viernes, 27 de enero de 2012

LA REVANCHA 1

Después de seis meses de soportar las burlas de los soldados chinos, los castellanos contemplaban alborozados los esfuerzos de sus invitados por justificar su larga estancia en la Isla de Luzón. Los mercaderes habían traído la noticia de la gran batalla que libró la armada china con el corsario Li- Ma- Hong, una vez que fue avisada por los dos barcos que envió Xiaugac de regreso desde Bolinao. El resultado seguía siendo deplorable. Aunque el pirata había perdido más de mil hombres en el combate naval frente a las costas de Tacoatican, consiguió escapar y los rumores apuntaban a que se había refugiado en el vecino reino de Camboya, lejos del acoso de sus compatriotas. Xiaugac, Sinsay y Oumoncon temían las represalias de sus superiores por el fracaso de su viaje y la larga duración del mismo. La primera idea de engañar al virrey con la muerte del temido bandido ya no era posible. Algo tenían que hacer para no regresar con las manos vacías. Los capitanes, siguiendo costumbres ancestrales, optaron por enviar a todos los soldados a recoger el mayor número de calaveras posibles para demostrar la ferocidad de su venganza. Sande se horrorizó al enterarse del motivo por el que, desde hacia varios días, veía a los soldados chinos moverse por la selva como hormigas. Los españoles se mofaban de aquellos atareados huéspedes que rebuscaban cadáveres olvidados entre la hojarasca. La situación se tornó peliaguda cuando varios soldados chinos intentaron profanar tumbas españolas y Miguel de Luarca tuvo que negociar con los capitanes, a los que conocía bien, y señalar los lugares donde habían enterrado a algunos de los corsarios muertos en el asalto. Las cabezas encontradas no les parecieron suficientes y el macabro botín se completó con cráneos de indígenas.

El Padre Rada no tuvo dificultad en conseguir la licencia del gobernador para marchar a China de nuevo. Fray Agustín de Alburquerque y él, sin más compañía, embarcaron con el capitán Xiaugac. Al comprobar que la austeridad que había presidido toda la estancia proseguía a la hora de la despedida, es decir que no había regalos, los chinos empezaron a demostrar su enojo. No estaban acostumbrados a marcharse de vacío de ningún lugar. Sande no aceptó los consejos del Padre Rada ni de Miguel de Luarca y gritó que las arcas no estaban para presentes.

Luarca, que había permanecido en la ciudad ayudando en las labores de reconstrucción, sintió, como los soldados invitados, que ya era hora de regresar a sus tierras y así lo manifestó a Sande. Éste le encargó una misión muy especial: que le ayudara a instalar el primer astillero de Filipinas. “Debemos hacer nuestros propios barcos si no, quedaremos aislados”. A Luarca le gustó la idea. “Hay buenos árboles en mis tierras, podemos negociar”. Sande no fijó un precio exacto. “Eso se verá con el tiempo y la marcha de los trabajos” y encargó a Luarca que fuera poniendo a sus indios manos a la obra y empezaran a talar. “Quiero que en un año tengamos la primera nave filipina. Ya he pensado un nombre, Trinidad. Mandaré dos carpinteros, apenas hay media docena en Manila, y una veintena de hombres”.

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