jueves, 9 de febrero de 2012

LA PROPUESTA DE RONQUILLO 1


La primavera de 1.577 resultó lluviosa en Madrid. Don Diego esperaba ansioso que escampara para poder dar su paseo matinal por el parque y contemplar a la dama que aquellos días ocupaba su corazón. La señorita Ana de Sepúlveda era rubia, con unos ojos "más azules que el cielo, Gonzalo. ¿Cómo he podido decir que otras mujeres eran bellas? Esta vez va en serio. Te lo juro, Gonzalo. Estoy enamorado. Totalmente enamorado”.
Gonzalo de Ronquillo examinaba con detenimiento unos mapas que le había dado su buen amigo Juan Bautista Gessio, cosmógrafo de la Corte.
-El problema de la pérdida de barcos, deja de soñar Diego y atiéndeme, radica en las corrientes y en que los gobernantes de las Filipinas no se preocupan de analizar los vientos; por eso, se hunden tantos navíos atrapados en huracanes. La travesía de Nueva España a Manila es larga y las corrientes que se cogen en esa dirección, no son apropiadas para volver. Ven, míralo en este mapa. Desde mi punto de vista, sería más acertado que el destino de todo el comercio con Filipinas se centrara en las costas del Perú. Por supuesto, hay que establecer un calendario de navegación muy detallado para aprovechar los meses en que las brisas no son traicioneras y navegar durante esos días. No como ahora que las navegaciones se emprenden sin concierto. Todo el año están de un lado a otro encomendándose a Dios para no hundirse en el intento. Todo es más sencillo, no hay que pasarse la vida rogando al Cielo por cuestiones que podemos solucionar desde la tierra.
Diego seguía en la ventana observando el paso de los negros nubarrones. Su cara denotaba aburrimiento y cansancio.
-Ya lo sé, Gonzalo. Llevas los últimos meses repitiéndome eso a todas horas, pero no es a mí a quien debes convencer. Yo ya estoy convencido; más que eso, apoyo tu causa y la voy repitiendo en cada reunión o fiesta a la que asisto. Pero si sigues empeñado en esa sola idea, se van a cansar de nosotros. Su Majestad no está dispuesto a cambiar una ruta segura y conocida como la de Nueva España. El Reino está perdiendo mucho dinero con la Guerra de Flandes y, sabiendo lo poco tolerante que es el Rey con el tema de la religión, podemos esperar que este conflicto se arrastre mucho tiempo. La Hacienda Real no está para especulaciones como tu idea del Perú; aunque el resultado fuera bueno, no te dará nadie la oportunidad de demostrarlo. Además no creo que el Virrey de Nueva España esté de acuerdo en perder los beneficios que obtiene, o que en un futuro espera obtener, de las mercancías de las islas. Si tus intenciones llegan a oídos de Martín Enríquez prepárate para una dura batalla.
-Tienes razón, primo, no creas que no me doy cuenta.
Diego se alejó de la ventana y fue a sentarse en el sofá cercano al escritorio donde estaban esparcidos los mapas. De un manotazo los tiró al suelo.
-  Vamos a ver, Gonzalo, esos mapas de momento no nos están ayudando. Hay que cambiar nuestro pensamiento. Lo mejor en estos casos es analizar la historia punto por punto. El Rey no quiere oír hablar de Perú; por tanto, ese tema debes olvidarlo. Segundo punto: ¿Qué es lo que piden sin cesar los gobernantes de Filipinas? Gente. Pues vamos a darles gente.
No entiendo, Diego. ¿Cómo vamos a darles gente?
-     S í, primito, no soy tan indolente como piensas. Algunos miembros del Consejo de Indias me han dejado entrever que estarían dispuestos a apoyar una gran expedición de pobladores para Filipinas. El mayor problema para la pacificación de las islas es la falta de hombres; además, los que van allá mueren como mosquitos. No se puede levantar un imperio sin personas que defiendan las tierras que van siendo conquistadas. ¿Quieren poder? ¿Quieres poder? Pues dales gente. Eso sí, tendremos que invertir unos cuantos ducados en el proyecto; ésa es la única pega. Creo que si les planteamos una gran expedición, seiscientos hombres jóvenes y fuertes por ejemplo, ellos nos darán lo que pidamos; a lo mejor hasta te nombran gobernador. Eso es lo que quieres, ¿no? Una vez como gobernador, si lo deseas, podrás mandar que los barcos vayan a Perú o a donde te plazca.
Un débil rayo de sol apareció entre dos nubes, la cara de Diego se iluminó.
Mientras lo piensas, yo me voy a respirar aire puro. Aún puedo tener suerte y sentir la acariciante mirada azul de la señorita Ana de Sepúlveda.

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