jueves, 8 de diciembre de 2011

ASALTO A MANILA 2

Desconocedores del peligro que les acechaba, el gobernador y el maestre de campo seguían con su tranquila charla en el fuerte que dominaba la ciudad de Manila. El licor de arroz iba haciendo su efecto.
- ¿Cómo será el nuevo gobernador? - preguntaba, con las mejillas encendidas, Martín de Goiti.
- No lo sé, nadie lo conoce. Viene de Nueva España, lleva varios años como oídor de la Audiencia de México. Debe ser joven. Eso es lo que se necesita en estas tierras, sangre fresca e inquieta; yo ya estoy muy viejo para estos menesteres – dijo Lavezaris poniendo un poco más de licor en las copas. - Desde que murió nuestro querido compañero, Miguel López de Legazpi, he intentado ejercer el cargo de gobernador lo mejor posible, pero tengo muchos años... ¡Ay, Martín, nosotros hemos luchado ya demasiado! Tengo ganas de descansar, retirarme a mis tierras y disfrutar un poco de la vejez que está llamando a mi puerta. Sólo con lo que rinden las encomiendas de Bitis y Lubao mi mujer y yo podemos tener un retiro tranquilo, y que los jóvenes, como el nuevo gobernador, peleen como nosotros hicimos.

- Sí, Guido, tienes muchísima razón. Lucía me dice lo mismo: "Martín, tienes que descansar que tu cuerpo ya no es el de un jovencito". Y es verdad, debería tomarme un respiro, llevamos tantos años luchando por esas tierras… tantos…- Su voz abotargada se fue perdiendo.
- Ya se me olvidan, amigo. Llegamos en el sesenta y cinco a Cebú. Fueron buenos tiempos aquellos. - Los ojos de Lavezaris se humedecieron. - Las tribus se sometían con facilidad, aunque todo se debió a Legazpi, a su buen hacer con los jefes de las islas. Fue un acierto garantizar la defensa contra los moros y poner paz a las disputas de los poblados rivales. Si no hubiera sido por los portugueses y su empeño en que nos marcháramos, no habría habido conquista más rápida que la de Filipinas, y sin derramamiento de sangre. ¡Hasta siete requerimientos nos mandaron esos bastardos! - ¿Te acuerdas cuando llegamos a Manila? – preguntó con melancolía Goiti.
- ¿Cómo lo voy a olvidar? Siempre recordaré el 19 de mayo de 1.571 cuando fundamos esta ciudad. No había nada, unas cuantas cabañas y este fuerte que les quitamos a los moros. Y el día de San Juan de aquel año… Legazpi, alegre, el primer gobernador de la capital de Filipinas repartiendo nuestros cargos y delimitando la ciudad. Parece que lo estoy viendo. ¡Lástima que su proyecto esté todavía incompleto! Con los pocos medios que nos llegan del Imperio, no hemos podido ni hacer la empalizada. ..
- ¡Cómo echo de menos a Legazpi! Su integridad, su valor... Aún lloro cuando pienso en sumuerte. Fue tan rápida…

Unos golpes en la puerta les hicieron levantar la cabeza y dejar de lado los recuerdos. Una mujer alta y morena, todavía joven, entró mirando con indulgencia a las sombras que bebían.
- Sabía que te iba a encontrar aquí.- Su tono, al contrario que sus ojos, era de reproche-. Sois como niños, no os habéis dado cuenta de que no hay luz. Ni una triste vela encendida. Claro que para emborracharse no hace falta ver. - Dio un tirón a la camisa de Martín de Goiti, su marido. - Vamos, que ya es muy tarde.

Lavezaris se levantó para despedirse. Goiti protestaba "Lucía, te he dicho mil veces que no entres cuando estoy reunido con el gobernador". "¿Reunido?" contestó en tono irónico Lucía del Corral mientras, guiñando un ojo a Lavezaris, se llevaba a su esposo hacia su casa situada en el extremo opuesto de la ciudad. La noche era desapacible. Fuertes ráfagas de aire enredaban la falda a sus piernas, impidiéndole caminar deprisa.

