El doctor Sande se paseaba furioso por el despacho de las Casas Reales. Luis de Sahajosa abrió la puerta, había recibido un mensaje urgente del gobernador.
Le asustó el estado de nerviosismo y cólera de su amigo.
Sahajosa se acercó al gobernador y de un suave empujón lo sentó en la silla que momentos antes estaba tirada en el suelo. Cogió las cartas desparramadas por el escritorio y comprendió el enojo de su compañero. –
- Así que, según leo, Su Majestad se niega a iniciar la conquista de China. No sé por qué te enfadas tanto.
Sande sacó un pañuelo de seda de su bolsillo y se secó la cara y las manos. Su cara tenía un rictus fiero.
- Se acaban nuestros días en Manila. En esta Real Cédula me dicen que Gonzalo de Ronquillo vendrá con no sé cuántos hombres y que en premio a esa idea tan original, el cargo de Gobernador de estas Islas recae en su persona de por vida. ¡Le han dado a ese mariposón de salones el cargo vitalicio de gobernador! Me pide, gentilmente Su Majestad ¡mal rayo lo parta! que ayude a mi sucesor en lo posible y regrese a Nueva España.
Sahajosa le arrebató la Real Cédula y la leyó palabra por palabra.
Mientras en Sanlúcar, las esperanzas de salvar la nao Capitana se hundieron con ella, sólo pudieron recuperarse siete piezas de artillería y otras veinticuatro menores. Era imposible conseguir dos nuevos barcos grandes con la rapidez que se precisaba, no hubo más remedio que reorganizar la flota con los navíos que quedaban. El barco más pesado fue nombrado nao Capitana y en él volvió a embarcar Gonzalo de Ronquillo a mitad de abril de 1.579; otro de los navíos fue nombrado Almiranta. La primavera había cubierto de verde los campos, el tiempo era desde comienzos del mes apacible. Desencantados pero con nuevos bríos, la flota que llevaba a los 500 pobladores de Filipinas que no se habían ahogado, puso rumbo a un nuevo destino, a Tierra Firme. El sol coloreó las cenicientas caras de los supervivientes de la catástrofe de la desembocadura del Guadalquivir.
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