sábado, 24 de marzo de 2012

EL VIAJE DE ALFARO A CANTÓN 4

Tres horas después los condujeron ante el mandarín de Cantón. Cansados y sucios explicaron a aquel hombre de largos bigotes que eran personas de bien. “Somos de Castilla, establecidos en la cercana Isla de Luzón. Venimos a solicitar su permiso para predicar en su Reino la Palabra de Dios; la única y verdadera. Nuestra misión es de paz y amistad”. Simón temía que si traducía lo que los frailes habían dicho les cortarían a todos, incluido a él, la cabeza, así que dijo al mandarín que eran monjes, como los de China, que yendo de Luzón a otra tierra habían sido envueltos por una tormenta y la nao había zozobrado muriendo toda la tripulación excepto ellos y cuatro indios que estaban en el río. Preguntó el mandarín si traían armas, oro y plata. Simón, siguiendo las palabras de Alfara, lo negó. El representante del Emperador creyó la versión de Simón al observar los hábitos pardos de los monjes que contrastaban con las sedas de su vestido y se compadeció de los náufragos. Dijo que comprobaría, no obstante, la veracidad del relato registrando la nave. Los soldados no hallaron nada sospechoso en el registro y el mandarín les prohibió abandonar la fragata hasta que no recibieran noticias suyas.
Simón los visitaba cada mañana y agradecía con humildad las muestras de simpatía de los españoles. Juanico seguía mudo. Aunque tenía muchos remordimientos por el aprieto en que había metido a sus amigos, se sentía aliviado de que fuera otro quien tratara con las autoridades. Le asombró la traducción que Simón había hecho pero él también sabía que decir la verdad sólo podría costarles la vida. El pérfido intérprete era hombre meticuloso, pasados dos días, notando que los frailes confiaban en él, pidió dinero para pagar a algunos funcionarios que, dijo, estaban trabajando para conseguir la licencia que les permitiera quedarse en China por tiempo indefinido. Alfaro le explicó que no tenían dinero. Simón replicó que los funcionarios eran gente de mala fe y, sin oro, nunca pondrían los sellos en la ansiada cédula. Su gesto desesperanzado convenció a Alfaro que acabó entregándole uno de los dos cálices que tenían. Simón, muy astuto, protestó alegando que eso era demasiado importante y además no estaba seguro de poder empeñarlo. Alfaro insistió y el intérprete lo cogió prometiendo que haría lo que pudiera. El chino no se molestó en empeñarlo, lo fundió rápidamente y guardó en su habitación el dinero obtenido. Estaba eufórico por lo sencillo que resultaba engañar a los castellanos, hasta Juanico lo miraba con adoración. No contento con el cáliz, a los pocos días volvió a solicitar más dinero. El Padre Alfaro se negó.
-         No puedo, ya te he entregado un cáliz.
Alfaro estaba desolado, los oficiales del Emperador habían ido tres veces más a registrar la fragata. Todos los días, acompañado de Simón, visitaba a algún funcionario, algún juez para pedir que agilizaran los trámites de la licencia. Simón lo mantenía engañado: el franciscano sabía que los extranjeros no podían vivir en el Reino de China pero el chino le hacía creer que con un poco de tiempo y dinero, el virrey aceptaría que ellos se quedaran en Cantón.
-         Lo único que se me ocurre es escribir a nuestros hermanos de Macao solicitando limosna. He recibido dos misivas invitándonos a ir a la ciudad, las trajo hace unos días un mercader.
Alfaro escribió dos cartas: una para el obispo de Macao y otra para el clérigo Andrés Couthino solicitando limosna para rescatar el cáliz y pagar al intérprete. Los portugueses estaban enterados de la llegada de los franciscanos, el comercio entre las dos poblaciones era continuo y dos días después del encarcelamiento la noticia había llegado al territorio portugués. Un cisma se produjo en la población entre los que se alegraban de la llegada de religiosos aunque fueran españoles y los que no se fiaban y lanzaban amenazas acusándolos de espías. El obispo y el clérigo Andrés Couthino estaban entre los primeros, sólo vieron más manos para continuar la labor misionera. En Macao se amontonaban los árboles talados en espera de brazos que levantaran iglesias. Sus continuos ruegos a Lisboa para que enviaran nuevos misioneros se veían entorpecidos por uno de los objetivos de la Compañía de Jesús, el principal en aquella época, la conquista de Japón. Ambos se alegraron con la proximidad de los castellanos y enviaron sin tardanza sendas cartas de presentación poniéndose a las órdenes de Alfaro para lo que necesitara e invitándolos a que se establecieran en Macao.
Simón buscó un mensajero y en cinco días estaba de vuelta con el dinero solicitado y una sorpresa, una carta de un español afincado en la ciudad portuguesa, llamado Pedro Quintero, que les suplicaba que aceptaran la invitación del obispo y marcharan cuanto antes para Macao. Los ojos le brillaban a Simón cuando Alfaro puso en sus manos el dinero. Su codicia, sin embargo, era insaciable.
El mandarín los llamó una tarde para comunicarles que el virrey había ordenado que los tratara bien y les proveyera de lo necesario para proseguir su viaje pues era imposible que permanecieran en China. Simón vio peligrar su sustento y tradujo lo que le interesó, silenció la parte que trataba de la marcha forzada del reino, y suplicó al mandarín que prorrogara su clemencia unos meses mientras los extranjeros arreglaban el barco y esperaban mejores vientos y así, de paso, para no regresar solos se unirían a la nave portuguesa que todos los años tocaba las aguas de Cantón. El mandatario sangley comprendió la angustia de los náufragos y prometió escribir al virrey para que les concediera una casa donde pasar los cuatro meses que faltaban hasta que arribara la nao portuguesa.

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