sábado, 11 de febrero de 2012

LA PROPUESTA DE RONQUILLO 3

Los esfuerzos de Alfaro y Lucarelli no recibieron la recompensa merecida. En la travesía hasta San Juan de Lua, puerto del Golfo de México, perdieron la vida Fray Pedro de Jerez, Fray Francisco Mariano, Fray Antonio de Barriales, Fray Jerónimo Mallorquín y Fray Jerónimo de San Gregorio; además de otros dos hermanos que fueron desembarcados. El 7 de septiembre de 1.577 fondearon en el tranquilo puerto de San Juan.  Los enfermos se recuperaron un poco con el descanso pero la mejoría no disipó la sombra de la muerte. Los maltrechos cuerpos se vieron atacados y debilitados de nuevo por las picaduras de niguas, de las que sólo se libraron los Padres Alfaro, Lucarelli y Antonio de San Gregorio. Los demás comprobaron cómo sus pies se hinchaban dolorosamente y tuvieron que pedir ayuda a los naturales de la tierra quienes consiguieron rebajar la hinchazón con unos emplastes de desconocidas hierbas.

Sentados bajo la sombra de unas palmeras, Alfaro y Lucarelli descansaban.
-         ¡Qué naturaleza tan grandiosa! ¡Qué derroche de color! – Se maravillaba el italiano mirando hacia la selva que alcanzaba el mismo borde del mar.  -Nunca había visto árboles tan verdes y mar tan azul. Las palmeras brillan con el sol.
-         Está inspirado, Padre Lucarelli. No imaginaba que pudiera ser tan poético- bromeó Alfaro.-  Además nadie lo diría con ese aspecto tan rudo, podría aprovechar esos sentimientos y dulcificar su fisonomía.
-         No conseguirá que me afeite la barba, si es eso lo que pretende. Cuando era niño, aunque se ría, escribía poemas. Mi padre era un hombre instruido y tenía una gran biblioteca que yo devoraba con pasión. Siempre soñé con un mar como éste, cuando cerraba los ojos veía el mar con esta misma luz, intenso y escribía historias que se desarrollaban en el agua, héroes que navegaban, mujeres a las que rescataban. Me relaja observar las olas, el ruido que hacen al golpear la orilla es como un susurro, como la voz de una madre tranquilizando al niño que despierta aterrado por un mal sueño.
-         ¿Qué llevó a un poeta como usted a abrazar la vida monástica?- ironizó Alfaro.
-         La cruda realidad... Escribía fatal.
Las carcajadas de los franciscanos retumbaron en la solitaria playa.
-         ¿Hace cuánto tiempo que no reímos, Padre Lucarelli? Este viaje está resultando una prueba más dura de lo que pensaba. De momento, sólo nosotros y Fray Antonio de San Gregario continuamos sanos. No sé cuántos llegaremos al final.
-         Eh, pare, pare. No vuelva a sumirse en esos negros pensamientos que le afligen de vez en cuando. Llegaremos todos los que hemos conseguido pisar estas maravillosas playas. Tenga fe, ya verá como no hay más abandonos. Unos días de reposo y nuestros hermanos volverán a ser los que eran antes.
Sin embargo, el optimismo de Lucarelli no se hizo realidad. En la siguiente etapa de su recorrido, por las sendas que unían San Juan de Lua con Jalapa, fallecieron Fray Diego de Cadahalso, Fray Juan de la Cruz y Fray Francisco Menor; los restantes continuaban enfermos. El viaje fue penoso, los que se encontraban con más fuerzas hicieron el camino a pie y en mulas; los que empeoraban viajaban en parihuelas arrastradas por caballos, las piedras y los matorrales arrancaban pedazos de sus maltrechos cuerpos. Atravesando Puebla de los Ángeles y Tlascala, llegaron a México en septiembre. Cansados buscaron el Convento de San Francisco para hospedarse y recuperar alguna esperanza. La recepción que les brindaron sus hermanos mexicanos no fue la soñada.

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