viernes, 17 de febrero de 2012

LAS JORNADA DE BORNEO 1



Cuatro días antes de la salida de los franciscanos de Acapulco, el puerto de Manila despidió a la armada que zarpaba con el doctor Sande al frente hacia la gran isla de Borneo. Nada ni nadie  había detenido al gobernador. Su buen amigo Sahajosa lo intentó de todas formas pero su voz no fue escuchada. Fray Martín de la Rada viajaba en el mismo navío que el gobernador, su espíritu vagaba de nuevo entre sueños de conversión: Los habitantes del cercano sultanato de Borneo eran musulmanes, almas infieles, engañadas, esperando oír el evangelio que les demostraría la verdadera fe católica.
Tres galeras, dos galeotas, dos fragatas y treinta y seis navíos transportaban a trescientos cincuenta soldados y más de dos mil indios amigos. La precaución de sus superiores contrastaba con el entusiasmo de los soldados, deseosos de una gran confrontación. Bernardino de Sande seguía como una sombra a Esteban Rodríguez de Figueroa.
-         Jovencito, cuando comience la juerga, observa lo que hago y aprenderás.
El hermano del gobernador asentía, los nervios del viaje le impedían quedarse quieto. Luis de Sahajosa se mostraba preocupado: si cuando tuvo que enfrentarse a unos indios mal armados había perdido a la mitad de sus hombres, temía lo que pudiera pasar ahora que el enemigo tenía grandes barcos y mucha experiencia. Los nativos de Borneo eran muy temidos en las islas del archipiélago filipino.

-         Alegra esa cara, Luis, parece que vas a un funeral - le animaba Sande. - He estado pensando en cuando tengamos al Sultán en nuestras manos y no tenga más remedio que firmar la paz. Borneo está fuera del Tratado del Maluco, los portugueses no podrán decir nada. Fíjate lo que sería si las especias de Borneo fueran nuestras, se podría abrir una ruta siguiendo la navegación portuguesa, bajando por el Cabo de Buena Esperanza hasta llegar a Borneo. No podrían detenernos. Ya veo el puerto de Sevilla inundado de pimienta musulmana.
-          Baja de las nubes, Francisco - atajó Sahajosa. - Puede que tengamos una verdadera batalla y, a lo mejor, no ganamos. Hasta podríamos morir.
-         No digas sandeces, no va a haber ninguna batalla. Su Majestad me informó hace tiempo que el Rey de Borneo estaba dispuesto a negociar con nosotros y me pidió que tratara su amistad. Lo demás son rumores.
Sande se esponjaba  de lo orgulloso que se sentía de sí mismo.
-         Son peligrosos. Los capitanes dicen que los soldados que llegan de España cada día son más jóvenes e inexpertos. Recuerda lo que pasó en Cagayán. Quizás sería hora de tomar en consideración las opiniones de los que llegaron a Filipinas antes que nosotros.
-         Me empiezas a preocupar, Luis. No sigas por ese camino.
La amenaza era muy clara.

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