miércoles, 21 de marzo de 2012

EL VIAJE DE ALFARO A CANTÓN 1

El 18 de mayo de 1.579 amaneció nublado aunque el mar estaba en calma. No era una buena época para navegar, la estación de los tifones estaba próxima mas "si desaprovechamos esta oportunidad, nunca haremos realidad nuestro ansiado sueño" decía el Padre Alfaro abordo de La Justicia. La fragatilla se dirigió a Balayán para recoger a Fray Esteban Ortiz que estaba en esa zona desde que fueron engañados por Feng Jianyun. Fray Agustín de Tordesillas, el capitán Díaz Pardo, el alférez Francisco Dueñas y Juanico disfrutaron de la travesía junto a Alfaro que recordaba el semblante melancólico de Fray Diego de Oropesa cuando los despidió en el puerto de Manila. Habían conseguido guardar el secreto y nadie, excepto Fray Diego, sabía el verdadero destino de la nave. Fray Esteban Ortiz temblaba cuando subió al barco y la cara de susto persistió durante todo el viaje a Ilocos; el tiempo, para su desgracia, empeoró día a día. Su llegada fue recibida con entusiasmo por el Padre Lucarelli y Fray Sebastián de Baeza que asombrados se unieron a la expedición sin saber el motivo por el que Alfaro los obligaba a acompañarlo. Ninguno de los franciscanos sabía de los planes de su Prelado. Fray Sebastián de Baeza que se encontraba muy débil y delgado se alegró de lo que creía que era su regreso a Manila, mas la alegría le duró poco al comprobar cómo la fragata ponía rumbo norte. Con caras de estupor fondearon en Vigan.
Esta pequeña aldea fue la escogida por Alfaro para desvelar el misterio. Alrededor de una fogata, los franciscanos al escucharlo se quedaron mudos, las llamas sombreaban sus facciones atónitas. Se miraban unos a otros sin articular palabra. Entre ellos, una cara nueva, un joven amigo del alférez Dueñas, llamado Pedro Villarroel que llevaba meses destinado en Vigan.
- No obligo a nadie. Sólo espero que si alguno de ustedes no desea acompañarnos, guarde el secreto. Fray Sebastián, su estado de salud no es muy bueno, su cara está pálida y apenas tiene fuerzas, quizás sería mejor que se quede aquí - dijo Alfaro mientras azuzaba la lumbre con un palo.

- No, por favor, Padre Alfaro. Nada hay que desee más que servirle y seguirle a China o adonde usted me pida. Estoy cansado pero me repondré. Es cosa del agua de esta tierra; en cuanto salga de ella, mejoraré.

- Debo decirles que esta misión no es un capricho mío, es voluntad de Dios. El Reino de China es muy grande y nosotros pocos pero tengo la certeza de que Nuestra Señora de los Ángeles nos guiará y apoyará. Sería imperdonable que estando tan cerca no intentemos introducir el Evangelio en la tierra de los chinos. Por lo que he podido leer en los relatos del Padre Rada, la oscuridad en la que viven es mayor que la de los indígenas de Filipinas. Nuestros vecinos hacen ostentación de gran riqueza; los poderosos tienen varias mujeres; adoran a ídolos con muchos brazos, verdaderas imágenes satánicas. Su crueldad es infinita. Son especialistas e incluso ponen por escrito ritos malignos que pretenden descubrir el futuro de los mortales a través de las líneas de las manos. Eso en España sólo tiene un nombre, brujería. Desafían a cada momento las leyes de Dios. Les digo esto para que comprendan hasta qué punto es necesario abrir los ojos a esos infieles, que descubran la única verdad que existe y que sus sordos oídos se limpien con la Santa Palabra del Evangelio.

- Yo voy - interrumpió con su vozarrón el Padre Lucarelli.
    "Yo también", "yo también" fueron repitiendo los demás. Recabado el apoyo de todos, el Padre Alfaro siguió con su farsa delante de las autoridades de Vigan. Se despidió del alcalde diciéndole que Fray Esteban Ortiz y el alférez Dueñas quedarían esperando al capitán Carrión y los demás regresaban a Manila. En total permanecieron siete días en la pequeña aldea descansando y abasteciéndose de lo necesario para la travesía que se avecinaba. El 12 de junio, bajo una tromba de agua y con fuertes vientos que dificultaban la ascensión a cubierta, embarcaron.

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