El mar rugió toda la noche pero a las cuatro de la madrugada una calma total inundó la bahía. La ciudad dormía. Detrás de la Isla del Corregidor comenzó de nuevo la actividad, los bateles volvieron a caer al agua con un chapoteo profundo y los soldados descendieron hasta ellos. La luna resplandeciente iluminaba la superficie plateada y no fue necesario encender las teas cuyos reflejos pudieran haberlos delatado. Sin contratiempos, esta vez, las proas de las lanchas tocaron la arena de la Playa de Parañaque. Se precisaron varios viajes para llevar a tierra a los mil quinientos corsarios que se disponían a arrasar Manila. El capitán japonés Sioco, armado con espada, látigo, arcabuz y cota de malla, dirigía la operación. Su jefe, el jefe de todos, observaba el desembarco desde el navío principal; tenía una gran confianza en sus hombres, estaba convencido de que el asalto sería un triunfo rápido, no hacía falta que él se expusiera.

Algunos indígenas se despertaron con los ruidos que procedían de la playa y, asustados, vieron a los chinos prepararse para entrar en la ciudad. Despavoridos comenzaron a huir, unos hacia la selva para evitar toparse con los piratas, otros hacia Manila para avisar a los soldados. Sioco se percató de que habían sido descubiertos y dio la orden de avanzar; los que faltaban por llegar se unirían después, no podía permitir que la sorpresa se desvelase y los españoles tuvieran tiempo de ponerse en guardia. Destrozaron algunas chozas para ir entrando en calor y gritaban amedrentando a los indios. Les divertía ver correr a niños y mujeres, se reían. Los gritos y los primeros indios llegaron a la vez a la casa del maestre de campo, situaden el extremo sur de la población; una casa de madera y palma, alzada sobre troncos.


Lucía del Corral se encontraba, con las mujeres de los soldados que compartían con ellos la vivienda, preparando el desayuno. El alegre parloteo cesó al descubrir entre la maleza a los primeros piratas que empuñando las espadas azuzaban a los indígenas quienes, si se detenían, corrían el riesgo de quedarse clavados en ellas. Las mujeres gritaron llamaron a sus maridos. Martín de Goiti estaba en la cama cuando un agudo "Martín" lo sacó del profundo sueño en el que el licor de arroz lo había sumido. Los cuatro soldados pegaron un salto hacia sus armas. Los corsarios chinos seguían su avance pasando a pocos metros de la casa. Lucía que era una mujer guerrera, sin miedo, les gritó con furia: "Andad, perros, que todos habéis de morir hoy". Su voz tuvo el desafortunado efecto de atraer la atención de los piratas. Señalaron con los puñales a la mujer y se fueron directos hacia ella. Lucía, temblorosa, entró al comedor y cogió la imagen de San Antonio de la repisa, la abrazó y golpeó con el santo al furioso chino que se atrevió a asomar su cabeza por la puerta. Aturdido por el golpe no sintió a Martín de Goiti que en calzones había salido del dormitorio con la espada en una mano; el peso del acero cayó y la cabeza del invasor quedó colgando del cuerpo que se retorcía con los últimos espasmos de la muerte. Varios compañeros del agonizante penetraron y los avisos de Lucía y las demás mujeres no pudieron impedir que cayeran implacables sobre Martín de Goiti. Los soldados castellanos peleaban fuera pero les duplicaban en número. Lucía, aferrada todavía a la imagen del santo, luchaba con los enemigos que querían robarle la cadena de oro con una medalla de la Virgen del Carmen que colgaba sobre su pecho. Cansados del forcejeo, un puñal dio un tajo en la garganta pero tropezó con la cabeza de San Antonio y, en vez de cortar el cuello de Lucía, decapitó al santo. El fuego prendió con rapidez en la madera y las hojas de palma; las mujeres de los soldados quedaron tendidas en el suelo. Lucía, desvanecida por la herida, se salvó de ver a los corsarios cortar la nariz, las orejas y el miembro de su marido. Aquellos bárbaros se repartían sus despojos como botín triunfal. Las paredes ardieron y se desprendió el techo inundando de chispas la habitación. Los enemigos, satisfechos por haber comenzado la verdadera batalla, se dirigieron al centro de la ciudad. Uno de los soldados de Castilla, malherido, se abrió paso entre las llamas y arrastró a Lucía al exterior apagando con sus manos las lenguas de fuego que quemaban las enaguas de la mujer.

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