viernes, 30 de diciembre de 2011

EL REINO DE CHINA 6

Cinco días antes, los navíos Santiago y San Juan, que habían salido de Acapulco el 6 de abril, arribaron en el puerto de Manila. Después de la calma que retardó su llegada a las Islas de los Ladrones, se desató un fuerte temporal que los mantuvo retenidos para desconsuelo de los ilustres pasajeros que no habían dejado de quejarse desde que se inició la travesía. A pesar del resguardo que les había proporcionado el puerto de Pagan, en Los Ladrones, las naves llegaron a Luzón con grandes dificultades y muy deterioradas.

Francisco de Sande se arregló antes de bajar a tomar posesión de su nuevo destino. Su hermano le ayudó a vestirse.
- Mira, Bernardino, a un hombre se le conoce por su vestimenta. Si soy el nuevo gobernador debo tener apariencia de tal. Los incultos se fijan sólo en el exterior y la gente de bien desvía la mirada ante los harapos. Tenlo presente, hermano.
    Sande irguió la espalda al comienzo del puente que descendía hasta el embarcadero. Esperaba que el maestre de campo y el gobernador en funciones estuviera a pie de escalerilla esperándole. También pensaba que habrían preparado algún tipo de ceremonia para darle a la bienvenida. Miró hacia un lado y otro y se enfadó al contemplar a unos pocos soldados que a su vez lo miraban con extrañeza, preguntándose si aquel hombre que torcía la cabeza de un lado a otro, vestido como para ir a una recepción en el palacio de un rey, afeitado, acicalado y perfumado sería el nuevo gobernador. Sintió la mano de Luis de Sahajosa en su hombro mientras le soplaba con sorna en un oído "me las vas a pagar por este engaño".

    La llegada, de tan esperada, había sido resultado una sorpresa. Ninguna autoridad recibió en el puerto a los viajeros. Tras unos instantes de vacilación, algunos soldados se acercaron a darles la bienvenida mientras otros corrían a avisar a Lavezaris. A Sande no le gustaban las familiaridades que se tomaban los soldados con él, con cara de disgusto los apartó pidiéndoles que le indicaran dónde estaban las Casas Reales, "y, por favor, díganselo a sus compañeros, llámenme Doctor Sande o señor gobernador". Los hombres se apartaron con semblante de pesar ante la arrogancia de su nuevo jefe cuyo atuendo y forma de comportarse estaban muy alejados de los militares campechanos que, hasta aquel momento, habían dirigido sus destinos. El Doctor Sande y su séquito anduvieron por las calles asoladas de Manila.
    - ¡Dios bendito, esto no es ni siquiera una ciudad! Pero ¿qué han estado haciendo estos infelices? ¡Bonito Gobierno! ¿Qué pretenden, que levante yo solo un imperio? Luis, también a mí me han engañado. Esto es una burla. Ni una casa, todo está quemado. Y esos tablones ahí hincados... Un niño haría mejor una empalizada que estos inútiles. Mirad - dijo acercándose a uno de los troncos que sobresalían torcidos del suelo. - Se cae con rozarlo. ¡Magnífica defensa en caso de ataque!
      Sande lo empujó suavemente y cayó al suelo. Luis de Sahajosa asentía a las exclamaciones de su amigo. Con las manos en la cintura dio una ojeada circular a lo que debía ser la capital de Filipinas, vio chozas medio construidas aunque él pensó que estaban medio derruidas.
      - Y yo que quería beber en una taberna…
      - Oh, cállate, Luis. Hablo en serio. Nadie me había comentado que esto era un poblado de indios maloliente.

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