martes, 27 de diciembre de 2011

EL REINO DE CHINA 3

A la séptima jornada llegaron a los arrabales de Ucheo. No les permitieron continuar hacia el interior de la ciudad al ser de noche, para que no quedara deslucida su entrada. La comitiva volvió a ser aclamada y vitoreada pero los corazones estaban demasiado impacientes para agradecer tantas muestras de júbilo. La audiencia tuvo lugar a la mañana siguiente. El virrey estaba sentado detrás de una mesa con incrustaciones de marfil. A su lado dos arqueros con coseletes de escamas de oro que les llegaban hasta las pantorrillas, los arcos también eran dorados. La embajada se arrodilló y le entregaron las cartas y la memoria del presente que le ofrecían. El virrey, agachado, no mostraba su rostro, lacró la memoria y la enseñó a sus invitados; lo mismo había hecho días antes el gobernador. Esta vez no se sintieron ofendidos, el Padre Rada les había explicado que las leyes de China prohibían a sus empleados aceptar para sí cualquier regalo, por mínimo que fuera, bajo pena de privarlos de su cargo de por vida. Por eso los empleados debían enviar los dones que recibían al Rey para que éste decidiese si podían quedárselos. Tampoco pudieron en esta ocasión mantener una conversación fluida con el virrey; no obstante, el conbun leyó la carta dirigida a él y les brindó su hospitalidad mientras llegaba la contestación de Pekín.

Sabiendo que nada haría cambiar la lenta maquinaria del Reino de China, soldados y frailes aprovecharon el tiempo en Ucheo y visitaron la ciudad; el Padre Rada y Nicolás Cuenca pudieron al fin dedicar horas a mirar en las librerías. Con ayuda de Sinsay descubrieron libros de astronomía, medicina, historia, arquitectura, política e, incluso de las malas artes de la adivinación y el ocultismo, como ellos los llamaban. Les gustaban los caracteres chinos y las descripciones que Sinsay les hacía de las fabulosas leyendas que narraban los cuentos. Las habitaciones del fraile y del soldado se llenaron pronto con toda esa sabiduría. Pasearon por los muros de Ucheo y disfrutaron con la arquitectura local de curvos tejados. Más tranquilos que la primera vez entraron en un gran templo pagano donde contaron en una sola capilla, la mayor, ciento doce ídolos. Volvieron a ver a la diosa de múltiples brazos que tanto les asustó en la antesala del inzantón de Chincheo; ahora sosegadamente la estudiaron. Asistieron como invitados a una graduación en la Universidad y fueron homenajeados con una exhibición militar de un regimiento de mil soldados piqueros. Sentados bajo un parasol de seda rosa, sobre una estera de junco, pudieron observar en un prado que se extendía a la izquierda de la muralla trasera cómo al toque de corneta los mil piqueros se ponían en marcha y cómo a cierta señal que no consiguieron descubrir se apartaban los arcabuceros y disparaban, arremetían los piqueros y se recogían. Por la tarde, en sus aposentos, comentaban el orden y la disciplina sin igual del ejército sangley. "Serán muy peligrosos en el campo de batalla" dijo Sarmiento. "Su alineación y método son dignos del mejor escuadrón italiano" concluyó Cuenca.

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