martes, 13 de marzo de 2012

EL HUNDIMIENTO DE LA FLOTA 4

Aquilino se agarraba a los laterales del catre del compartimiento que les habían preparado a los criados cerca de las literas de los marineros. El olor de la cocina del barco le producía náuseas y su cara tenía un color entre amarillento y verdoso de tanto vomitar. El gran navío se inclinaba de un lado a otro como un frágil cascarón. La mayoría de los pasajeros se encontraban igual de enfermos de tanto movimiento. Amancio entró con un tazón de caldo que Aquilino rechazó.
- Debes comer algo aunque te dé asco, si no te vas a quedar muy débil y no podrás subir al mástil.
    El buen hombre intentaba animar al niño aunque él mismo sentía repugnancia al hablar de la comida.
    - No puedo, Amancio. ¿Lo pasaste tan mal cuando eras pequeño y te llevaron preso? ¿Se movía el barco tanto como éste?

    - Era mucho peor.

    - ¿Por qué no me lo cuentas?

    - Ya te lo he contado miles de veces, Aquilino.

    - Por favor... Si me lo cuentas, me bebo el caldo.

    - Era como tú ahora. Yo era un niño feliz.- La voz del anciano oscilaba al compás del mar, se apagaba y resurgía de emoción. - Tenía una familia, mi padre era un gran guerrero, mi madre era muy cariñosa y tenía tres hermanas y un hermano mayor. Vivíamos en una choza en un poblado cerca del mar. Allí los árboles son distintos, más altos, tienen las hojas muy verdes y brillan cada mañana después de la lluvia. Nunca hace frío. Las mujeres del poblado amasaban la comida con unos palos muy grandes y los hombres cazaban y pescaban. Yo era capaz de pescar con la mano, me enseñó mi padre, y a él su padre...

    - Yo no tengo padre. ¿Por qué no tengo padre, Amancio?
      El viejo lo miró con tristeza y siguió con su historia:
      - Un día, estaba con mis dos hermanas en la playa. Corríamos, ellas fueron las primeras en ver a unos hombres altos y blancos que descansaban debajo de las palmeras y reían muy fuerte con una botella en la mano. Nunca habíamos visto a unos hombres con ese color de piel. Ellas, curiosas, se acercaron. Los hombres comenzaron a decirles cosas, yo no sé por qué tenía miedo, no me gustaban aquellos barbudos. Me escondí detrás de un tronco caído en la arena. Agazapado vi cómo uno de los hombres agarraba a mi hermana mayor, la otra era chiquitita, y le enseñaba algo que yo no sabía entonces qué era.

      -Un espejo -terminó Aquilino.

      - Sí, está claro que recuerdas la historia. Un espejo. Esos malnacidos, alentados por la inocencia de la niña, la tumbaron en el suelo y ella empezó a gritar.

      - Y tú la salvaste y ellos te cogieron a ti.

      - Ya eres mayor para saber la verdad, Aquilino, y comprender de paso por qué no tienes padre. Soy mayor, cada día me acerco un paso a la muerte y debes saber lo que en realidad ocurrió para que conozcas cómo son los hombres. No, claro que no la salvé. Ellos la forzaron y aterrorizada por sus gritos mi otra hermana echó a correr hacia donde yo estaba y me descubrieron. No hizo falta mucha fuerza para agarrar a un niño asustado que no entendía qué le pasaba a su hermana que, tirada en el suelo llena de sangre, gritaba y lloraba. Cuando todos estuvieron satisfechos, me sujetaron la cabeza y me abrieron los ojos que yo cerraba para que viera la espada cortarle su delgado cuello. Han pasado muchos años pero todavía me despierto por la noche viendo la cabeza de mi querida hermana rodando por la arena roja.
        Aquilino se había quedado con la boca abierta y los ojos desorbitados por el espanto.
        - Me llevaron con la pequeña a un campamento donde había muchas lanchas, a lo lejos se veían dos grandes barcos. Nunca habíamos visto en mi poblado unos navíos tan grandes. Las cuerdas sujetaron mis manos y poco tiempo después fueron apareciendo, atados por el cuello, mis vecinos que tampoco entendían qué estaba ocurriendo. No llevaban mujeres pues a todas les habían hecho lo mismo que a mi hermana. El poblado quedó arrasado, según me contaron después en el barco mis amigos. Mi madre y mi hermana menor, un bebé, habían sido asesinadas. Nunca había sucedido algo parecido. No sabíamos que algunos hombres blancos cazaban personas como si fueran animales y se las llevaban lejos. Nos cogieron por sorpresa, si no habríamos presentado batalla con nuestras lanzas. Si se caza a un león, es más fácil apresar a un hombre. Ellos iban por la costa barriendo todo el litoral, fue hace muchos años. Por esclavos más jóvenes sé que ahora están avisados, que huyen a la selva o se defienden, pero entonces... -Amancio se limpió con el dorso de la mano unas lágrimas rebeldes que corrían por sus mejillas. - Mi padre y mi hermano estaban de caza fuera de la aldea y se salvaron, por lo menos aquella vez; no bajaron a la bodega encadenados como animales. Había muchos cajones con rejas y nos metieron a presión. Casi no podíamos respirar. Éramos muchos hombres y las mujeres, las pocas que habían dejado vivas, estaban separadas, con ellas se llevaron a mi hermanita. No sé cuánto duró esa recogida de esclavos, estuvimos muchos meses, fuimos a muchos poblados y, enjaulados, veíamos llegar a otros como nosotros. Murieron algunos, aunque pocos. Los portugueses son bastante cuidadosos con la mercancía y no les interesa que mueran muchos. Llegamos a Lisboa en invierno, desnudos nos bajaran a una plaza y allí me vio el padre de Don Gonzalo, acababa de casarse, estaba por negocios en la ciudad y me compró. Tuve suerte, como la tienes tú. Se compadeció de lo flaco y asustado que estaba y me trajo con él a España. Me dio educación y ya sabes el resto: me traspasó, como jefe de criados a su hijo, y nos fuimos a México donde te encontramos a ti.

        - A mí me compraron el mismo día que llegasteis a Nueva España, ¿verdad?

        - No, piensa que México es muy grande y los esclavos llegan, casi siempre a Veracruz. Los señores no van a recorrer medio país para ir a comprar esclavos. El viaje es muy largo. En Veracruz hay comerciantes que compran barcos enteros; amontonan a los hombres en almacenes, allí sí que mueren muchos, y luego van de ciudad en ciudad vendiéndolos o ya tienen encargos. Los negreros españoles son peores que los portugueses. A ellos les da lo mismo el estado de salud de los esclavos. La necesidad de trabajadores en los campos es mucha y siempre hay comprador; antes era diferente, los criados debían ser fuertes y tener buena cara pues nos dedicábamos sólo al servicio de la casa; a nadie le gusta que le abra la puerta alguien con mal aspecto. En América los compran para las plantaciones y poco importa los dientes que tengas.
          Aquilino se incorporó para vomitar pero no había nada sólido en su estómago y el esfuerzo le hizo llorar. Amancio le obligó a tomarse el caldo.

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