sábado, 21 de enero de 2012

EL ESCLAVO QUE VENDIÓ SU LIBERTAD 4

Llegaron a casa, Aquilino y Mariano, una vez roto el hielo, se habían hecho buenos amigos y charlaban animadamente.

- Bien, Mariano. Esta será a partir de ahora tu nueva casa. No entraba en mis planes aumentar el número de mis sirvientes pero quizás dentro de poco necesite mucho personal a mi servicio. Don Diego, tu amo, te deja en mis manos, doy fe que tienes suerte, pero él te entregará el dinero por el que has perdido tu libertad. Aquilino te llevará a la cocina y te presentará al resto de tus compañeros. Te ruego disculpes algunas deficiencias que verás en la casa pero hemos venido de México hace muy poco y aún faltan por llegar muchas de las cosas que embarcamos. Amancio, que es el encargado de todo, te dirá cuáles son tus labores a partir de ahora. Sed bienvenido.

Gonzalo de Ronquillo subió a su habitación a refrescarse antes del almuerzo. Abrió despacio la portezuela del escritorio y sacó varios informes que había recabado en México sobre las Islas Filipinas. Eran datos sobre mercancías y posibles yacimientos de oro y plata. Desplegó un mapa que tenía dibujadas las corrientes marinas y el recorrido que los galeones hacían desde Acapulco hasta aquellas lejanas islas. Manila era su sueño, un territorio extenso lleno de riquezas, todas por conquistar. Pero todavía no sabía cómo podría llegar a ser el dueño de aquellas tierras. Conocía a Sande de México y sabía que era el nuevo gobernador. Tenía que estudiar al detalle la mejor forma de interesar al Rey en su idea, quizás explotaciones mineras, comercio... No lo sabía aún, debía ser un proyecto lo bastante original y rentable para que el Monarca le quitara a Sande el cargo de gobernador y se lo diera a él.


Eran las diez de la noche del jueves santo. De la Casa Grande de los Franciscanos salía en procesión la Cofradía del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz, llamada así en recuerdo y reverencia del descubrimiento hecho en Jerusalén por Santa Elena, madre del Emperador Constantino, de la verdadera cruz donde fue clavado Jesucristo. Era la cofradía más numerosa de la ciudad de Sevilla, los frailes del convento asistían a ella. A esa hora, a las diez, el Padre Juan de la Cruz subió al oratorio para dar la absolución a los hermanos allí presentes, más de trescientos aquella noche. "Ego te absolvo, in nomine Patre et Fili et Spiritu Sancti, Amen”. A pesar de lo concurrida que estaba la iglesia, las palabras sonaron altas y claras cortando el silencio que rodeaba a la Cruz y a la imagen de la Virgen que, pocos minutos después, iniciarían su recorrido por las estrechas calles que les llevarían a la Catedral y a otras parroquias para visitar los santos sagrarios. En ordenada fila, todos los hermanos se acercaron a orar ante el sagrario de San Francisco, fundador de la Orden.

A las diez y media salía el estandarte de la cofradía. La multitud aguardaba fuera para ver las imágenes iluminadas con la luz de las velas. Los hermanos disciplinantes descalzos, algunos con las cruces al hombro, otros golpeándose con látigos terminados en pequeñas bolas con aristas, todos seguían en silencio a la insignia. Cada cuatro o cinco disciplinantes se situaba un hermano con una vela para iluminar el recorrido, conocidos como hermanos de luz. Cuando la imagen de la Vera-Cruz salió balanceándose por el pórtico de la capilla, la gente se santiguó y un murmullo de rezos y cantos se pudo oír sobre la oscuridad, rota tan solo por las trémulas llamas de las velas. La hilera de hombres vestidos de blanco, con la cintura apretada por sogas de esparto, el capirote cayendo en la espalda, tapando el rostro, simulaba una procesión de espectros, figuras del más allá sin cuerpo que se alejaban llorando por sus pecados, buscando un paraíso que las sombras de las calles ocultaban dónde podía encontrarse y mientras buscaban y buscaban, las espaldas, único rasgo humano, se teñían de rojo, se abrían descarnadas ante la flagelación de las piedras afiladas, los pies se quemaban con la cera caliente donde se disolvía la sangre de los compañeros que iniciaron la estación de penitencia antes. El público manchaba los bajos de sus vestidos y sus botas relucientes con esa misma masa encarnada, pegajosa, pero nadie se preocupaba del suelo. Las miradas se elevaban por encima de cabezas y sombreros, hacia lo alto, hacia las figuras que oscilaban sobre hombros anónimos, sin rostro, escondidos debajo.

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