martes, 27 de marzo de 2012

EL VIAJE DE ALFARO A CANTÓN 6

El conbun volvió a llamarlos a la mañana siguiente y pidió que entregaran lo que llevaban encima. Tocó las cruces y los rosarios y los mandó al tesorero al que había dado órdenes para que los despachara. El tesorero se sintió intrigado por la figura de la cruz y preguntó qué era. Los semblantes se iluminaran, Alfaro con la voz entrecortada por la emoción explicó que era Jesucristo, el Hijo de Dios, que había venido al mundo y muerto para salvar a los hombres, que su palabra era única y verdadera y ellos los apóstoles encargados de transmitirla. Simón rehizo la contestación y dijo que era un soldado castellano al que los japoneses habían martirizado por negarse a dar información de las tropas. El tesorero hizo un gesto con la cabeza de comprensión, los japoneses eran antiguos enemigos de los chinos.
Dos días después llegó la contestación del conbun que les permitía utilizar una casa en Cantón hasta que se marcharan con los portugueses, adjuntaba algo de dinero para el viaje. La alegría de Alfaro y sus compañeros era inmensa.
- Repítelo de nuevo, Simón. Nos han dado una casa para que podamos empezar nuestra labor, para que nos quedemos a vivir aquí.- El Padre Lucarelli abrazaba sin pudor al intérprete. - Tenía razón, Padre Alfaro, conseguiremos que estos hombres abracen nuestra fe. ¿Se fijó en la cara del tesorero cuando escuchó quién era Jesucristo? Dentro de poco, en vez de esos templos lacados en rojo, habrá luminosas iglesias con imágenes de la Virgen. Escribiremos a Su Majestad para que mande hermanos de todas las Órdenes. . .
Imaginando las posibilidades que se les abrían hicieron el viaje de regreso a Cantón. El único que no disfrutó con los arrozales y los extensos campos fue Fray Sebastián de Baeza, la fiebre lo consumía y en cuanto llegó a la fragata se tumbó en el catre sin fuerzas. Sus compañeros fueron inmediatamente a ver la casa que iba a ser su hogar. La alegría se trastocó en estupor cuando estuvieron delante de la ruinosa edificación que habían dispuesto para ellos. Las ratas corrían entre los escombros de algunas paredes derrumbadas, la madera de puertas y ventanas estaba carcomida. No se explicaban cómo el virrey, que se había mostrado tan amable, les cedía una choza.
- Una choza no, una cuadra. Las vacas que tenía mi padre vivían mejor - dijo el soldado Villarroel.
    Los Padres Alfaro y Lucarelli interrogaron a Simón.
    - ¿No habrá entendido mal y es otra casa?
      Simón se encogía de hombros vigilado de cerca por Juanico. El mudo había visitado Cantón mientras los castellanos viajaban a Xauquin. Los comentarios que escucharon sobre Simón, su mala fama, los motivos por los que tuvo que escapar de Macao lo alarmaron y dedicó dos mañanas a investigar sobre el verdadero estado de los asuntos de los franciscanos. Supo que les iban a dar licencia para unos pocos meses, comprendió el engaño. Juanico sabía que había llegado el momento de hablar aunque temía las reacciones de los españoles cuando supieran lo que había pasado.
      En el camino de vuelta a la fragata, se acercó a Alfaro y pidió que lo escuchara en confesión. Alfaro contento de ver que el converso hablaba se rezagó y sentados en un tronco dieron paso al sacramento.
      - Me acuso, Padre, de haber sido débil. De haber callado por temor y ser cómplice de un engaño.
        Acallada su conciencia le expuso al asombrado franciscano la verdadera calaña de Simón y sus negocios. Esa misma noche, en el camarote, se desarrolló la siguiente escena:
        - Ya os he contado lo que me ha dicho Juanico. Como vistéis, esta tarde he mantenido una larga conversación con Simón. Al principio lo negó todo, después no le ha quedado otro remedio y ha confesado. Se ha exculpado asegurando que si hubiera expuesto a los oficiales del Emperador nuestras pretensiones, nos habrían cortado la cabeza. La única posibilidad que tenemos de momento para quedarnos en China es aceptar la invitación de nuestros hermanos de Macao.

        - Antes me dejo cortar en trocitos que ir con los portugueses –gritó el capitán Díaz Pardo.

        - Yo pienso igual. Ya hemos desafiado demasiado a Su Majestad el Rey de España al venir a esta Jornada sin licencia, huyendo como ladrones, para ir a estrechar la mano de nuestros enemigos y aparecer ante ellos como perros sin rabo - apuntó el alférez Francisco Dueñas.

        - Comprendo bien vuestras razones. No os puedo obligar a proseguir, además considero conveniente que algunos vuelvan a Manila para dar cuenta de todos nuestros infortunios y explicar lo falsos que son los chinos.

        - Yo, lo siento, Padre Alfaro, pero en mis condiciones, sin poder andar, continuar hasta Macao sólo podría causarles inconvenientes. Desearía volver a Filipinas - dijo Fray Sebastián de Baeza como en un suspiro, extenuado por el esfuerzo de hablar. Sus pulmones emitían preocupantes sonidos.

        - Por supuesto que podrá regresar, Fray Sebastián, ya le he pedido demasiado. Yo, sin embargo, pueden tacharme de loco, pero no voy a retroceder. Aceptaré el auxilio que nos ofrecen nuestros vecinos. El obispo y el clérigo Andrés Couthino me han contado en sus cartas la necesidad de religiosos que tienen e iré a ayudarles.

        - Yo iré con usted- dijo Lucarelli. - Quiero fundar la Orden de San Francisco en esta tierra y nada me detendrá cuando estamos tan cerca del final. Además deseo aprender su extraña lengua para que nunca vuelva a pasar lo que hoy hemos sabido.
          El soldado Villarroel, temeroso de volver a Filipinas después de haber abandonado su puesto y regresar sin gloria ni fortuna, decidió que continuaría con los frailes hasta que viera una salida más honorífica a su escapada ( *). Fray Agustín de Tordesillas, el único que no se había pronunciado, concluyó que haría lo que se le ordenase.

          El Padre Alfaro escribió al obispo de Macao y a Andrés Couthino pidiendo limosna para los dos viajes. Alfaro entregó al capitán el segundo, y último, cáliz para que lo vendiese. La fragata estaba en muy malas condiciones, no soportaría el largo viaje, los que se dirigían a Manila tendrían que ir por tierra hasta Chicheo y allí negociar con los mercaderes que hacían la ruta de Luzón. Los castellanos ya no se fiaban de nadie.
          Los preparativos para la visita del Virrey a Cantón entorpecieron las gestiones de los españoles. Fray Sebastián de Baeza no pudo resistir más y tras una lenta agonía que duró cuatro días murió. Fray Agustín de Tordesillas quedó encargado de llevar su cuerpo y darle cristiana sepultura en Manila. El virrey, enterado de la precipitada marcha de los extranjeros y de sus planes, les entregó, en un rasgo de buena voluntad, monedas de plata para cinco días a los que iban a Macao y las suficientes, para cuarenta días, a los que regresaban a Filipinas.
          * NOTA DE LA AUTORA- Según los escritos de la época y los distintos historiadores no queda muy claro si Pedro de Villarroel vuelve a Manila con sus compañeros o prosigue hasta Macao. Si tomamos, como referencia, la carta que Alfaro envía al guardián del Convento de Manila, Fray Juan de Ayora, el 13 de noviembre de 1.579, en la que ruega tome bajo su protección al capitán Díaz Pardo y al alférez Dueñas, cabe suponer que Villarroel sigue con ellos en Macao.

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