jueves, 12 de enero de 2012

EL NUEVO DESTINO DE LOS FRANCISCANOS 3

Fray Luis de Rioja, portero del monasterio, estaba muy alterado cuando abrió la puerta. Comentó al Padre Alfaro que el Padre Guardián llevaba horas esperándolo y que quería verlo sin demora. Arrastrando a Aquilino, se dirigió a través del claustro hacia el refectorio. La hora de la cena había pasado hacía mucho rato, por tanto si todos estaban allí reunidos, algo muy grave debía de haber ocurrido. Murmullos y caras preocupadas recibieron a Alfaro. El Padre Guardián, Fray Juan de la Cruz, tenía entre los dedos un pliego que miraba con mucha atención, levantó la vista y se sorprendió al ver al chiquillo.

- Padre Alfaro, estoy seguro de que tendrá una razón muy justificada para llegar a estas horas y traer una visita tan inesperada. Después me lo explicará en privado, ahora tenemos una noticia que darle y sus hermanos esperan que usted se una a las deliberaciones que estamos realizando.- Suspiró y su cara mostró la angustia que le estaban provocando las palabras allí escritas. Miró a todos como esperando su aprobación y prosiguió. - Esta tarde, a primera hora, llegó un correo urgente de parte de Su Majestad Felipe II para que detenga la expedición que va a las Islas Salomón y cambie el rumbo de los misioneros hacia las Islas Filipinas donde, según me hace constar Su Majestad, es más necesario para el servicio de Dios. La noticia nos ha extrañado a todos por lo inesperada. No sé mucho de esa parte de las Indias, lo único que puedo decirles es que el viaje es largo y trabajoso.

La noticia no había gustado. Todos parecían igual de disgustados. Los hermanos allí presentes protestaban por el cambio de planes, estaban listos para embarcar en pocos días en el puerto de Sanlúcar. Algunos de ellos expresaron su deseo de volver a las provincias a las que pertenecían, otros no se atrevían a desafiar las órdenes del Rey. Alfaro tardó unos minutos en asimilar la noticia, en silencio pensó en la extraña orden que les daban, pero como era hombre de buen talante y muy aventurero no vio grandes problemas en el cambio de planes. Como los ánimos estaban muy exaltados, comenzó a hablar sosegadamente.

- Calma, hermanos, este cambio de planes me parece igual de extraño que a vosotros, pero no estoy de acuerdo en que debamos volver a nuestras provincias. Nada sabemos de esas islas que llaman Filipinas pero todos conocemos la devoción especial que Su Majestad siente por la orden a la que pertenecemos y no debemos dudar de que sus intenciones sean correctas y beneficiosas. Nos debemos al servicio de Dios y nuestra principal misión es extender su Evangelio por el mundo. No debería importarnos el lugar en que lo hagamos. Si Su Majestad considera que lo mejor para el Reino y para Dios es ir a las Indias Orientales, creo que deberíamos cumplir con la misión que se nos encomienda.

Algunos hermanos apagaron con sus voces al Padre Alfaro. Aquilino, olvidado en un rincón, observaba asustado la escena. Sentado en el suelo se preguntaba cuándo lo iban a convertir en niña, buscaba desesperadamente la forma de escapar de tal martirio pero no veía cómo. En medio de la confusión el Padre Guardián tomó la palabra aunque sólo consiguió hacerse oír tras pegar varios fuertes golpes en la mesa. Una vez restituido el silencio, su voz se alzó para recomendar que uno de los religiosos fuera a la Corte a dar cuenta del cambio de planes a los Prelados de la Orden e una vez allí intentar conseguir una Audiencia con el Rey.

- La Real Cédula ordena que los integrantes de la misión esperen aquí a que parta la flota que irá el año que viene a las Indias. Hay tiempo, por tanto, para que uno de ustedes, el que elijan, vaya a Madrid y recabe los permisos necesarios de los Prelados y se envíe relación de todo a Su santidad en Roma. Les aconsejo que reflexionen esta noche y mañana me hagan saber su decisión.

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