domingo, 15 de enero de 2012

EL NUEVO DESTINO DE LOS FRANCISCANOS 5

La voz de Aquilino sonó chillona mientras se abalanzaba hacia el gigante de ébano. Su cabeza rapada le confería un aire amenazador, hacía que las personas que andaban por la calle se desviasen imperceptiblemente de su lado.

- Te he dicho mil veces, estúpido, que no me llames Lucio. Soy Tonga, ése es mi nombre. - Y movió sus negros ojos hacia los frailes esperando alguna réplica. Viendo que nadie osaba contradecirle, le pegó un tortazo a Aquilino y se lo llevó calle abajo.- Eres el negro más imbécil que he conocido. Me he pasado la noche buscándote y tú durmiendo ahí, con esas mujeres barbudas.

Conforme hablaba iba pegándole golpes en la cabeza.

- Lo siento, de verdad, me perdí. En esta ciudad todas las calles son iguales. He pasado mucho miedo. Creía que no podría salir nunca. Gracias por venir a buscarme.
Aquilino intentaba parar los golpes con sus manos, pero el titán era más rápido.

- Por mí te hubieras ahogado en cualquier alcantarilla, pero ese viejo mierdoso de Amancio me ha obligado a estar toda la noche fuera, preguntando por ti. He recorrido todas las tabernas hasta que en una me han dicho que habías aparecido por allí con un fraile. ¡Un fraile! - repitió alcanzando con su manaza la mejilla del niño, la marca brillante de los dedos se salía de la cara.-¿Cuántas veces te he dicho que te alejes de ellos?

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- ¡Quemad las chozas! ¡Quemad todo! - gritaba Luis de Sahajosa a los asustados soldados que miraban sobrecogidos al grupo de furiosos indígenas pertrechados tras los escudos con lanzas y machetes-. ¿A qué esperáis cobardes?

Un soldado prendió una tea y la arrojó al techo de palma de la cabaña más próxima, el fuego prendió y los indios, gritando, arremetieron contra los españoles. Alcanzaron con las lanzas a dos jóvenes que quedaron clavados al suelo aullando de dolor. Los temerosos soldados disparaban los arcabuces sin precisar la puntería, las balas se perdían inútilmente. El poblado ardía y varios naturales se enfrentaron cuerpo a cuerpo con los castilla. Las espadas se clavaban en brazos y pechos. Sahajosa incitaba con insultos a la soldadesca que, doble en número a los asaltados, consiguió arrinconarlos y rematar a veinte. Los restantes huyeron a la selva.

- ¡Idiotas! - chilló Sahajosa a los que huía. - ¡Arrasadlo todo! Que se enteren quién manda.

La Jornada de Cagayán no estaba resultando como Luis de Sahajosa había soñado antes de salir. Los jefes de las tribus no se tragaron el engaño de cambiar plata labrada por oro y oponían una fuerte resistencia a los intentos de los españoles para conseguir tributo. Los males de la jungla habían afectado a muchos de los imberbes soldados que habían llegado con Sande procedentes de España; la fiebre y las diarreas los consumían. Además no tenían un momento de descanso, por las noches los centinelas permanecían atentos a cualquier ruido sospechoso pues ya habían sido víctimas de dos emboscadas. Sahajosa envió a un capitán y diez hombres a Manila para pedir refuerzos. El navío San Juan había sorteado dos tifones y estaba muy dañado. La petición de auxilio fue muy comentada en Manila, todos recordaban la prudente idea de Salcedo de intentar conseguir someter a los naturales a base de diálogo pero nadie osaba dejar traslucir sus pensamientos ante el gobernador que en los últimos meses estaba obsesionado con el viaje de regreso a Nueva España del navío Santiago. "Necesitamos 645 arrobas y catorce litros de escarcia menuda, brea, alquitrán, salitre, cincuenta lombarderos, dos maestros fundidores de artillería, dos maestros ingenieros para fortificar una plaza, picas..." Sande iba haciendo mentalmente la lista de cosas que iba a pedir al virrey de Nueva España. "En cuanto vuelva Luis con el San Juan, la nao Santiago emprenderá el viaje. La llenaré de pólvora para refinarla”. Sande no era de la misma opinión que Gaspar Manzanos, piloto de la capitana, quien consideraba una locura obligar a la nao a realizar un viaje tan largo en las condiciones que se encontraba. "Necesita un árbol mayor, porque el que tiene se rompió; un timón nuevo sería conveniente, un bauprés, una verga mayor, lonas, dos andas y caños para bolinas..." La lista continuaba sin fin.

- Tranquilo, Gaspar, ya me lo has repetido cien veces.- Andrés de Mirandola comprobaba el estado de la nao por orden del gobernador. - Ya sé que está mal para navegar pero, aunque me duela reconocerlo, el doctor Sande tiene algo de razón. La nave tiene que hacer el viaje hasta Acapulco para recoger lo que necesitamos. Hace meses que no llega ningún navío de América y nuestra situación es insostenible. ¿Te has enterado ya de las malas noticias que corren sobre Cagayán?- Gaspar le señaló que no sabía nada. - Al parecer han muerto cuarenta soldados. Nos quedamos solos, Gaspar. Hay que hacer un esfuerzo y mandar este barco y otros, como el San Felipe. Necesitamos hombres

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