jueves, 1 de marzo de 2012

JOLÓ 1

El capitán Esteban Rodríguez de Figueroa alcanzó en pocas jornadas la Isla de Joló a medio camino entre Borneo y Mindanao La pequeña isla verde se perfilaba en el horizonte como una piedra preciosa elevándose sobre el calmado mar. El capitán Bernardino de Sande había realizado el trayecto que separaba la galera que él dirigía  del navío al mando de Rodríguez de Figueroa en una canoa impulsada por varios indios. El objeto de la entrevista era preparar el asalto que comenzaría al amanecer. El capitán Rodríguez quería además dar cuenta a Bernardino de las instrucciones que el gobernador le había dado sobre la Jornada y que, dada la premura del viaje, no había tenido ocasión de desvelar a su acompañante.
“Debemos procurar concertar con los jefes de las tribus de Joló el tributo a entregar que será en perlas. Tenemos que asegurar que cojan muchas para vendernos, además del tributo, otras a cambio de ropa y diferentes objetos chinos que todos los años les traeremos. Tenemos que averiguar dónde están la artillería y las andas de una nave que se perdió en estas tierras hace tres años, antes de venir tú. Liberaremos a los esclavos que tengan prisioneros, sobre todo a los cristianos. Hay que capturar los navíos que dedican a la piratería pues los habitantes de Joló son famosos corsarios y el gobernador pide que erradiquemos esa costumbre. Sólo dejaremos los barcos necesarios para la pesca. La idea es conseguir que se asienten y se dediquen al cultivo de la tierra, produzcan especias y nos las vendan. Además contaremos el número de habitantes de la isla, mediremos la distancia que hay entre Borneo y Manila por esta ruta, comprobaremos y estudiaremos la calidad de la tierra. Para finalizar escribiremos un informe detallado con todos esos datos.
Cuando Joló esté pacificada, iremos a Mindanao. Las instrucciones son muy precisas para esta gran isla. Intentaremos atraer a los Principales Señores de Mindanao a la obediencia de Su Majestad, el Rey de España, sin exigirles más tributo que el que voluntariamente ofrezcan. Tendremos que darles a entender el buen servicio que les dispensa Su Majestad y ofrecerles protección y buen gobierno. Mindanao es lugar donde prolifera la secta de Mahoma, prohibiremos esa religión falsa y mala asegurando que admitan a los predicadores del Evangelio. Tenemos órdenes de quemar las mezquitas y las casas de predicación. Igual que en Joló, tomaremos sus embarcaciones para evitar más piraterías y anotaremos lo que haya en esa tierra, en particular sobre el cultivo de canela: la forma en que se hace y las mejorías que pueden introducirse en sus métodos.
En el caso de que no acepten, unos u otros, la paz y nos reciban en son de guerra, los castigaremos como sea necesario. Sin embargo, el doctor Sande nos obliga a contenernos y bajo ningún concepto podemos quemar sus casas ni despojar los poblados. El tributo que consigamos de esta Jornada se repartirá como es costumbre en Filipinas: la mitad para Su Majestad y la otra mitad se distribuirá entre los soldados”. Así quedaron reflejadas, en cartas que se enviaron a España, las indicaciones de Francisco de Sande. Su hermano pequeño, el joven capitán Bernardino de Sande escuchaba maravillado. No había entendido casi nada de lo que decía su admirado Esteban Rodríguez de Figueroa tan absorto estaba en la importancia de su propia situación.
-         ¿Has entendido todo?
-         Sí, bueno, no; todo no. ¿Por qué a unos les exigimos tributo y a otros no? - preguntó sonriente.
-         Porque Joló es una isla pequeña y la podemos controlar; en cambio Mindanao es casi tan grande como Luzón -contestó disgustado el capitán. - ¿No has preguntado a tus hombres sobre las tierras a las que nos dirigimos?
-         Sí, pero me gastan bromas y nunca me dan una respuesta clara -dijo el muchacho bajando los ojos con las orejas encendidas de rubor.
-         Bueno, demuéstrales que luchas como se espera de un capitán y te respetarán.

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