justicia a cambio de dinero o favores. En el camino tendría tiempo de huir. Bajaron las escaleras hasta la taberna y apuntado por las armas lo metieron en un carro que esperaba en la puerta. Tres hombres salieron de la oscuridad para atarlo, pegó una patada a uno, le alcanzó en el estómago haciéndole caer gritando de dolor. “Estúpido” oyó que decían mientras una cuerda le ahogaba al cerrarse en torno a su cuello. Así lo obligaron a tenderse. Sus manos se colaron entre la soga y la garganta rebajando la presión y permitiéndole respirar. Los hombres lo golpearon en el pecho y la cabeza, cuando las piernas dejaron de moverse, lo ataron del todo.

-         Ya despierta este bastardo- dijo Velasco.
Estaban en un establo alejado del centro de la ciudad. Lucio seguía amarrado, su cara estaba bañada de sangre. Gimió y recibió una patada en los genitales que le devolvió al reino de los sueños.
-         Eres un idiota- gritó Andrés Veneciano. - Si lo matas, no nos servirá para nada.
Cuando el sol clareaba el sombrío establo, Lucio recuperó la consciencia sediento y pidió agua. Andrés Veneciano le acercó un jarro y ayudó a incorporarse al negro.
-         Si te estás quieto, no te volveremos a golpear. No te vamos a entregar a la Justicia si es eso lo que temes, a menos que no quieras ayudarnos. Si nos hemos conocido de esta desafortunada manera es porque sabemos lo difícil que es encontrarte y acercarse a ti. Llevamos varias semanas buscándote para ofrecerte un negocio pero tus compañeros de la sierra no dan informes de nadie, hemos tenido que esperar pacientemente a que bajaras de las montañas para hablar contigo. No creo que estés al tanto de los negocios de tu antiguo amo, pero está embarcado en algo que nos puede proporcionar, a nosotros y a ti, mucho dinero.
Lucio negó con la cabeza y pidió más agua. La palabra final dinero le había despertado.
-         Escucha con atención. Te va a interesar. Tu amo se propone llevar una gran expedición a Filipinas, para ello ha contratado a personas de todas partes y las está reuniendo aquí, en Sanlúcar, y en Sevilla. Te lo voy a explicar despacio. Esas personas llevan una licencia firmada y sellada. Si nos hacemos con una de ellas que contenga todos los sellos y firmas, podremos copiarla y esos papeles se pagarán mejor que el oro. Hay muchas personas interesadas en salir una temporada de España. ¿Comprendes?
Lucio asintió sentado en el suelo.
-         Entiendo que muchos ladrones vendan a su madre por salir de aquí- dijo jadeando por el dolor de las costillas. - Pero no comprendo para qué me necesitáis.
-         Tenemos una licencia con los nombres y sellos de Madrid; ahora queremos otra con los sellos de Sevilla. Tu amo ha solicitado que dejen pasar con él a doce esclavos. Si robamos a algún pardillo su licencia, denunciará el robo y pueden hacer una investigación; en cambio tú puedes vengarte robando la licencia de tus compañeros, nadie creerá a un esclavo. Pensarán como siempre que es un estúpido. Nadie puede utilizar la licencia de un esclavo de Ronquillo, los criados viajan con su señor que los conoce bien.
-         Y ¿qué gano yo con prestaros mi ayuda?
-         Dinero y seguir en libertad- concluyó Andrés Veneciano.
-         Rápido, escondeos, se acercan dos soldados- gritó Velasco desde la puerta del establo. - No, parad, han dado media vuelta.
Lucio pensó la oferta y vio la imagen de Aquilino. Sería sencillo que el muchachito le diese los papeles, recordaba la mirada aterrorizada que el niño le dirigía en los últimos meses que vivieron juntos.
-         Sí, no será complicado. Lo único que necesito es un lugar seguro donde esconderme en Sevilla.
-         No habrá peligro, iremos contigo y nadie descubrirá que te ocultas en nuestra habitación.
Ésa era la razón por la que el perseguido acechaba a Aquilino.

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