miércoles, 14 de diciembre de 2011

EL CERCO DE PANGANSINAN 3

El capitán Sinsay arribó con su barco detrás de la verja, quería comprobar que Li-Ma-Hong, al que tanto odiaba, estaba prisionero. No le gustó la idea del cerco y convenció al capitán Salcedo para que intentara entablar contacto con el pirata y conseguir su rendición. Objetivo muy difícil como pronto se vio. Sinsay escribió una carta en lengua china en la cual se pedía al corsario que se entregara y se le devolverían las mujeres y los niños que seguían prisioneros. El tirano contestó que primero volviesen los navíos de Castilla a Manila y después él, en persona, iría a besar sus manos. La respuesta fue considerada una declaración formal de guerra y los españoles comprendieron que iba a ser un largo asedio.
Para mejorar las condiciones de vida, Salcedo mandó que se levantara un fuerte donde guarecerse durante la estación de lluvias que se aproximaba y decidió envíar al capitán Ramírez a Manila para abastecerse de provisiones. Por el camino el oficial se cruzó con los dos frailes que habían dado la noticia del paradero de Li-Ma- Hong, Fray Martín de la Rada y Fray Agustín de Alburquerque quienes, después de alertar al gobernador, habían continuado con su peregrinación por la zona norte de la Isla de Luzón predicando en las aldeas perdidas de la selva. Ésta era una zona con buenos yacimientos mineros de oro y era normal encontrar destacamentos de soldados por lo que los dos agustinos acostumbraban a vagar por ella sin protección especial. Saludaron al capitán Ramírez y éste les pidió que se acercaran a Pangansinan para dar apoyo y ánimos a las tropas que allí quedaban. "El cerco será largo, los hombres necesitan esperanza". Los religiosos se despidieron del capitán y cambiaron el rumbo de su viaje para ir a llevar consuelo a los soldados atrapados en aquella traicionera jungla.
En el campamento, los trabajos de fortificación estaban muy adelantados. Los hombres recibieron con cariño a los frailes y el capitán Salcedo y sus compañeros, los capitanes Pedro de Chaves y Luis de la Haya, les suplicaron que uno de ellos se quedase durante todo el tiempo que durase el cerco. Con una solemne misa, oficiada bajo una lluvia torrencial, inauguraron la pequeña fortaleza.
Oficiales y religiosos se hacinaban en una diminuta habitación de la especie de fuerte que habían construido. Como podían intentaban no mojarse con el agua que se colaba entre las ranuras de las palmas del techo.
- Capitán Salcedo, es usted hombre de buen juicio y conocedor de nuestras necesidades – dijo Fray Martín de la Rada. - Nada nos gustaría más que permanecer con estos valientes hombres para ampararlos y darles nuestro apoyo; pero, como bien sabe, es imposible que permanezcamos los dos. El Padre Alburquerque y yo hablamos y hemos decidido que sea él quien les auxilie. Yo regresaré por tierra a Manila – continuó mientras se abanicaba con un trozo de palma que había encontrado en el suelo.
El calor de los cuerpos en el habitáculo y la humedad del ambiente hacían difícil un acto tan sencillo como respirar.
- No - le interrumpió el capitán de la Haya- no hace falta que vaya usted por tierra. En dos días partirá el navío de Miguel de Luarca. Los caminos, con estos aguaceros, están impracticables. Es preferible que vaya con él.

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