martes, 24 de enero de 2012

EL ESCLAVO QUE VENDIÓ SU LIBERTAD 5

La tarde anterior a la partida de Don Gonzalo de Ronquillo la casa registraba un ritmo frenético, baúles sin terminar de empaquetar, órdenes que iban y venían; los nervios que preceden a cualquier viaje cuya duración, sin determinar, se prevé larga. Ningún sirviente escuchó el ruido de la campanilla de la puerta por el ruido que había en el interior; el Padre Alfaro, que percibía el jaleo, volvió a insistir con fuerza. Un criado con librea llamado José le abrió por fin y lo condujo a una habitación de la planta baja que daba a la calle. Varios sillones y una pequeña librería constituían todo el mobiliario. La luz que ya declinaba no se filtraba por las mamposterías de la ventana, nadie se dio cuenta, y el fraile tuvo que observar cómo la habitación se sumía en sombras. Cuando el fraile se preguntaba si se habían olvidado de él, se abrió la puerta.

- Perdone, Padre, que haya tardado tanto. Acompáñeme al salón donde, por lo menos, podremos vernos las caras.- Don Gonzalo de Ronquillo apareció en el umbral con un cómodo pantalón marrón y una camisa blanca ancha, como las que se usaban en México. - Disculpe el descuido de mi sirviente, ¡haberle dejado a oscuras! Después hablaré con él. No esperaba visita esta tarde. De haberlo sabido que iba a venir, Padre Alfaro, mi atuendo sería más formal. Aquilino me contó su aventura y pensaba haber ido al convento para darle las gracias en persona. Pero he tenido tanto trabajo... No tengo perdón. Siéntese, por favor. ¿Me aceptará una copa de vino?

El salón era grande, los hermosos ventanales daban a un jardín trasero cubierto de geranios que trepaban por las paredes y los árboles, la chimenea estaba encendida aunque la temperatura era bastante alta.

- No me acostumbro a la humedad de Sevilla. He estado poco tiempo en México pero parece que hubiera nacido allí, mis huesos se resienten con el frío; sobre todo, la rodilla derecha que no quedó bien de un accidente de caballo que tuve años atrás. Quizás hablo mucho. ¿A qué se debe su grata visita?

- A nada en especial - respondió el Padre Alfaro mientras rechazaba con un gesto de su mano la copa que le ofrecían. - No bebo, gracias. Quería saber de Aquilino y comprobar si estaba bien. Eso es todo, una visita de cortesía.

- Aquilino esta muy bien, ese chamaco es muy despierto. Es hijo de una esclava que yo tenía en Nueva España, murió de una enfermedad de los pulmones. Cuando los compré en México me encariñé del niño. Le tengo un aprecio especial.

- Sí, él también tiene muy buen concepto de usted. ¿Y el padre?

- Nunca supe quién es. La mujer no quería hablar de ello. Mi primo, Don Diego, bromea conmigo porque me gusta que Aquilino aprenda y me acompañe y dice que la gente va a sospechar. Pero no hay nada raro, el pequeño tenia seis años cuando lo traje a casa.

- No, no, disculpe, me he explicado mal, no quería insinuar...- El padre Alfaro se había puesto colorado. - El niño me contó que estaba aprendiendo a leer y a escribir pero nunca hubiera pensado nada similar.

- No se preocupe, Padre Alfaro. En mi modesta opinión, lo mejor para un hombre es rodearse de personas de confianza. Si las ves crecer y las moldeas a tu gusto, la posibilidad de que te traicionen es menor. Ahora mismo debo marcharme a la Corte, varios de mis criados quedarán guardando esta casa, es imprescindible que sepan valerse por si mismos, que administren con seso los fondos que les dejo. Una persona instruida rendirá más, se dejará engañar menos que alguien que no tiene capacidad de discernir y esta capacidad sólo se consigue con educación. Amancio, que estaba al servicio de mi padre, maneja mi hacienda durante mis frecuentes ausencias, él enseña a Aquilino y en el futuro, cuando Amancio ya no pueda ver las letras ni los números de las cuentas, que no será muy tarde pues pasa de los sesenta, Aquilino ocupará su lugar. Ésa es mi filosofía. A algunos les parecerá egoísta, a otros, excesivamente generosa. Y a usted ¿qué le parece?

Estaban sentados frente a frente, se miraban y comprendían que tenían mucho en común, no sólo la edad y la complexión física, sino también el arrojo para manejar su vida con unos fines precisos, no exentos de tolerancia.

- Me parece justo e inteligente.- Sonrió el franciscano.

- Aquilino me relató una curiosa escena que pudo contemplar aquella noche en el convento. El muchacho no consiguió explicarme bien el problema que tenían ustedes y qué era lo que tanto molestaba a sus compañeros. Yo voy a la Corte dentro de unos días, tal vez pudiera ayudarles.

- No es necesario, Don Gonzalo. Uno de nuestros hermanos ha salido camino de Madrid para dar cuenta del cambio de planes al que Su Majestad nos obliga.

- Sí, Aquilino nombró algo de unas islas muy lejanas, pero no supo decirme con exactitud el nombre.

Alentó Ronquillo a hablar al fraile, sabía muy bien cuáles eran las islas y tenía verdadera curiosidad por saber el motivo de que los religiosos tuvieran que ir a ellas. Sabía que Alfaro no hacía esa visita para preguntar por un criado, quería algo más.

- Las Filipinas, señor. Usted, que ha sido alguacil mayor de México, ha debido oír sobre ellas más cosas que nosotros.

- Poco sé, Padre Alfaro. Tal vez me tache de impertinente pero adivino un interés especial en recabar informes sobre esas islas.

Alfaro sonrió abiertamente y los dos hombres se miraron a los ojos por primera vez.

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