jueves, 22 de marzo de 2012

EL VIAJE DE ALFARO A CANTÓN 2

La primera tentativa para salir de la barra de Vigan fue infructuosa, las olas barrían y zarandeaban a La Justicia que oscilaba como un barquito de papel. Fray Esteban Ortiz rezaba temblando en el camarote mientras los demás procuraban serenarlo. Ese mismo día lo intentaron dos veces más con idénticos resultados. Los marineros suplicaron al Padre Alfaro que abandonase su idea hasta que hubiera una mejoría, pero el Prelado no escuchó sus lamentos. El día 13 de junio amaneció más negro que el anterior, los vientos levantaban olas que ascendían el barco para dejarlo caer pesadamente envuelto en agua. La tripulación no podía gobernar la nave. Todos, excepto Fray Esteban, ayudaron a los marineros. En una de las embestidas estuvieron a punto de naufragar; asustados regresaron a la orilla y Fray Esteban, histérico, se negó a proseguir. Su deserción causó un gran desconsuelo al ser el único de los hermanos que conocía la lengua china. Mucho tuvieron que arrepentirse de su deserción poco después.
El 14 de junio, Día de la Santísima Trinidad, los vientos se calmaron y el mar ofrecía una tranquilidad propicia para iniciar la marcha. Sin problemas esta vez atravesaron la barra y en un islote cercano, Alfaro desembarcó a la mayor parte de la tripulación dejando proseguir el viaje sólo a cuatro filipinos. Fray Esteban se había quedado en Vigan con órdenes de esperar y acompañar al capitán Carrión cuando llegara. "Al final no he mentido tanto. El capitán cuenta con un religioso como prometí a Sande" ironizó Alfaro guiñando un ojo a Lucarelli. Pasaron la noche en la isleta, el temporal arreció; a pesar de ello, al alba pusieron rumbo a Chicheo. Remolinos de viento los empujaban sin concierto, los cuatro marineros no conseguían gobernar la fragata, la inexperta ayuda de los demás no hacía sino entorpecer. Entre gemidos de los filipinos y rezos de los castellanos se abandonaron a la suerte que el destino quisiera depararles.
"Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad..." Los rosarios se sucedían en el camarote. Religiosos y soldados intentaban mantener el equilibrio de rodillas pero caían golpeándose con los pocos muebles que había en el cubículo.
- No aguanto más sin hacer nada. Voy a subir a cubierta.
    El Padre Lucarelli rompió el sopor que envolvía la estancia donde los rezos eran un murmullo apagado tras el estruendo de las enfurecidas olas que azotaban el casco.
    - No sea usted loco -gritó Alfaro empujando a Lucarelli hacia el catre donde yacía Fray Sebastián, un golpe de mar se confundió con el movimiento y el italiano cayó sobre la cama. - Perdone, no pensaba que tenía tanta fuerza -se disculpó Alfaro. - Fray Esteban, ¿se encuentra bien?

    - No ha pasado nada - contestó con un gemido el fraile enfermo.

    - Padre Lucarelli, subir a cubierta y ser arrojado por la borda no nos ayudará. Los marineros han abandonado las velas y el timón, es demasiado peligroso estar ahí afuera. Estamos a merced del viento y de lo que Dios nos tenga reservado.

    - Perdone, Padre Alfaro. Esta sensación de impotencia me carcome. No es así como esperaba morir.

    - Sí, ahogados. Moriremos todos ahogados -comentó el capitán Díaz Pardo acercándose a la mesa donde se apoyaban los franciscanos. - Dicen que es una muerte muy dulce, como si durmieras. Yo imaginaba que cuando me llegase la hora de abandonar este mundo sería con una lanza enemiga en el corazón. Una agonía terrible, he visto a muchos morir en el campo de batalla, sus gritos ensordecen; el estómago se encoge con esos aullidos que no parecen humanos. Estaba seguro de que alguna vez sería yo el que abriera la boca y expulsara el último aliento aferrado a una lanza clavada en mi pecho.

    - Por favor, capitán, deje ya de hablar de eso- dijo Alfaro. – No se ponga tan dramático, nadie va a morir, nuestra misión es demasiado importante para que se trunque antes de empezar.- Se acercó al armario que estaba detrás de él y cogió una botella. - No me miren así, el calor del vino nos reconfortará.
      El día 19 divisaron unas islas en la lejanía y numerosos puntos móviles, que estuvieron de acuerdo, eran velas de barcos. Revividos celebraron en cubierta una Misa de Acción de Gracias y se aproximaron confiados a tierra. Pasaron entre los islotes e intentaron establecer contacto con los navíos que se cruzaban con ellos para preguntar dónde se encontraban exactamente pero los barquitos se alejaban presurosos cuando los veían acercarse. Navegando despacio, recelosos después de ver la reacción de los pescadores, hallaron la desembocadura de un gran río. A cada lado se levantaban unas poderosas fortificaciones con vigilantes bien armados. Juanico les advirtió que los chinos tenían militares y espías por todas partes y que era mejor, de momento, evitar todo contacto hasta que llegaran a la ciudad. El río se bifurcó y comprobando que la mayoría de los viajeros tomaban la corriente de la izquierda, los siguieron. La fragatilla no llamó la atención de nadie y el día 21 llegaron ante las murallas de una populosa población.

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