sábado, 4 de febrero de 2012

EL DESCONTENTO 1

La nave Santiago partió de Manila el 8 de junio de 1. 576. El navío San Juan había regresado en tan malas condiciones de la Jornada de Cagayán que tuvo que quedarse en tierra para que lo reparasen. El navío San Felipe, cargado de canela, siguió la ruta del Santiago el 29 de julio. Las brisas de junio crecieron hasta convertirse en un huracán y obligaron al San Felipe a regresar a la costa donde embarrancó, sólo se salvaron el capitán y unos pocos marineros. La carga desapareció engullida por el encabritado oleaje.
Esos mismos vientos alcanzaron e hirieron a algunos soldados que trabajaban en el recién creado astillero de Miguel de Luarca. Los indios habían cortado y lijado troncos durante un mes para tener algo de material listo cuando llegaran los trabajadores. Luarca confiaba en la palabra de Sande, un astillero en buen funcionamiento sólo redundaría en beneficios para todos. Con gran ánimo espoleaba a los indios y él mismo controlaba las labores cada día. Cuando llegaron los carpinteros y los soldados, había preparado un barracón y departía amistosamente con ellos. Miguel de Luarca era muy respetado por los habitantes de Filipinas.
 - No sé, señor Luarca. Los rumores que corren por Manila no son alentadores. El gobernador no ha destinado partida alguna para hacer frente a los gastos del astillero.
 El soldado que hablaba, Diego López, masticaba un poco de arroz.
- Es más, si lo tratan como a nosotros, no llegará a ver el dinero.
- No estoy de acuerdo, Diego. El doctor Sande está muy ilusionado con el proyecto. Hay que darle tiempo, él mismo fue quien me lo propuso. No me importa que no haya adelantado nada para madera y herramientas. Estamos aquí para servir a Su Majestad y cuantos más barcos tengamos, más fuertes seremos. Los navíos van y vienen de Nueva España y se pierden sin sentido. Nos quedamos aislados durante meses. Debemos producir aquí, ésa es la verdadera esencia de una conquista. En estos momentos, Manila le cuesta a la Corona mucho más que le da. Esta situación tiene que cambiar
- Espero que tenga razón- comentó Pedro Ximénez, otro soldado, sin mucho convencimiento. -Pero todavía, y lleva aquí más de un año, no ha cancelado ninguna de las deudas que la Hacienda tenía con nosotros. Hemos sido pacientes. Después del desastre del asalto, a nadie se le ocurrió reclamar antiguos pagos. Y la verdad, si el gobernador y sus amigos no hiciesen ostentación de tanto lujo, habríamos olvidado el pasado. ¿Se ha enterado de que a los oficiales reales les ha quitado las encomiendas y les ha embargado el salario? Y a Lavezaris también. Le ha quitado sus tierras “para devolverlas a la Corona”, ha dicho.
Luarca no estaba al tanto de las novedades de Manila y pegó un respingo.
- ¿Le ha quitado todo a Lavezaris?- preguntó preocupado.
- Todo, no. Le ha quitado Bitis y Lubao.
 Los demás soldados, que comían en la misma mesa y escuchaban la conversación, lo confirmaron.
 - Entonces, las cosas no andan muy bien por Manila – reconoció Luarca.
- ¿Bien? Aquello va a estallar como un barril de pólvora- declaró Ximénez.
- No disculpes ni tengas lástima de los oficiales reales- dijo con dureza Diego López. -Han vivido muy bien antes de la llegada de Sande y son ellos los que contrajeron las deudas con nosotros. Es justo que ahora comprueben qué es la escasez.
- Bueno, chicos, no nos vamos a poner en lo peor. Hay que tener esperanza. -Luarca intentó calmar los ánimos. - La reconstrucción de Manila nos va a costar muchos sudores pero todo se andará. Cambiando de tema... ¿Cómo va la estacada? ¿Sigue Díaz de Ceballos clavando troncos de sol a sol?
Los comensales prorrumpieron en carcajadas.
 - Sí. Y no vea cómo le ha puesto la cabeza al gobernador con su fingida mansedumbre... que si comprende que ustedes prefieran estar con sus familias, que si él dedica su vida entera al Rey pero sin ayuda no puede... y mientras, los troncos, puf, cayéndose uno tras otro.
 Los soldados se atragantaron con la comida a causa de la risa y la atmósfera se relajó.

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